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Un año sin el Papa Francisco: RD te recuerda

El problema no es Francisco: es la religión del miedo

Hay críticas que no buscan la verdad, sino recuperar el poder perdido. Y pocas veces se ha visto con tanta claridad como en los ataques furibundos contra el Papa Francisco.

Los ataques al Papa Francisco

He leído recientemente críticas durísimas contra el Papa Francisco en un medio marcadamente clerical, firmadas además desde el cómodo anonimato de quien lanza descalificaciones feroces sin dar la cara ni asumir responsabilidad alguna por lo que escribe. No eran matices ni desacuerdos razonables: eran descalificaciones totales, casi furiosas, que lo presentaban poco menos que como un destructor de la fe. Y, sin embargo, al leerlas con atención, lo que emerge no es tanto un problema con Francisco, sino algo mucho más profundo: el miedo a perder una forma de poder religioso basada en el control, el miedo y una pretendida superioridad moral.

Hay críticas que no nacen del amor a la verdad, sino del temor a que el suelo se mueva bajo los pies. Y eso es exactamente lo que ocurre aquí. Se acusa al Papa de confundir, pero conviene hacerse una pregunta incómoda: ¿qué es lo que realmente se ha confundido, la fe o los privilegios de algunos? Porque durante siglos, demasiadas veces, la claridad doctrinal ha servido como coartada para desentenderse del sufrimiento real de las personas. Una fe perfectamente definida en los libros, pero profundamente ausente en la vida concreta.

Francisco no ha eliminado la fe; ha desmontado la comodidad de quienes la utilizaban como escudo. Y eso duele.

El papa Francisco molestaba a los poderosos

Uno de los reproches más repetidos es su supuesta falta de rigor intelectual o teológico. Pero esa crítica, lejos de ser sólida, resulta profundamente reveladora: delata una obsesión por la teoría que ha olvidado el núcleo del cristianismo. Jesús no eligió a doctores de la ley ni a expertos en sistemas teológicos. Eligió pescadores, gente sencilla, personas capaces de vivir lo que anunciaban. Y, aun así, hoy algunos pretenden que la autoridad en la Iglesia dependa de títulos, publicaciones o precisión conceptual, como si el Reino de Dios fuera un examen de oposiciones.

Jesús fue especialmente duro con quienes “sabían”. Los escribas y fariseos no eran ignorantes; eran expertos. Pero su conocimiento no los hacía más humanos, sino más rígidos. Sabían mucho de Dios, pero no reconocían a Dios cuando lo tenían delante. Ese es el verdadero peligro del intelectualismo religioso: construir un sistema perfecto donde todo encaja… excepto la compasión.

También se acusa a Francisco de haber diluido el pecado. Pero aquí conviene ser honestos: durante demasiado tiempo, el pecado no ha sido solo una realidad espiritual, sino también un instrumento de miedo y control. Se construyó una religiosidad obsesionada con la culpa, especialmente en torno a la sexualidad, que generó angustias innecesarias, escrúpulos enfermizos y vidas enteras vividas bajo sospecha.

Personas que no se atrevían a vivir con normalidad por temor a condenarse. Matrimonios marcados por prohibiciones absurdas. Conciencias vigiladas hasta en lo más íntimo. ¿Eso era el Evangelio? No. Eso era una distorsión profunda de lo humano.

Francisco y la sexualidad
Se construyó una religiosidad obsesionada con la culpa, especialmente en torno a la sexualidad, que generó angustias innecesarias, escrúpulos enfermizos y vidas enteras vividas bajo sospecha. Personas que no se atrevían a vivir con normalidad por temor a condenarse. Matrimonios marcados por prohibiciones absurdas. Conciencias vigiladas hasta en lo más íntimo. ¿Eso era el Evangelio? No. Eso era una distorsión profunda de lo humano.

Francisco no niega el pecado; niega su utilización como mecanismo de sometimiento. Devuelve la moral a su lugar original: no como una lista asfixiante de prohibiciones, sino como un camino hacia una vida más plena, más libre y más verdadera.

Algo similar ocurre con los sacramentos. Se dice que los ha vaciado, pero en realidad ha hecho algo mucho más incómodo: ha impedido que se utilicen como instrumentos de exclusión. Durante demasiado tiempo han funcionado como fronteras entre “puros” e “impuros”, cuando el Evangelio muestra exactamente lo contrario. Jesús rompe constantemente esas barreras: se sienta a la mesa con marginados y pecadores públicos, se acerca sin miedo a enfermos, excluidos y considerados impuros, y ofrece perdón precisamente a quienes la sociedad y la religión habían condenado sin remedio.

El problema no es que Francisco haya cambiado el sentido de los sacramentos; es que ha recordado su sentido original, y eso resulta insoportable para quienes necesitan normas rígidas para sentirse seguros.

Aquí aparece una cuestión aún más profunda: la religión puede convertirse en una anestesia moral. Ritos impecables, liturgias perfectas, devociones constantes… y, sin embargo, vidas que generan sufrimiento en lo cotidiano, en la familia, en el trabajo, en la política, en la convivencia.

Una religión que calma la conciencia mientras ignora la justicia no es fe: es autoengaño.Y eso es lo que Francisco ha señalado con claridad. No ha cambiado el Evangelio; ha puesto un espejo delante de quienes prefieren no mirarse.

Por eso también ha incomodado tanto al clericalismo. Durante siglos se ha confundido autoridad con dominio, se ha educado para obedecer más que para discernir, para repetir más que para comprender. Y en ese contexto, la religión no solo ha sido espiritualidad: también ha generado estructuras de poder, intereses económicos y dinámicas de control.

Francisco no ha inventado ese problema. Lo ha dejado al descubierto. ¡Y cuando el poder se siente cuestionado, responde con dureza!

Hay algo especialmente revelador en el tono de muchas críticas: la obsesión por la pureza, por delimitar quién está dentro y quién está fuera, quién es digno y quién no. Ese mismo patrón aparece en los Evangelios. Los que se consideraban puros no soportaban a Jesús porque rompía sus esquemas, porque no encajaba en su sistema, porque mostraba que Dios no funcionaba según sus reglas.

Cuidado con los Escribas y Fariseos. Captura de pantalla
Durante siglos se ha confundido autoridad con dominio, se ha educado para obedecer más que para discernir, para repetir más que para comprender. Y en ese contexto, la religión no solo ha sido espiritualidad: también ha generado estructuras de poder, intereses económicos y dinámicas de control. Francisco no ha inventado ese problema. Lo ha dejado al descubierto. ¡Y cuando el poder se siente cuestionado, responde con dureza!

Hoy, los nuevos escribas siguen existiendo. No llevan los signos de entonces, pero conservan la misma lógica: la necesidad de controlar a Dios para poder controlar a los demás.

El verdadero escándalo no es Francisco. El verdadero escándalo es que todavía haya quienes prefieran una religión que controle antes que una fe que libere, normas sin alma antes que vidas transformadas, tener razón antes que practicar la misericordia.

Francisco incomoda porque desplaza el centro: de la doctrina entendida como sistema cerrado a la vida concreta de las personas, del juicio a la acogida, de la seguridad a la intemperie. Y eso exige algo que no todos están dispuestos a asumir: coherencia.

Al final, la cuestión no es quién tiene el mejor argumento, sino quién vive mejor el Evangelio. Jesús no dijo que seríamos juzgados por nuestra precisión doctrinal, sino por lo que hicimos con los demás. Ahí es donde muchas críticas se desmoronan, porque es fácil defender la verdad desde un despacho, pero es mucho más difícil encarnarla en la vida.

Y es precisamente en ese terreno, el del testimonio, donde se decide todo.

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