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Xabier Pikaza y el Apocalipsis del consumo: cuando Jerusalén corre el riesgo de perder el alma

¿Y si el mayor peligro no fuera la guerra, sino la banalización de lo sagrado? Xabier Pikaza lanza una advertencia incómoda: cuando el dinero ocupa el lugar de Dios, incluso Jerusalén puede convertirse en un escaparate sin alma.

Xabier Pikaza

Hay textos que no se leen, se atraviesan. El artículo de Xabier Pikaza, en diálogo con una voz anónima desde Estados Unidos, no busca tranquilizar ni confirmar prejuicios, sino inquietar, incluso molestar, porque toca una fibra que muchos prefieren no mirar de frente: la posibilidad de que nuestro mundo esté sustituyendo lo sagrado no tanto por la destrucción violenta como por algo mucho más silencioso y eficaz, la banalización absoluta. La imagen que propone —un McDonald’s sobre el Santo Sepulcro y un Burger frente a la Mezquita de la Roca— no es una ocurrencia grotesca ni una exageración gratuita, sino una metáfora afilada de una realidad que ya está en marcha, la conversión de todo, incluso lo más sagrado, en objeto de consumo. No deja de resonar aquí aquella advertencia evangélica: «No podéis servir a Dios y al dinero» (Mt 6,24), como si esta escena imaginada fuera su cumplimiento más irónico y trágico.

Pikaza no está describiendo un futuro inevitable, está denunciando un presente que ya se deja ver en muchos ámbitos. Cuando los lugares que durante siglos han concentrado la memoria espiritual de la humanidad corren el riesgo de convertirse en escenarios turísticos para el disfrute de unos pocos, cuando el dinero y el mercado se convierten en el criterio último de valor, lo que está en juego no es una piedra ni un edificio, sino el sentido mismo de lo humano. Jerusalén aparece, así como un símbolo radical, un espejo incómodo donde se refleja la tensión entre trascendencia y poder, entre fe y dominio, entre memoria y negocio. Y en ese espejo resuena también la palabra de Jesús llorando sobre la ciudad: «Si comprendieras lo que conduce a la paz… pero ahora está oculto a tus ojos» (Lc 19,42).

En ese contexto, la referencia a Nerón no es una licencia literaria, sino una advertencia. Pikaza, a través de su interlocutor, sugiere que ciertos liderazgos contemporáneos comparten rasgos inquietantes con aquel emperador que quiso convertir la historia en escenario de su propia grandeza. No se trata de comparaciones simplistas, sino de señalar un patrón que se repite cuando el poder pierde su sentido de límite. Líderes que se perciben a sí mismos como elegidos por el destino, que confunden inteligencia con infalibilidad, que alimentan una narrativa de salvación nacional mientras tensan al máximo los conflictos, pueden acabar arrastrando a sus propios pueblos a situaciones sin retorno. Y aquí el texto acierta de pleno al señalar que el mayor peligro no suele venir de fuera, sino de dentro, de las propias dinámicas de poder, de las lealtades frágiles, de las traiciones inevitables. Como advierte el Evangelio con crudeza: «Todo reino dividido contra sí mismo va a la ruina» (Mt 12,25).

Nerón
Líderes que se perciben a sí mismos como elegidos por el destino, que confunden inteligencia con infalibilidad, que alimentan una narrativa de salvación nacional mientras tensan al máximo los conflictos, pueden acabar arrastrando a sus propios pueblos a situaciones sin retorno.

Pero el núcleo más provocador del artículo no está en la crítica política, sino en la lectura teológica de la historia. Pikaza rescata la escena de Jesús entrando en Jerusalén montado en un asno y la sitúa en el centro del debate contemporáneo. No como un gesto piadoso o anecdótico, sino como una toma de posición radical frente a la lógica del poder. Frente a los caballos de guerra, el asno; frente a la violencia legitimada, la vulnerabilidad; frente a la conquista, la entrega. Lo que está en juego en esa escena no es la humildad entendida como virtud privada, sino una transformación profunda de la manera de entender la política, la autoridad y la fuerza. Es el cumplimiento vivo de aquella profecía asumida por el Evangelio: «Mira a tu rey que viene a ti, humilde, montado en un asno» (Mt 21,5).

Y aquí es donde el artículo se vuelve especialmente incómodo para ciertos sectores religiosos que han olvidado esa lógica evangélica y han terminado justificando discursos de confrontación, exclusión e incluso guerra en nombre de Dios. La fe convertida en ideología, el Evangelio reducido a arma arrojadiza, la religión utilizada como legitimación del poder, son precisamente lo contrario de lo que representa ese asno que entra en Jerusalén sin ejército ni escolta. Pikaza no lo dice de forma directa, pero sugiere con claridad que hay una deriva preocupante en determinados ambientes donde la radicalidad no es evangélica, sino fanática, literalista y profundamente desconectada del mensaje de Jesús. Y conviene recordarlo con palabras del propio Cristo: «Vuelve tu espada a su sitio, porque todos los que empuñan espada, a espada morirán» (Mt 26,52).

El texto alcanza su punto más profundo cuando introduce la idea de la “impostura religiosa”, tomada del Catecismo. No estamos ante un ataque a la religión, sino ante una crítica a su deformación. La impostura consiste en ofrecer soluciones aparentes a los problemas humanos a costa de vaciar la verdad, en construir un mundo donde el hombre se coloca en el lugar de Dios, donde todo parece funcionar, pero nada tiene fundamento último. En ese sentido, el peligro no es solo el ateísmo, sino una especie de religión sin trascendencia, una espiritualidad domesticada que convive perfectamente con la injusticia, el consumo y la violencia. Como ya intuía Soloviev en su célebre relato del Anticristo, el peligro no vendrá disfrazado de odio a la humanidad, sino de una aparente defensa del bien, de la paz y del progreso, pero vaciados de verdad, una seducción que no destruye de golpe, sino que convence, adormece y termina sustituyendo a Dios por una promesa fabricada por el propio hombre. Es la tentación que el propio Jesús rechazó en el desierto, cuando se le ofrecía poder, espectáculo y dominio (cf. Mt 4,1-11), y que sigue vigente bajo formas nuevas.

La metáfora de la hamburguesa sobre los lugares santos adquiere aquí todo su peso. No es solo una crítica cultural, es una denuncia teológica. Cuando todo se convierte en mercancía, incluso lo sagrado pierde su capacidad de interpelar, de cuestionar, de transformar. Y entonces ya no hace falta destruir templos, basta con vaciarlos de significado. El mundo puede seguir funcionando, incluso prosperando, pero lo hace sobre un vacío que tarde o temprano pasa factura. Como dijo Jesús al expulsar a los mercaderes del templo: «Habéis convertido la casa de mi Padre en un mercado» (Jn 2,16), una frase que hoy adquiere una vigencia inquietante.

Trump en un McDonalds
—un McDonald’s sobre el Santo Sepulcro y un Burger frente a la Mezquita de la Roca— no es una ocurrencia grotesca ni una exageración gratuita, sino una metáfora afilada de una realidad que ya está en marcha, la conversión de todo, incluso lo más sagrado, en objeto de consumo. No deja de resonar aquí aquella advertencia evangélica: «No podéis servir a Dios y al dinero» (Mt 6,24), como si esta escena imaginada fuera su cumplimiento más irónico y trágico.

Lo más valioso del artículo de Pikaza es que no cae en el catastrofismo fácil ni en la seguridad dogmática. Termina reconociendo el miedo, pero un miedo lúcido, consciente, que no paraliza, sino que despierta. No estamos ante una profecía cerrada, sino ante una advertencia abierta. La historia no está escrita, pero sí condicionada por nuestras decisiones colectivas. Y en medio de esa incertidumbre resuena otra promesa evangélica que no conviene olvidar: «No tengáis miedo» (Mt 14,27).

En un momento en el que la guerra vuelve a ocupar titulares, en el que líderes políticos apelan a la fuerza como solución, en el que el dinero se erige como medida de todas las cosas y en el que ciertos discursos religiosos legitiman esa deriva, la reflexión de Pikaza actúa como una sacudida necesaria. Nos obliga a preguntarnos qué estamos haciendo con lo más valioso que tenemos, qué lugar ocupa realmente la fe en nuestras sociedades y si no estamos, poco a poco, cambiando el horizonte de sentido por un escaparate.

Quizá la pregunta final que deja flotando el texto es la más incómoda de todas, si al intentar salvar el mundo a través del poder, del dinero o de la guerra, no estaremos perdiendo precisamente aquello que da sentido a salvarlo. Jerusalén, en ese sentido, no es solo un lugar, es una prueba. Y el resultado, todavía, no está decidido. Y tal vez, como advertía el mismo Jesús, «¿de qué le sirve al hombre ganar el mundo entero si pierde su alma?» (Mc 8,36).

Jesús

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