Jesús Sanz: entre el forastero y el “invasor”
Mezclar el Evangelio con el lenguaje de trinchera produce un extraño milagro teológico: la caridad pasa a requerir pasaporte y la compasión, control migratorio.
“No es un flujo migratorio sin más… sino una calculada acechanza… una auténtica avalancha que nos ha invadido”. Así comienza el artículo de Jesús Sanz, arzobispo de Oviedo. Y con ese arranque, más propio de un análisis de seguridad que de una reflexión cristiana, el lector ya sabe a qué atenerse: el problema no será la falta de palabras, sino el exceso de marco ideológico.
Porque el texto intenta un malabarismo imposible: por un lado, reconoce que estos jóvenes huyen de la miseria, las dictaduras y el extremismo religioso; por otro, los describe como un ejército de ocupación que trae consigo «miedo, podredumbre e intimidación». Y ahí se rompe la argumentación. No se puede retratar a un colectivo como una horda agresora y, en el párrafo siguiente, pedir que se les vea como «víctimas a las que acompañar». La compasión no puede convivir con la demonización: cuando primero se siembra el pánico, el llamado a la fraternidad no suena a pastoral, sino a parche para maquillar el titular.
El Evangelio, sin embargo, no parece especialmente interesado en ese tipo de equilibrios. En Mateo 25,35, la propuesta de Jesús es de una simplicidad que desarma cualquier intento de matización: “Fui forastero y me acogisteis”. Sin notas al pie, sin informes previos, sin advertencias sobre posibles “acechanzas”. El texto no pide prudencia estratégica, sino respuesta humana inmediata. Y quizá por eso resulta tan incómodo: porque no deja espacio para el lenguaje de la sospecha.
El texto intenta un malabarismo imposible: por un lado, reconoce que estos jóvenes huyen de la miseria, las dictaduras y el extremismo religioso; por otro, los describe como un ejército de ocupación que trae consigo «miedo, podredumbre e intimidación». Y ahí se rompe la argumentación. No se puede retratar a un colectivo como una horda agresora y, en el párrafo siguiente, pedir que se les vea como «víctimas a las que acompañar». La compasión no puede convivir con la demonización: cuando primero se siembra el pánico, el llamado a la fraternidad no suena a pastoral, sino a parche para maquillar el titular.
Pero el artículo insiste en ese registro. “Avalancha”, “asedio”, “guerra híbrida”. Términos eficaces si lo que se pretende es generar una atmósfera concreta. No describen solo la realidad: la interpretan y la orientan. Y lo hacen en una dirección muy precisa: la del temor. Porque cuando alguien invade, uno se defiende; cuando alguien sufre, uno se acerca. La elección de la palabra decide la respuesta moral.
Y aquí es donde la ironía resulta difícil de evitar. Tras dibujar ese escenario casi bélico, aparece la apelación a la dignidad humana, la cita del papa León XIV sobre los mares convertidos en “cementerios sin lápidas”, la llamada a no olvidar el drama. Un giro conmovedor, si no fuera porque llega después de haber convertido a quienes sobreviven a ese drama en potenciales agresores. Se lamenta el naufragio, pero se recela del náufrago.
La parábola del Buen Samaritano (Lucas 10,33-34) introduce, en medio de este planteamiento, una incomodidad difícil de esquivar: “Lo vio y se compadeció; se acercó…”. No evaluó riesgos, no elaboró hipótesis sobre posibles trampas, no reinterpretó la escena en clave geopolítica. Se acercó. Y lo más incómodo del relato es que Jesús no deja margen para reinterpretarlo: ese es el comportamiento correcto. Todo lo demás, por razonable que parezca, queda en evidencia.
Y aquí es donde la ironía resulta difícil de evitar. Tras dibujar ese escenario casi bélico, aparece la apelación a la dignidad humana, la cita del papa León XIV sobre los mares convertidos en “cementerios sin lápidas”, la llamada a no olvidar el drama. Un giro conmovedor, si no fuera porque llega después de haber convertido a quienes sobreviven a ese drama en potenciales agresores. Se lamenta el naufragio, pero se recela del náufrago.
Sin embargo, el artículo de Jesús Sanz parece sugerir justo lo contrario: que antes de acercarse conviene interpretar, analizar, contextualizar… en definitiva, filtrar la compasión a través del cálculo. Se habla de chantajes, de intereses ocultos, de estrategias de países de origen. Todo ello puede ser cierto, pero la cuestión no es su veracidad, sino su función: ¿sirven para comprender mejor al que sufre o para justificar una distancia prudente?
La Primera Carta de Juan lo plantea sin rodeos: “Quien no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios, a quien no ve” (1 Jn 4,20). No hay matices estratégicos en esa afirmación. No contempla excepciones por presión migratoria ni introduce categorías como “invasor”. Es una línea recta, sin escapatoria. Y precisamente por eso, cualquier intento de doblarla termina siendo evidente.
Quizá por eso la palabra más reveladora del artículo no sea “víctimas”, sino “invasores”. Porque no es una palabra neutra. Nombrar es tomar partido, y en este caso el partido parece claro: el del repliegue, el de la prevención, el de la defensa. Después vendrá, si eso, la compasión. Pero ya en un segundo plano, cuidadosamente dosificada para no desbordar el marco inicial.
Y ahí es donde el texto deja de ser simplemente discutible para volverse problemático. No por su dureza —que puede ser legítima—, sino porque termina subordinando el Evangelio a una narrativa previa. En Mateo 20,25-26, Jesús advierte: “Los jefes de las naciones las dominan… No será así entre vosotros”. Es decir, la lógica del poder —y su lenguaje— no puede ser adoptada sin más y luego suavizada con referencias piadosas.
Así, pues, no se puede vestir el Evangelio con el camuflaje de la sospecha ni pretender que la caridad pida pasaporte antes de conmoverse. Al final, la cruz no es una trinchera para defenderse del mundo, sino los brazos abiertos a quien llega exhausto a la orilla. Decidir qué palabra pesa más —si "invasor" o "hermano"— no es un debate estratégico: es la prueba de fuego de nuestra propia fe. Y en esa elección, la ambigüedad no es una postura pastoral, sino una renuncia.
La sensación final es la de un discurso que quiere cubrir todos los frentes: firmeza ante la amenaza, sensibilidad ante el sufrimiento. Pero el resultado no es síntesis, sino contradicción. Porque el Evangelio no se deja utilizar como corrector de estilo de un relato basado en el miedo.
Y así, lo que podría haber sido una reflexión pastoral sobre la dignidad humana termina pareciéndose más a una columna de alerta con epílogo espiritual. Con una diferencia importante: que el Evangelio, cuando aparece, no lo hace para confirmar el planteamiento, sino para cuestionarlo.
Porque, al final, la pregunta sigue siendo la misma que planteó Jesús, sin adjetivos ni marcos defensivos: ¿quién es mi prójimo? (Lc 10,29). Y la respuesta, por incómoda que resulte, no incluye la categoría de “invasor”. Incluye, simplemente, a quien necesita ser reconocido como hermano. Aunque eso, claro, complique mucho más el discurso.
Así, pues, no se puede vestir el Evangelio con el camuflaje de la sospecha ni pretender que la caridad pida pasaporte antes de conmoverse. Al final, la cruz no es una trinchera para defenderse del mundo, sino los brazos abiertos a quien llega exhausto a la orilla. Decidir qué palabra pesa más —si "invasor" o "hermano"— no es un debate estratégico: es la prueba de fuego de nuestra propia fe. Y en esa elección, la ambigüedad no es una postura pastoral, sino una renuncia.