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La Iglesia que encubre no puede predicar el Evangelio.

No es el escándalo lo que más daña a la Iglesia, sino su silencio.

Sin verdad, no hay Evangelio; sin Evangelio, no hay Iglesia.

Marcial Maciel

Si la Iglesia quiere seguir pronunciando el nombre de Jesús con credibilidad, debe empezar por algo mucho más exigente que predicar: debe mirarse a sí misma sin miedo y decir la verdad. No una verdad calculada, ni una verdad defensiva, sino una verdad completa, dolorosa si hace falta, pero liberadora. Porque, como afirma el Evangelio, solo la verdad hace libres (“la verdad os hará libres”, Jn 8,32), y sin esa libertad interior, toda proclamación religiosa se convierte en ruido vacío.

Durante demasiado tiempo, la institución eclesial ha reaccionado ante sus escándalos —especialmente los abusos a menores— más preocupada por proteger su imagen que por sanar a las víctimas. Este error no es solo estratégico, es profundamente evangélico: contradice el núcleo mismo del mensaje que dice anunciar (“por sus frutos los conoceréis”, Mt 7,16). No se trata de responder a presiones sociales, políticas o jurídicas. Se trata de coherencia con el propio Evangelio.

Reconocer los delitos, pedir perdón y reparar el daño no debería ser una concesión forzada, sino un acto natural de fidelidad a Jesús (“el que hace la verdad viene a la luz”, Jn 3,21). Y, sin embargo, ha costado —y sigue costando— que esto ocurra con claridad y transparencia. El silencio, la ocultación y la lentitud han sido cómplices del dolor. Y eso ha erosionado gravemente la credibilidad de la Iglesia ante el mundo.

Marcial Maciel y el Vaticano
Durante demasiado tiempo, la institución eclesial ha reaccionado ante sus escándalos —especialmente los abusos a menores— más preocupada por proteger su imagen que por sanar a las víctimas.

Pero el problema no se reduce a casos individuales. Sería un error tranquilizador pensar que todo se debe a “manzanas podridas”. Existen factores estructurales que han favorecido estas tragedias: formas de autoridad sacralizadas, falta de control, inmadurez afectiva en contextos cerrados, y en algunos casos, una comprensión rígida y mal integrada del celibato. No se trata de demonizar el celibato en sí, sino de reconocer que, vivido sin libertad ni madurez, puede convertirse en un espacio de desequilibrio (“el sábado fue hecho para el hombre, y no el hombre para el sábado”, Mc 2,27).

Además, el contexto agrava la responsabilidad. No es lo mismo un abuso en cualquier ámbito que uno cometido desde una posición de autoridad espiritual. El abuso en la Iglesia tiene un componente añadido de traición a la confianza y a lo sagrado, lo que multiplica el daño en las víctimas (“al que escandalice a uno de estos pequeños… más le valdría que le colgaran al cuello una piedra de molino”, Mt 18,6). Por eso, minimizarlo o compararlo simplemente con otros ámbitos sociales es no entender su gravedad específica.

La Iglesia, que ha sido históricamente un espacio de educación, acogida y entrega generosa —y lo sigue siendo gracias a miles de personas honestas— no puede permitirse ignorar estas sombras. Precisamente porque ha hecho tanto bien, está más obligada que nadie a limpiar lo que contradice su misión. No hacerlo es traicionar también a quienes han dado su vida con autenticidad (“nada hay oculto que no llegue a descubrirse”, Lc 8,17).

Pero la crisis no es solo moral; es también estructural y cultural. La Iglesia ya no ocupa el lugar central que tuvo durante siglos, y no puede seguir actuando como si lo hiciera. Ha perdido el monopolio religioso y, en muchos aspectos humanos —derechos, igualdad, sensibilidad social—, va por detrás de la sociedad. Esto no debería escandalizar, sino provocar una reflexión profunda: ¿cómo puede anunciar el Evangelio quien no escucha el mundo al que se dirige? (“el que tenga oídos para oír, que oiga”, Mt 11,15).

El problema se agrava cuando la institución se encierra en sí misma. El narcisismo institucional —mirarse solo con ojos propios— impide cualquier reforma real. La Iglesia necesita aprender a verse también desde fuera, desde las víctimas, desde los alejados, desde quienes ya no creen. Solo así podrá recuperar algo esencial: la credibilidad (“¿por qué miras la paja en el ojo de tu hermano y no ves la viga en el tuyo?”, Mt 7,3).

Reformas en la Iglesia
El narcisismo institucional —mirarse solo con ojos propios— impide cualquier reforma real. La Iglesia necesita aprender a verse también desde fuera, desde las víctimas, desde los alejados, desde quienes ya no creen. Solo así podrá recuperar algo esencial: la credibilidad

Hay además contradicciones internas difíciles de sostener. Se castiga la transparencia y se tolera la hipocresía. Se penalizan situaciones familiares complejas mientras se han ocultado abusos gravísimos. Se exige una moral estricta en ciertos ámbitos, pero se ha sido indulgente —o directamente encubridor— en otros. Estas incoherencias no solo indignan, sino que expulsan a muchos creyentes sinceros (“¡ay de vosotros, hipócritas!”, Mt 23,27).

El caso del celibato obligatorio es paradigmático.Cuando una norma disciplinar se impone por encima de derechos humanos básicos —como formar una familia o reconocer a los propios hijos—, algo no está funcionando. Y cuando esa norma se mantiene incluso a costa del sufrimiento de terceros, la institución debe preguntarse si está sirviendo a la vida o sofocándola (“yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia”, Jn 10,10). Ese sufrimiento tiene nombres y rostros concretos: mujeres que quedaron embarazadas de sacerdotes y fueron abandonadas, hijos que han crecido sin reconocimiento ni padre, historias ocultadas para proteger la institución. En demasiados casos, se ha antepuesto el sacerdocio a la responsabilidad humana más básica, dejando a mujeres y niños en la intemperie. Eso no solo es una incoherencia disciplinar: es una grave injusticia humana y evangélica.

Celibato
Ese sufrimiento tiene nombres y rostros concretos: mujeres que quedaron embarazadas de sacerdotes y fueron abandonadas, hijos que han crecido sin reconocimiento ni padre, historias ocultadas para proteger la institución. En demasiados casos, se ha antepuesto el sacerdocio a la responsabilidad humana más básica, dejando a mujeres y niños en la intemperie. Eso no solo es una incoherencia disciplinar: es una grave injusticia humana y evangélica.

También las mujeres han sido, y siguen siendo, profundamente heridas. Sostienen gran parte de la vida eclesial, pero carecen de reconocimiento real y de espacios de decisión. Esta desigualdad no es solo injusta: es incompatible con una comunidad que dice basarse en la dignidad de todas las personas (“todos vosotros sois uno”, Gal 3,28).

Así, pues, la pregunta es inevitable: ¿qué tipo de Iglesia quiere ser? Si aspira simplemente a sobrevivir como una institución más, bastará con ajustes superficiales. Pero si quiere ser fiel a Jesús, necesita algo mucho más radical: una conversión profunda, estructural y espiritual (“convertíos y creed en el Evangelio”, Mc 1,15).

Esa conversión pasa por varios ejes irrenunciables: verdad sin miedo, transparencia real, prioridad absoluta de las víctimas, revisión de estructuras de poder, y apertura a la sociedad. No para adaptarse sin criterio, sino para dialogar desde la honestidad (“la verdad os hará libres”, Jn 8,32).

No se trata de condenar sin más, ni de instalarse en una culpa estéril. Se trata de transformar, de abrir caminos de reconciliación donde haya justicia, reparación y cambio real. También para los culpables, porque el Evangelio no excluye a nadie, pero tampoco encubre el mal (“vete y no peques más”, Jn 8,11).

El futuro de la Iglesia no dependerá de su capacidad para defenderse, sino de su capacidad para reconocerse, reformarse y volver a lo esencial. Porque, al final, la cuestión es sencilla y brutal: no se puede predicar la verdad sin vivirla (“no todo el que me dice ‘Señor, Señor’ entrará en el Reino…”, Mt 7,21).

Y hoy, más que nunca, la Iglesia está llamada a demostrar con hechos que cree en lo que anuncia. Si no lo hace, se quedará sola. Si lo hace, aún puede ser signo de esperanza (“vosotros sois la luz del mundo”, Mt 5,14).

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