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Estefanía García, una voz valiente junto a Rafael Vez Palomino

Hay silencios que terminan siendo una forma de complicidad. Mientras se han escrito numerosos artículos, se han recogido firmas y se ha reclamado justicia para Rafael Vez Palomino, la respuesta de quienes tienen autoridad sigue sin llegar. Estefanía ha decidido romper ese silencio y poner voz a una verdad incómoda que muchos conocen, pero que demasiados prefieren no escuchar.

Rafael Vez Palomino.

Hay artículos que nacen de la opinión y otros que nacen de la conciencia. El que Estefanía ha escrito en defensa del sacerdote Rafael Vez Palomino pertenece a estos últimos. En un asunto sobre el que ya se han escrito muchísimos artículos, se han recogido firmas y se han formulado numerosas peticiones, ella ha decidido no mirar hacia otro lado. Ha tenido el valor de poner palabras a una indignación que lleva demasiado tiempo creciendo y de hablar allí donde otros han preferido callar.

Porque Rafael Vez lleva demasiado tiempo esperando una respuesta. Y cuando una situación se prolonga durante años, cuando las preguntas se repiten, las firmas se acumulan y tantas personas piden que se escuche y se revise lo sucedido sin obtener respuesta, el silencio de quienes tienen la responsabilidad de actuar se hace cada vez más difícil de justificar. Ya no puede presentarse como prudencia o como una espera razonable: ante el sufrimiento de una persona y la insistencia de tantas voces que reclaman justicia, ese silencio interpela directamente a la conciencia de quienes tienen el poder de ponerle fin.

La situación de Rafael clama al cielo
«Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia» (Mt 5,6). Son palabras que conocemos muy bien, que escuchamos en nuestros templos y que repetimos con facilidad. Pero la pregunta verdaderamente incómoda aparece cuando esa sed de justicia surge dentro de nuestra propia casa. ¿Seguimos creyendo en las palabras de Cristo cuando quien reclama justicia es un sacerdote que se enfrenta al poder?

No se trata de privilegios ni de tratos de favor. Se trata de algo mucho más elemental: que la verdad pueda ser escuchada, que las decisiones que afectan a una persona puedan ser revisadas cuando existen razones para hacerlo y que nadie sea silenciado por defender aquello que considera justo. Y mucho menos dentro de una Iglesia que proclama cada día que la verdad, la misericordia y la dignidad de la persona están en el corazón del Evangelio.

«Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia» (Mt 5,6). Son palabras que conocemos muy bien, que escuchamos en nuestros templos y que repetimos con facilidad. Pero la pregunta verdaderamente incómoda aparece cuando esa sed de justicia surge dentro de nuestra propia casa. ¿Seguimos creyendo en las palabras de Cristo cuando quien reclama justicia es un sacerdote que se enfrenta al poder?

Aquí está una de las grandes preguntas que la Iglesia debería afrontar sin miedo: ¿a dónde va una Iglesia jerárquica cuando sus propios fieles dejan de reconocer el Evangelio en determinadas formas de ejercer la autoridad?

No estamos ante una realidad que pueda ser desconocida por quienes tienen la responsabilidad de actuar. La conocen los fieles, la conocen muchos sacerdotes y la conocen también quienes forman parte de la propia jerarquía. Conocen lo ocurrido, conocen el sufrimiento de Rafael Vez Palomino y conocen las numerosas voces que llevan años reclamando una respuesta. Y, sin embargo, quienes tienen en sus manos la autoridad para actuar siguen guardando silencio. Es precisamente ese silencio de quienes podrían y deberían intervenir el que resulta más doloroso y más difícil de comprender. Porque cuando quienes tienen responsabilidad pastoral permanecen callados ante una situación que reclama justicia, llega un momento en que la prudencia deja de ser prudencia y se convierte en una pesada carga para la propia conciencia.

Martin Luther King dejó una frase que resulta especialmente incómoda en circunstancias como esta: «Llega un momento en que el silencio es una traición». Y

hay momentos en los que la prudencia deja de ser prudencia y empieza a convertirse en una forma de abandono de la responsabilidad.

Llega el momento en e que el silencio es una traición.
Martin Luther King dejó una frase que resulta especialmente incómoda en circunstancias como esta: «Llega un momento en que el silencio es una traición». Y hay momentos en los que la prudencia deja de ser prudencia y empieza a convertirse en una forma de abandono de la responsabilidad.

El Evangelio es todavía más exigente. En la parábola del buen samaritano, Cristo no felicita al que contempla al herido desde lejos y continúa su camino. Felicita al que se detiene, se acerca y se hace cargo de él. Estefanía se ha detenido. Ha decidido que Rafael Vez no puede convertirse simplemente en un nombre dentro de un expediente ni en un problema incómodo que el paso del tiempo termine enterrando en el olvido.

¡Y eso tiene un enorme valor!

Porque la Iglesia no pierde autoridad cuando alguien la cuestiona; la pierde cuando deja de escuchar a quienes la cuestionan. Jesús dijo: «La verdad os hará libres» (Jn 8,32), y la verdad no puede ser patrimonio exclusivo de quien manda. También debe poder buscarla quien obedece, quien protesta y quien, desde su conciencia, considera que se ha cometido una injusticia.

Después de tantos artículos, tantas firmas y tantas peticiones, resulta difícil comprender que siga existiendo entre tantas personas la sensación de que nadie hace caso. No se está pidiendo venganza ni privilegios. Se está pidiendo justicia, una respuesta, la voluntad de escuchar y, si es necesario, la valentía de revisar aquello que deba ser revisado.

Porque Cristo fue muy claro: «El que quiera ser grande entre vosotros será vuestro servidor» (Mt 20,26). La autoridad cristiana debería distinguirse precisamente por eso: por servir, escuchar y reconocer incluso aquello que puede doler.

Y hay una consecuencia que debería preocupar profundamente a la Iglesia: el escándalo que estas situaciones provocan en muchos creyentes. Hay personas que dejan de acudir a la Iglesia porque contemplan injusticias, perciben incoherencias y no encuentran respuestas. No necesariamente han dejado de creer en Dios ni han dejado de amar a Cristo. Se sienten decepcionadas por una institución de la que esperaban precisamente aquello que el Evangelio anuncia: justicia, misericordia, verdad y cercanía.

Zornoza silencia a Rafael Vez Palomino
Estefanía ha hablado. Rafael Vez sigue esperando. Y quienes tienen autoridad todavía están a tiempo de demostrar que, frente a una reclamación de justicia, el Evangelio pesa más que el silencio, la comodidad o el poder.

Muchos fieles no se alejan de Cristo; se alejan de la Iglesia jerárquica porque les duele no reconocer en algunas de sus actuaciones el rostro de Cristo. Y ese alejamiento debería preocupar profundamente a quienes tienen responsabilidades dentro de ella, porque nace del dolor de personas que un día confiaron y que hoy sienten que la institución a la que amaban no está actuando a la altura del Evangelio que proclama.

Por eso Estefanía merece algo más que un reconocimiento pasajero.Ha tenido el valor de hablar cuando callar era más cómodo. Ha hecho aquello que otros, pudiendo hacerlo, no han querido o no se han atrevido a hacer. Y su voz debería ser escuchada, no silenciada, porque plantea preguntas que no desaparecen simplemente ignorándolas.

Una Iglesia que anuncia la verdad no debería tener miedo de las preguntas. Una Iglesia que predica la misericordia no debería permanecer indiferente ante el sufrimiento. Y una Iglesia que pide coherencia al mundo debería comenzar por exigírsela a sí misma.

Las palabras de Cristo siguen ahí: «Lo que hicisteis a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis» (Mt 25,40).

Estefanía ha hablado. Rafael Vez sigue esperando. Y quienes tienen autoridad todavía están a tiempo de demostrar que, frente a una reclamación de justicia, el Evangelio pesa más que el silencio, la comodidad o el poder.

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