León XIV, el consistorio y las matrioscas del Vaticano II
El Papa 'rehabilita' ante el Colegio Cardenalicio plenamente la figura de Francisco, exhibiendo con habilidad pasmosa que nada de lo dicho por Bergoglio desentonaba del magisterio precedente, sólo el acento era la novedad
Francisco quiso devolver la sinodalidad a un Sínodo afectado de ombliguismo y León quiere blindar el papado con la colegialidad, la forma premium de esa raíz sinodal, un arriesgado intento, sobre todo cuando proliferan las banderías ideológicas más que evangélicas, pero un intento honesto de seguir una senda inevitable para una Iglesia en este tercer milenio y que se crea el espíritu que late detrás de la formulación de Pueblo de Dios.
Está por ver cómo le sale este intento en un momento en que la barca de Pedro, como dijo el cardenal dominico Timothy Radcliffe en su meditación para este primer consistorio extraordinario del pontificado, afronta tormentas internas, pero la intención (y determinación) de Robert F. Prevost parece clara, y le queda margen para perseverar en ella, haciendo gestos que cautiven, y no distorsionen, si es necesario.
En este punto, bien se puede parafrasear a Radcliffe, que, en vísperas del honor (y responsabilidad) de contextualizar el objetivo de este consistorio, en las vísperas no tuvo reparos en hablar de algún que otro Papa gay que no dudó que ha habido en estos dos mil años, o de su enamoramiento de una mujer cuando ya había tomado los hábitos, y cómo perseveró en su vocación siendo honesto con él y con la otra parte.
Se refería el espigado dominico al desmoronamiento del orden mundial surgido tras los dolores de parto de la Segunda Guerra Mundial, o de la sima que se abre ante la potencialidad, en todos los sentidos, de la Inteligencia Artificial. Fue ahí cuando dijo. “Si aún no estamos inquietos, deberíamos estarlo".
Y eso mismo seguro que estarán pensando ya en estos primeros compases de este consistorio los grupos más rigoristas: el viejo orden eclesial se viene desmoronando desde el Vaticano II para alumbrar un nuevo tiempo, libre de las adherencias del vano poder, la superchería almidonada, la afectación espiritualoide y la celebración gourmet sólo para iniciados.
Habrá dos pasitos palante y uno patrás y viceversa, se reconstruirán murallas y levantarán hogueras, como está sucediendo en este mismo momento también en el orden civil, pero el aire que se acabe colando tarde o temprano por las grietas traerá el inconfundible aroma de lo auténtico, de lo primigenio, del material que abona la esperanza desde los orígenes.
En una especie de 'trilerismo' genial se lo adelantó ayer por la mañana en la audiencia general este Papa matemático. ¿Casualidad que el consistorio se iniciase al día siguiente de la clausura del Jubileo? ¿Coincidencia que fuese el mismo día en que comenzaba su ciclo de catequesis en las audiencias generales –sí, con el Pueblo de Dios– con una invitación clara, nítida, reiterada a “redescubrir” el Vaticano II, pero “no de oídas”? ¿Simple azar que, precisamente, abriese su discurso en el consistorio leyendo el primer párrafo enterito de Lumen Gentium, la Constitución sobre la Iglesia del Concilio Vaticano II? “Si aún no estamos inquietos…”.
El ‘juego de manos’ en la preparación de este consistorio ganó altura cuando algunos purpurados estaban precisamente aterrizando en Roma. En la audiencia general, ante miles de peregrinos que fueron a ver al sucesor de Pedro, les dio una clase magistral del hito eclesial que el año pasado conmemoró sus –tan sólo– sesenta años desde su clausura.
Quedaba demostrado que el Papa argentino no había hecho más que ir a buscarlas a la fuente del Concilio, que no habían sido meras ocurrencias de un jesuita que, decían, flojeaba también en teología y la tradición la dejaba para el mate.
En muy pocos párrafos, como si fueran matrioscas, León XIV iba sacando citas de todos los papas que han sido desde entonces –incluso a Juan Pablo I, de quien tuvo que recurrir a un pensamiento de cuando era todavía obispo–, y en sus expresiones se iban encadenando ideas, conceptos, anhelos, esperanzas, exigencias, necesidades... que sonaban frescas, actuales, que ‘olían’ a Francisco, pero quedaba demostrado que el Papa argentino no había hecho más que ir a buscarlas a la fuente del Concilio, que no habían sido meras ocurrencias de un jesuita que, decían, flojeaba también en teología y la tradición la dejaba para el mate.
De tal manera lo hizo León XIV que quienes no estaban conformes con Francisco, quienes le han atacado de manera inmisericorde ya no podrían decir que las suyas eran ‘franciscadas’. Lo que no les gustaba era el acento de un Bergoglio que sacaba agua del Concilio con el mismo cubo que habían utilizado (es verdad que unos con más ahínco que otros) Juan XXIII, Pablo VI, Juan Pablo II, Benedicto XVI. ¿O es que lo que no les gusta ni un poco es el Vaticano II? Acabáramos.
Ya con todos los cardenales sentados a las mesas sinodales puestas en escena por el propio Bergoglio, León XIV dejó claro que la sinodalidad no sólo iba a ser un tema (y de los más votados, junto con la evangelización a la luz de Evangelii gaudium). Y ya en la misa de esta mañana, subrayó que el motivo para el que los había convocado no era la satisfacción de "agendas -personales o de grupo-". Y la inquietud se apoderó de algunas capillas.