“No podéis servir a Dios y al dinero”: Evangelio, ecología y resistencia ante la negación climática
“Tienen ojos y no ven” (Mc 8,18), dice el Evangelio. La negación del cambio climático no es solo un error científico, sino una opción moral que sacrifica la vida en el altar del beneficio. Cuando se desmontan las políticas de protección ambiental y se desacredita el conocimiento, no se está defendiendo la libertad, sino legitimando la muerte lenta de millones de personas y la devastación de la creación, ese don que no nos pertenece, pero del que somos responsables.
En medio de inundaciones cada vez más destructivas, sequías prolongadas, alimentos amenazados por la contaminación y un acceso al agua que deja de ser un derecho para convertirse en privilegio, el mundo asiste a un retroceso moral de enormes proporciones. La crisis climática no es solo ambiental: es evangélica, social y profundamente humana. Y por eso no puede analizarse únicamente desde la ciencia o la política, sino también desde la fe.
La reciente decisión del presidente estadounidense Donald Trump de eliminar las limitaciones a las emisiones de gases de efecto invernadero representa mucho más que una desregulación técnica. Supone una negación explícita del conocimiento científico y, al mismo tiempo, una opción ética clara: proteger los intereses económicos por encima de la vida. Al desmantelar el dictamen aprobado en 2009 durante la presidencia de Barack Obama, que reconocía el daño de seis gases contaminantes sobre la salud humana, se consagra una política que asume el sacrificio no sólo de los más vulnerables, sino del conjunto de los ciudadanos que habitamos este planeta.
El Evangelio es radicalmente claro ante esta lógica. “No podéis servir a Dios y al dinero” (Mt 6,24). No se trata de una metáfora piadosa, sino de una denuncia frontal a todo sistema que absolutiza el beneficio y relativiza la vida. Cuando el dinero se convierte en criterio último, la creación deja de ser don y pasa a ser botín, y las personas dejan de ser hermanas para convertirse en recursos o estorbos.
“No podéis servir a Dios y al dinero” (Mt 6,24). No se trata de una metáfora piadosa, sino de una denuncia frontal a todo sistema que absolutiza el beneficio y relativiza la vida.
La ultraderecha global ha entendido bien esta lógica. Allí donde gobierna o influye, desmantela consensos ecológicos, desacredita la ciencia y debilita las políticas de protección ambiental. No lo hace por desconocimiento, sino por coherencia con un modelo económico extractivo que necesita negar los límites del planeta. En Europa, este proceso ha erosionado leyes clave contra la deforestación y ha vaciado de contenido el Pacto Verde. En Estados Unidos, la Agencia de Protección Ambiental, lejos de proteger, se ha convertido en instrumento de desregulación al servicio de la industria fósil.
Desde el Evangelio, esta dinámica tiene un nombre: injusticia estructural. Jesús no habló de cambio climático, pero sí denunció con fuerza los sistemas que excluyen, oprimen y matan. “He venido para que tengan vida, y la tengan en abundancia” (Jn 10,10). Toda política que genera muerte —aunque lo haga de forma lenta o invisible — se sitúa en las antípodas del proyecto del Reino.
Hoy, el sistema económico dominante mata ya en vida a millones de personas: a quienes pierden sus hogares por inundaciones, a quienes beben agua contaminada, a quienes no pueden beberla porque carecen de ella, a quienes no pueden acceder a alimentos sanos, a quienes son expulsados de sus tierras por megaproyectos extractivos. Pero también mata espiritualmente a quienes triunfan en él, porque les impide descubrir los valores más hondos de la existencia, atrapándolos en una lógica de competencia, acumulación y miedo.
Esta denuncia no es nueva en la tradición cristiana. Pablo VI habló de la crisis ecológica como consecuencia dramática de la actividad humana descontrolada. Juan Pablo II llamó a una conversión ecológica global, recordando que no hay verdadera ecología sin una ética que proteja la dignidad humana. Benedicto XVI insistió en la necesidad de corregir modelos de crecimiento incapaces de respetar la creación. Y todos ellos coinciden en algo esencial: la raíz del problema no es técnica, sino moral y espiritual.
A esta tradición profética se suma con especial fuerza la voz del papa Francisco, que ha llevado la cuestión ecológica al centro mismo del Evangelio. En Laudato si’, Francisco no se limita a hablar de medio ambiente, sino que denuncia un sistema económico que “mata”, basado en la explotación ilimitada de la naturaleza y en el descarte de los más débiles. “No hay dos crisis separadas, una ambiental y otra social, sino una sola y compleja crisis socioambiental”, afirma con claridad. Por eso, negar el cambio climático o retrasar las decisiones necesarias no es una opción neutral: es una forma de violencia contra los pobres y contra las generaciones futuras.
Por eso, defender la naturaleza hoy es una forma concreta de vivir la fe. No se trata de ecologismo ideológico, sino de fidelidad al Evangelio.
Francisco ha sido aún más explícito al señalar a los responsables: la alianza entre poder político, intereses financieros y cultura del beneficio inmediato. Frente a ella, propone una ecología integral que exige cambios profundos en los estilos de vida, en los modelos de producción y consumo y en las estructuras de poder. No se trata de retoques cosméticos ni de gestos simbólicos, sino de una conversión real. “El clamor de la tierra y el clamor de los pobres es el mismo”, repite, desmontando cualquier intento de separar la fe del compromiso ecológico.
En continuidad con Pablo VI, Juan Pablo II y Benedicto XVI, Francisco deja claro que no puede haber fidelidad al Evangelio sin cuidado de la creación. Pero da un paso más: advierte que la negación climática es hoy una forma de negación del prójimo. Cuando se protege el beneficio y se ignora el daño, cuando se desacredita la ciencia y se sacrifica el futuro común, no estamos ante un simple error político, sino ante un fracaso moral y espiritual.
El Evangelio propone una alternativa radical. Jesús habla de cuidar lo pequeño, de no despreciar a los lirios del campo ni a los pájaros del cielo, de compartir el pan para que alcance para todos. Propone una economía del don frente a la economía del descarte. “Dadles vosotros de comer” (Mc 6,37) no es solo una consigna solidaria, sino una interpelación política y ecológica: organizar la sociedad desde el cuidado, no desde la acumulación.
Por eso, defender la naturaleza hoy es una forma concreta de vivir la fe. No se trata de ecologismo ideológico, sino de fidelidad al Evangelio. No hay amor al prójimo sin defensa del agua que bebe, del aire que respira y de la tierra que le da alimento. No hay espiritualidad auténtica si se ignora el clamor de la tierra y el clamor de los pobres, que son uno solo.
Vivimos un momento paradójico: nunca hubo tanta evidencia científica sobre el cambio climático y nunca hubo tanto esfuerzo político por negarla. Esta negación no es neutra: beneficia a unos pocos y condena a muchos. Por eso, como comunidades creyentes, estamos llamadas no solo a concienciar, sino a resistir proféticamente.
Resistir es poner la vida por encima del dinero, la dignidad por encima del mercado, la creación por encima del beneficio. Es cultivar la humanidad por encima del sistema, creando espacios de gratuidad, diálogo y cuidado mutuo. Es apostar por un futuro compartido, no por un presente saqueado.
Porque, al final, la pregunta no es solo qué mundo dejaremos a las próximas generaciones, sino qué Evangelio estamos viviendo hoy. Y el Evangelio no se escribe con decretos de desregulación, sino con justicia, cuidado y amor a la vida en todas sus formas.
Negar la crisis climática no es un error de cálculo: es una traición a la vida en general y al Evangelio en particular. Es repetir el gesto de Caín cuando pregunta “¿acaso soy yo el guardián de mi hermano?” mientras la tierra empapada de sangre clama al cielo. Jesús fue claro: “Lo que hicisteis a uno de estos pequeños, a mí me lo hicisteis” (Mt 25,40). Cada río envenenado, cada cosecha perdida, cada familia expulsada por el agua o el fuego es una herida abierta en el Cuerpo de Cristo. Persistir en esta negación nos conduce a un futuro inhabitable, donde el dinero sobrevivirá unos años más y la vida será sacrificada sin retorno. Y entonces ya no habrá mercados que nos salven ni discursos que nos absuelvan, porque no se puede destruir la creación y esperar heredar el Reino.