Venezuela: libertad momentánea y soberanía hipotecada
Venezuela celebra mientras aún no ha terminado de contar el precio. Tras años de hambre, represión y oscuridad, el alivio ha llegado rápido y desde fuera, y precisamente por eso resulta peligroso. Porque cuando la libertad llega empaquetada, con contratos firmados en despachos lejanos y decisiones tomadas sin el pueblo, la pregunta ya no es si el país ha salido del infierno, sino si ha entrado en una nueva forma de dependencia más ordenada, más limpia y más difícil de combatir.
Venezuela vive hoy un tiempo extraño, casi bíblico, como esos momentos en los que un pueblo exhausto cruza el desierto y, al encontrar agua, deja de preguntarse de dónde viene ni a qué precio. Tras la caída del régimen de Nicolás Maduro y la intervención directa de Estados Unidos, el país respira. Hay comida en los mercados, los presos son liberados, la luz vuelve a encenderse y el miedo cotidiano parece haberse retirado unos pasos. Para millones de venezolanos, eso ya es libertad. Y sería injusto, incluso moralmente cruel, negar ese alivio después de años de sufrimiento.
Pero la historia —y también la tradición ética y cristiana— enseñan que no toda liberación es verdadera redención, y que no todo éxodo conduce automáticamente a la tierra prometida. A veces conduce a otra forma de dependencia, más silenciosa, más eficiente, incluso más cómoda, pero no por ello menos profunda.
Cuando un pueblo ha sido empujado a la miseria absoluta, la gratitud se convierte en una forma de supervivencia. Nadie revisa contratos cuando vuelve a comer tres veces al día. Nadie pregunta por la soberanía cuando el hospital vuelve a tener medicamentos. Sin embargo, es precisamente en ese momento de alivio colectivo cuando se toman las decisiones que marcarán décadas. La letra pequeña de la salvación casi nunca se lee en voz alta.
Quien hoy celebra sin preguntarse, podría despertar en unas décadas reconociendo que el precio de la paz momentánea fue entregar las llaves de su propia casa.
Estados Unidos no actúa movido por un humanismo desinteresado. ¡Nunca lo ha hecho! Su política exterior responde a intereses claros, y en este caso ese interés tiene un nombre antiguo y conocido: energía, influencia y control estratégico. Los acuerdos firmados tras la caída del régimen, muchos de ellos opacos y apresurados, han otorgado concesiones petroleras a largo plazo a grandes corporaciones estadounidenses, comprometiendo durante generaciones la capacidad del país para decidir sobre su principal riqueza. El petróleo sigue estando bajo suelo venezolano, pero las decisiones clave comienzan a tomarse lejos de Caracas.
No se trata de una acusación ideológica, sino de una constatación histórica. La ayuda entre naciones nunca es neutral, y cuando una potencia entra a reconstruir, también entra a ordenar, a priorizar y a decidir qué es urgente y qué puede esperar. Venezuela ha pasado de estar saqueada por una élite corrupta interna a correr el riesgo de quedar atada por una cadena dorada, más pulida, más funcional, pero igualmente restrictiva en lo esencial.
A ello se suma una inquietud profunda: el poder vuelve a colocarse desde fuera. Nuevas figuras políticas, muchas con trayectorias internacionales impecables, aterrizan en Caracas con legitimidad externa, pero con escasa raíz social. No son líderes nacidos del sufrimiento compartido, sino gestores formados lejos del barro. Gobiernan con respaldo extranjero más que con confianza popular, y eso tiene consecuencias. Cuando lleguen las decisiones dolorosas —recortes, eliminación de subsidios, pago de deudas—, la falta de vínculo con el pueblo puede convertir la estabilidad actual en una nueva fragilidad.
La Doctrina Social de la Iglesia recuerda que un pueblo no es un objeto que se administra, sino un sujeto que decide. Cuando las soluciones llegan siempre desde fuera, el pueblo deja de ejercitar su propia responsabilidad histórica. Se acostumbra a esperar. Se desmoviliza. La dependencia no siempre se impone con violencia; a veces se instala con eficacia y gratitud.
El mayor riesgo para Venezuela no es solo económico o geopolítico, sino institucional y moral. Un país que no reconstruye su propia justicia, su propio tejido civil y su propia cultura política queda vacío por dentro. Hoy otros capturan a los criminales, otros reparan las infraestructuras y otros diseñan la transición. Pero la historia enseña que los intereses de las potencias cambian, y que los protectores no prometen permanencia, solo conveniencia. Cuando el foco se mueva a otro lugar, ¿qué quedará?
El mayor riesgo para Venezuela no es solo económico o geopolítico, sino institucional y moral. Un país que no reconstruye su propia justicia, su propio tejido civil y su propia cultura política queda vacío por dentro. Hoy otros capturan a los criminales, otros reparan las infraestructuras y otros diseñan la transición.
Hay además una herida que hoy no sangra, pero que mañana puede supurar: la humillación simbólica. La sensación de que las decisiones fundamentales no se toman en casa. De que la soberanía se ha cambiado por orden. De que la bandera sigue ondeando, pero no manda. Ese sentimiento, tarde o temprano, alimenta resentimientos y abre la puerta a nuevos discursos populistas que prometen recuperar la dignidad perdida, aunque sea repitiendo viejos errores.
No es una hipótesis abstracta. Ocurrió en Irak. Ocurrió en otros países donde Estados Unidos primero sostuvo líderes, luego los derribó y después reorganizó el territorio según sus intereses estratégicos. Los aliados de hoy no siempre lo son mañana, y los pueblos que delegan su destino suelen descubrir demasiado tarde que la gratitud no es una garantía histórica.
Nada de esto niega el sufrimiento real vivido bajo el chavismo ni la alegría legítima del presente. Sería éticamente obsceno exigir heroicidad a un pueblo hambriento. Pero sí es necesario advertir que la libertad verdadera no se mide solo por el alivio inmediato, sino por la capacidad de decidir el propio futuro.
La pregunta que debería empezar a resonar en la conciencia venezolana no es únicamente si hoy se vive mejor, sino quién tendrá la última palabra dentro de veinte años, si el país será verdaderamente dueño de su rumbo o apenas un territorio ordenado y funcional al interés de otros, porque la libertad que no se construye desde dentro termina siendo frágil, depende de voluntades ajenas y puede retirarse con la misma facilidad con la que fue concedida, y porque ningún pueblo es plenamente libre mientras no conserve las llaves de su propia casa, aunque las estanterías estén llenas y el miedo haya sido reemplazado por un silencio cómodo.
Así, pues, Si Venezuela no abre ahora los ojos, el futuro no traerá solo dificultades pasajeras: traerá una estabilidad vacía, un país ordenado y eficiente, pero sin alma propia. Los recursos naturales seguirán estando bajo el suelo: petróleo, minerales, gas, agua… pero podrían ser administrados y apropiados por otros, dejando al pueblo sin participación real en lo que es suyo por derecho. Las decisiones estratégicas podrían dejar de tomarse pensando en el bien común del país para obedecer intereses que no rinden cuentas ante nadie en Caracas. Entonces, la frustración volverá, no como hambre o apagones, sino como sentimiento de traición y pérdida de dignidad y de identidad, y los falsos salvadores surgirán nuevamente, prometiendo redención mientras consolidan cadenas invisibles. La historia puede repetirse, y lo hará con la severidad que advierte la sabiduría bíblica: “Porque ¿de qué le sirve al hombre ganar el mundo entero, si pierde su propia alma?” La Venezuela de mañana corre el riesgo de ser rica en recursos materiales (los que queden…) pero pobre en soberanía, alimentada en la mesa pero vacía en la conciencia, ordenada en apariencia pero dependiente en esencia, y todo ello porque no habrá ejercitado la soberanía que forja pueblos libres.Quien hoy celebra sin preguntarse, podría despertar en unas décadas reconociendo que el precio de la paz momentánea fue entregar las llaves de su propia casa.