Un corazón sin doblez
«Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios»
¿No está acaso el deseo más hondo del ser humano impregnado de esta ansia de Dios, de este anhelo de plenitud que habita en lo más íntimo de sí mismo?
Si hablamos de recordar, lo primero es traer al presente algo que permanece guardado —a veces oculto— en la memoria. Hacerlo presente implica, de algún modo, la posibilidad de volver a vivirlo. Sin embargo, recordar, si atendemos a su etimología, remite directamente al corazón. Recordar es re-cordis: volver a pasar por el corazón aquello que fue vivido y, por tanto, sentirlo una vez más. La rememoración jamás es impasible, porque el ser humano nunca lo es, por más que algunos se empeñen en demostrar lo contrario.
En el horizonte de estos días se sitúan las Bienaventuranzas (Mt 5, 1–12a), que bien nos convendría recordar en este sentido profundo, no como algo meramente familiar o ya sabido, sino como una palabra viva que brota de la boca de Jesús para reequilibrar nuestra existencia. Hacer de las Bienaventuranzas una ocasión para conmemorar, celebrar y acoger las claves programáticas del mensaje salvífico de Dios que el Hijo continúa revelando en nuestro tiempo.
De las nueve bienaventuranzas quisiera detenerme en aquella que se vincula directamente con lo que vengo reflexionando, pues interpela de lleno al corazón: «Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios». ¿No está acaso el deseo más hondo del ser humano impregnado de esta ansia de Dios, de este anhelo de plenitud que habita en lo más íntimo de sí mismo? Ahora bien, para que este encuentro sea posible debe cumplirse una condición ineludible: el corazón ha de estar limpio (la puritas cordis, de Juan Casiano). Y entonces surge inevitablemente la pregunta: ¿quién puede decir que lo tiene pulcro? Esta cuestión, como tantas otras que atraviesan el Evangelio, no debería eludirse jamás; al contrario, exige ser respondida desde la propia interioridad, desde la transparencia que reclama el corazón que presentamos continuamente ante Dios en la oración.
Ese trabajo imprescindible —por más justificaciones que nos demos para esquivarlo— pasa necesariamente por la renuncia a una práctica que ejercemos con excesiva facilidad: el juicio al otro. Cuando nos detenemos en los demás con la ligereza que tantas veces mostramos, desatendemos lo único sobre lo que realmente tenemos capacidad de actuación: nosotros mismos. Tal vez juzgamos para no enfrentarnos a las sombras que ocultamos tras la apariencia, o quizá porque resulta más sencillo señalar en los demás aquello que no tenemos el valor de afrontar en nuestro propio interior. La mediocridad se adueña de nosotros cuando actuamos desde una prepotencia egóica que cierra la vida a la Gracia, la misma Gracia que nos vincula con el Padre. Desde ahí se vuelve imposible escuchar lo que Jesucristo tiene para ofrecernos, pues estamos excesivamente saturados de nosotros mismos.
La mediocridad se adueña de nosotros cuando actuamos desde una prepotencia egóica que cierra la vida a la Gracia,
«Un hermano interrogó también al abba Poemén diciéndole: “Si veo una falta en mi hermano, ¿debo o no ocultarla?”. El anciano le respondió: “Cada vez que ocultamos el pecado de nuestro hermano, Dios oculta también el nuestro; y cada vez que denunciamos las faltas de nuestros hermanos, Dios denuncia también las nuestras”».
Nuestros defectos —afirmaba Santa Teresa de Jesús— deberían ser como un velo ante nuestros ojos, que nos impida ver los de los otros. Tal vez así podamos ocuparnos con mayor soltura y hondura en disipar las sombras que nos impiden reconocer el rostro de Dios en nosotros mismos y en los hermanos, pues no lo olvidemos nunca: vivimos en comunión permanente.
Jose Chamorro