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El caso Zornoza, archivado

11.4.26. Pascua de Tomás, iglesia: Cuerpo llagado, vida en comunión

(20+) Facebook Los sinópticos y Hechos incluyen a Tomas, en la listas de los (cf. Mt 10, 3; Mc 3, 8; Lc 6, 15; Hech 1, 13. Por el contrario, Juan le presenta como el Mellizo (¿de Jesús? cf. Jn 11, 16; 20, 24; 21, 2) y le concede un papel especial en el evangelio.

DISCIPULO VALIENTE

Tomás aparece, en primer lugar, como el discípulo valiente, que anima al resto de los discípulos, a superar el miedo y subir con Jesús a Jerusalén, dispuestos a morir con él: Vamos también nosotros y muramos con él (Jn 11, 16).

Jesús dijo a sus discípulos: «Vamos otra vez a Judea». 8Los discípulos le replicaron: «Maestro, hace poco intentaban apedrearte los judíos, ¿y vas a volver de nuevo allí?»…. 16Entonces Tomás, apodado el Mellizo, dijo a los demás discípulos: «Vamos también nosotros y muramos con él».

Esta escena se encuentra en el entorno de las disputas que han debido surgir en Jerusalén en torno a la resurrección de Jesús/Lázaro. De la impresión de que algunos grupos judíos han amenazado a los cristianos si siguen afirmando que Jesús ha resucitado y hay algunos que no quieren entrar en Jerusalén, por miedo de ser apedreados.

En ese contexto se conservan las palabras de Tomás dispuesto a subir en Jerusalén con Jesús. No es fácil saber con qué intención ha incluido de Juan estas palabras mostrando a Tomás está dispuesto a morir con Jesús,. Quizá más que su valentía personal quiwre destacan su visión de la muerte como mesiánica con Jesús..

ULTIMA CENA. LOS MISTAGOGOS: PEDRO, TOMÁS, FELIPE, JUDAS “TADEO”)

Jesús dice a sus Doce que él se iba… y que ellos no podrán seguirle. por ahora En este contexto pregunta Pedro:

Simón Pedro le dijo: «Señor, ¿adónde vas?». Jesús le respondió: «Adonde yo voy no me puedes seguir ahora, me seguirás más tarde». Pedro replicó: «Señor, ¿por qué no puedo seguirte ahora? Daré mi vida por ti». Jesús le contestó: «¿Conque darás tu vida por mí? En verdad, en verdad te digo: no cantará el gallo antes de que me hayas negado tres veces.

Estas palabras “anuncian la negación de Pedro… que abandonará a Jesús para seguirle después en la muerte, como ratifica el mismo evangelio Jn 21, 19

Tomás: No sabemos dónde vas ¿Cómo saber el camino? (Jn 14, 1-6?)

Según Jn 11, 26, Tomás estaba dispuesto a seguir a Jesús hasta la muerte.., pero ahora ese mismo Tomás añade que ellos no saben dónde va Jesús ¿cómo podrán seguirle?

Jesús les dijo: 2En la casa de mi Padre hay muchas moradas; si no, os lo habría dicho, porque me voy a prepararos un lugar. 3Cuando vaya y os prepare un lugar, volveré y os llevaré conmigo, para que donde estoy yo estéis también vosotros. 4Y adonde yo voy, ya sabéis el camino». 5Tomás le dice: «Señor, no sabemos adónde vas, ¿Cómo podemos saber el camino?». 6Jesús le responde: «Yo soy el camino y la verdad y la vida. Nadie va al Padre sino por mí. 7Si me conocierais a mí, conoceríais también a mi Padre.

Estas palabras definen la teología de Tomás… Quería subir con Jesús a Jerusalén,, para morir con él… Pero ahora que Jesús les dice que va a la casa de su Padre y que en ella hay muchas moradas, no entiende.

- La casa del Padre Dios tiene diversas “moradas”, no hay una sóla, sino diversas ajustadas a cada creyente, a cada grupo religioso, a cada cultura…aunque todas. Lo que llamamos Reino de Dios o cielo no es una uniformidad impuesta, hay formas distintas de amar, de seguir el camino.

- Jesús es el camino…, en diálogo de amor, de acogida de ayuda mutua, en forma de múltipls camin… No un camino de guerra y victoria de unos sobre otros, no un camino de imposición sacral o eclesial…En esa línea, el camino abierto a todos los camino, en diálogo, sin excluir ningún camino que sea de amor. Sólo los que excluyen y niegan a los otros se excluyen a sí mismo.

Felipe pide: ¡Muéstranos al Padre! Jesús responde: Quien me ha visto ha visto al Padre (Jn 14, 6-10)

Tomás sigue la de Felipe, Ambos son, con el amado, los discípulos queridos de Jesús a quienes se atribuyen unos evangelios místicos que iglesia oficial no aceptó como canónicos. Felipe pide a Jesús que le muestra al Padre… Jesús le contesta que quien le ha visto a ha visto al Padre:

Felipe le pide: «Señor, muéstranos al Padre y nos basta». 9Jesús le replica: «Hace tanto que estoy con vosotros, ¿y no me conoces, Felipe? Quien me ha visto a mí ha visto al Padre. ¿Cómo dices tú: “Muéstranos al Padre”? 10¿No crees que yo estoy en el Padre, y el Padre en mí? Lo que yo os digo no lo hablo por cuenta propia. El Padre, que permanece en mí, él mismo hace las obras.

Felipe quiere ver al Padre Dios sin mediación de los hombres… Quiere verle en sí, fuera de los hombres. Jesús le responde que sólo vemos a Dios a través de los hombres, sólo le amamos amando a los hombres.

Jesús responde a Felipe diciéndole que sólo por medio de él, de los hombres se puede amar a los hombres, viviendo en comunión con ellos como dice en Mc 12, 28-35

4. Judas Tadeo ¿Por qué te muestras a nosotros y no a todo el cosmos ( (Jn 14, 21-26)

Esta es la cuarta de las cuatro preguntas “mistagógicas” de la última Cena: La de Pedro, la de Tomás, la de Felipe y la de Judas, que termina siendo la más significativa…Este Judas “Tadeo” (no Iscariote) aparece en la tradición como hermano de Tomás y del mismo Jesús… Algunos le identifican con el mismo Jacob/Santiago el menor (no el zebedeo). Este Judas pregunta a Jesús ¿Por qué sólo a nosotros? ¿Por qué no te revelas a todos los pueblos…

APARICIÓN PASCUAL, TOMAS Y LOS DOCE

Como acabo de indicar, en la última cena, el evangelio de Juan presenta a Tomás (con Pedro, Felipe y Judas) como presenta como uno de los «discípulos mistagogos», que plantean a Jesús las preguntas básicas sobre el camino y sentido del Reino.

Para contrapesar y completar esa visión de la última cena, Juan ha incluido otro pasaje sobre Tomás que se proclama este domingo y que he citado al comienzo de esta reflexión…

Tomás, uno de los doce, llamado Dídimo (el mellizo), no estaba con ellos cuando Jesús vino. Los otros discípulos le dijeron, pues: Hemos visto al Señor. Tomás les dijo: Si no viere en sus manos la señal de los clavos, y metiere mi dedo en el lugar de los clavos, y metiere mi mano en su costado, no creeré.

Y ocho días después, estaban de nuevo sus discípulos en casa y Tomás con ellos; llegó Jesús, estando las puertas cerradas, se puso en medio y dijo: ¡Paz a vosotros! Luego dijo a Tomás: Trae tu dedo aquí y mira mis manos, trae tu mano y métela en mi costado y no seas incrédulo sino fiel! Respondió Tomás y dijo: ¡Señor mío y Dios mío! Y Jesús le dijo: Porque has visto has creído. ¡Felices los que no han visto y han creído!» (20, 26-29).

El mismo Tomás, que en la parte anterior del evangelio aparecía como discípulo valiente, acompañando a Jesús hasta la muerte, y como discípulo sabio, elevando a Jesús, con Felipe y Judas, las preguntas más hondas del NT, aparece ahora como discípulo separado, con riesgo de caen en un tipo de herejía gnóstica del siglo II d.C. y de este siglo XXI. Éstos son los dos riesgos (rasgos) fundamentales de esa herejía antigua y moderna:

a. El riesgo de negar la carne, es decir, la entrega y comunión real de vida, a favor de los demás, hasta la muerte. Según Jn 11, 16, Tomás estaba dispuesto a morir por Jesús y con Jesus… Aquí le cuesta creer que Jesús haya muerto por los demás. Este Tomás corre el riesgo de defender una iglesia “sin carne”, una iglesia de pura interioridad, como un tipo de budismo, platonismo a hinduismo… Este cristianismo sin carne (sin muerte por los demás) sería un tipo de intimismo, pura iluminación interior pura sabiduría, sin compromiso de amor por los demás hasta la muerte.

b. El riesgo de ser cristiano a lo libre, sin compromiso de crear comunidad, de amar en concreto al prójimo, de crear iglesia/familia de hermanos. Este Tomás parece que no necesita amor a los demás, amor al prójimo, compromiso de justicia y de solidaridad con todos los hombres y mujeres del mundo.. Por eso anda por libre, en meditación interior, sin crear iglesia… De este riesgo del Tomás místico solitario vengo tratando con cierta frecuencia en mi blog y en FB.

APÉNDICE 1. EVANGELIO DE TOMAS.

El evangelio de Tomás, re-descubierto en una biblioteca de Nag Hammadi, Egipto, el año 1947, como traducción copta de un original griego, forma parte de los apócrifos del Nuevo Testamento y constituye uno de los testimonios más significativos de la literatura cristiana primitiva.

(1) Origen y mensaje. Este evangelio consta de 114 logia o dichos, que tienen cierta semejanza con el Q (fuente evangélica de los Dichos), pero aún más con algunos papiros antiguos, como el de los Logia de Oxirrinco. Se ha discutido su origen y algunos piensan que muy primitivo, más antiguo incluso que Lc y Mt. Pero la mayoría de los investigadores piensan que es posterior y que deriva básicamente de los evangelios sinópticos o de alguna redacción hoy desconocida del documento Q. Habría sido escrito en Siria, hacia el año 140, en círculos cristianos de tendencia gnóstica, cuando todavía las línea de la gnosis y la gran iglesia no se habían separado plenamente. Influyó de un modo especial en las comunidades de Egipto, donde fue traducido al copto y se ha conservado.

Este evangelio contiene textos de tradición venerable que provienen del mismo Jesús o de comunidades cristianas antiguas (especialmente la portadora de los Dichos, es decir, del Q). Más aún, este evangelio puede apelar y apela a la tradición de los dos hermanos de Jesús: Judas-Tomás, el Mellizo, en cuyo nombre se inscribe (cf. EvTom, Inscriptio y num 13), y Santigo, el Justo, «por quien fueron hecho el cielo y la tierra» (EvTom 12). Esto significa que al menos una parte de la iglesia representada por estos hermanos de Jesús ha desembocado en un tipo de gnosis, pasando del más estricto legalismo a una experiencia de interioridad mística, donde la ley se interpreta en forma de símbolo de autenticidad. Por otra parte, el EvTom está cerca de Jn, pero con una diferencia básica: en el fondo de su experiencia gnóstica, Jn apela a la carne de Jesús y puede elaborar una teología de carácter histórico; por el contrario, el EvTom tiende a dejar a un lado la carne del niño de la Navidad (con la muerte de Jesús), de manera que resulta difícil defender en su nombre una teología que apele de un modo consecuente con la carne de Jesús, relacionada con su madre histórica.

(2) Devaluación de la mujer, la madre prostituta. EvTom 79 puede asumir el logion de Lc 11, 27-28 con la palabra de una mujer (¡Bendito el vientre que te llevó..!) y la respuesta de Jesús (¡Benditos los que han escuchado la palabra del Padre!), añadiendo en ese contexto las palabras apocalípticas de Lc 23, 19: «¡Bendito el vientre que no ha concebido y los pechos que no amamantado» (cf. Mt 24, 19). Pero lo que Mt y Lc interpretan como expresión de angustia ante la crisis última de la humanidad, que era propia del fin de la historia (miedo de las madres por los hijos que se pierden), se vuelve en EvTom rechazo de la maternidad en cuanto tal, pues ella es causa de caída.

Desde ese fondo se entiende la cita de Mc 3, 31-35, contenida en EvTom 99 donde no sólo se critica a la familia «jerosolimitana» de Jesús (como hacía Marcos), sino a todo tipo de «familia carnal». En esa línea avanza EvTom 101 donde, partiendo de Mt 10, 37-38 (¡quien no odia a su padre y a su madre...!), se establece la distinción radical entre las dos madres: la madre carnal (que en este caso sería María) ha engendrado a Jesús en un mundo de pecado; sólo su madre verdadera (que es el Espíritu de Dios) le ha concedido la auténtica Vida.

La tradición sinóptica vinculaba los dos planos, afirmando que María, la madre de Jesús, había concebido por obra del Espíritu Santo (cf. Lc 1, 26-38; Mt 1, 18-25). EvTom los contrapone, devaluando la carne, es decir, la historia (en contra de Jn 1, 14), para interpretar el nacimiento de Jesús en un plano de puro Espíritu (por tanto, la madre carnal pierde su sentido). Llegando al final en esa línea, el Jesús de EvTom 105 afirma:

«Quien conozca a su padre y a su madre, será llamado hijo de prostituta». Conocer significa valorar y vincularse. Como mujer-madre de este mundo, la misma María, madre de Jesús, ha sido esclava del pecado, y por eso podemos llamarla prostituta.

No es carne buena, al servicio de la Vida, sino carne caída, dominada por el deseo de placer y por la muerte. En cuanto carnal, María ha sido simplemente pecadora. Conocer a esa madre significa encerrarse y morir en este mundo prostituido. Por eso resulta lógico que el EvTom no haya podido desarrollar una mariología, ni una cristología histórica, consecuente (en contra de Jn).

(3) Soledad con Dios, ideal gnóstico. El EvTom devalúa, por tanto, la relación de origen; por eso la madre no puede conceder su verdad al ser humano, María no puede ofrecer a Jesús un lugar y sentido en la existencia. Con la maternidad se devalúa el sexo. Lógicamente, el signo de la verdadera humanidad serán los niños, que no tienen vergüenza, pues no se identifican por su cuerpo masculino o femenino (cf. EvTom 21, 37). De esa forma, hacerse pequeños, superando el sexo (cf. EvTom 46), significa hacerse solitarios:

«¡Bienaventurados los solitarios y elegidos, porque encontraréis el Reino. Como habéis salido de él, a él volveréis!» (EvTom 49). La soledad define al hombre por su relación con lo divino: los gnósticos provienen de la luz, son como chispas que brotan de Padre viviente y que vuelven de nuevo al descanso del Padre (cf. EvTom 50).

Este mundo es para ellos un cadáver, es muerte, es sepultura (cf. EvTom 56); quien lo sepa, quien se sepa muerto por su cuerpo, ha superado ya al mundo (cf. EvTom 86). Por eso puede añadir:

«Los cielos y la tierra se enrollarán delante de vosotros, pero el que vive del Viviente no verá la muerte», pues ha superado el nivel de perecimiento de este mundo (cf. EvTom 111).

APÉNDICE 2. RIESGO DE CONVERTIR EL EVANGELIO EN GNOSIS

Los gnósticos tienden a suponer que los cristianos ordinarios o eclesiásticos (es decir, aquellos que se dejan guiar en todo por la iglesia establecida) aceptan unas doctrinas valiosas, pero no saben entenderlas, las toman en sentido material; por eso necesi¬tan una estructura eclesiástica y una jerarquía que les encamine y dirija. Por el contrario, ellos, los espirituales y gnósticos conocen el misterio por dentro y pueden vivir en nivel de libertad, sin necesidad de someterse a estructuras de control y de dominio como las de la Iglesia oficial.

En ese sentido, ellos rompen con la iglesia, es decir, con la organización social. Ciertamente, pueden vincularse y se vinculan formando "comunidades de iniciados". Pero la comunidad no es para ellos esencial. Cada uno tiene su propia luz; cada uno ha de hacer su propio camino. Por eso, cada gnóstico es Dios para sí mismo: lleva dentro de sí todo el misterio y no necesita de nadie que le ayude. Los gnósticos no quieren cambiar este mundo, no tienen un proyecto de transformación económica o social. Ellos sólo quieren salvarse, es decir, liberarse de este mundo malo, dominado por las fuerzas de la opresión interna: que cada uno encuentre su luz, se descubra divino (descubriendo y desplegando en sí todo lo que existe). Ésta es la única verdad y salvación para los gnósticos consecuentes.

Una antropología gnóstica. A partir de lo anterior se entiende la moral gnóstica, que ha influido de manera poderosa en algunas visiones de la misma Iglesia católica. La finalidad del hombre es superar ese mundo malo, dominado por la Sophia perversa, mundo de Yahvé, que se impone por la fuerza, manteniendo a los hombres bajo su dominio de violencia, en una iglesia donde los hombres y mujeres se encuentran dominados por una religiosidad perversa. En ese sentido, el cristianismo oficial (exotérico) tiene un valor, pero sólo para la gran masa. Los verdaderos sabios, los gnósticos, los iluminados, que conocen la verdad, superan ese nivel de imposición religiosa, apareciendo así como creadores de una religiosidad más esotérica en la que destacan estos rasgos:

a. Elitismo. Cada uno se salva a sí mismo a través de un conocimiento interior, sin relacionarse de manera positiva con los otros. No hay iglesia estrictamente dicha o comunión real entre personas. Lo que existe es un proceso de existencia divina que se expresa a través de nuestra propia vida interna. La religión se identifica con la misma experiencia introspectiva del hombre: somos parte de un Dios que se busca a sí mismo y en nosotros debemos encontrarlo, para así encontrar nuestra realidad originaria, más allá de la lucha de este mundo. No se puede corregir la historia; no se puede introducir en ella el reino de Dios. Para encontrar a Dios hay que dejar las instituciones exteriores y buscar la hondura y la verdad de Dios dentro de nosotros mismos. Es evidente que solo unos pocos (una élite humana pueden encontrarle.

Desinterés social. Sólo los gnósticos "saben" pues conocen su propia verdad y de esa forma pueden liberarse de este mundo. Los otros, los que viven hundido en las luchas de este mundo, lo que buscan solo los placeres y poderes de la tierra, se encuentran pervertidos. pobres de este mundo.

. Ambivalencia sexual. A partir de los principios anteriores se pueden sacar dos conclusiones. Por un lado se puede decir que la materia es siempre mala y que por eso toda vinculación sexual es también mala. Esa actitud conduce al puro y total encratismo, a la renuncia radical del sexo, pues la mujer se toma como inferior y pervertida: el verdadero gnóstico aparece como un hombre liberado (casi siempre varón) que ha renunciado a cultivar la dualidad sexual dentro de la tierra, para descubrir dentro de sí el principio de la verdadera dualidad divina: la unión de la Sophía buena con el Padre originario.

Comunidades secretas. Los gnósticos conocen el gran secreto (somos Dios, no formamos parte de este mundo malo) y viven de una forma consecuente, formando comunidades de iniciados. En un nivel externo, suelen seguir vinculados a la gran Iglesia, unidos de algún modo a los cristianos de carácter material (hýlico) o animal (psíquico), que entienden la Biblia de una forma literal, mundana. Pero a nivel interno ellos se saben plenamente liberados y conocen a Jesús como gran revelador. La forma externa de su vida es secundaria, lo mismo que su mensaje social, con la muerte y resurrección histórica de Jesús. Esos rasgos siguen vinculados a la vieja tierra, a la materia que se acaba. La verdad de Jesús se expresa en sus más hondas enseñanzas secretas, recogidas y elaboradas progresivamente en los llamados evangelios gnósticos, centrados en la búsqueda de un conocimiento salvador. Los cristianos más tradicionales siguen interpretando a Jesús en formas de mesianismo histórico, dentro de una iglesia estructurada en formas sociales, en claves de poder exterior y materia. Por el contrario, ellos, los auténticos cristianos, habrían descubierto y cultivado el aspecto espiritual de Jesús, maestro de sabiduría interior, que nos ha enseñado la verdad divina de nuestra existencia, más allá de las imposiciones o esclavitudes de este mundo viejo.

APENDICE 3. SANTO TOMAS “APOSTOL” (Pikaza, Diccionario de las tres religiones, VD, Estella 2011)

Los amigos que formaban el pueblo de Jesús estaban reunidos, después de su muerte, tras unas grandes puertas que ellos mismos habían cerrado por miedo. No se atrevían a salir. Era como si todo hubiera terminado, en un mundo sin perdón, sin sentimiento. Pero Jesús atraviesa las puertas cerradas, los muros de nuestros monumentos funerarios, y viene a ofrecerles su paz y a confiarles su tarea, que es la del perdón, superando el miedo (Jn 20, 19-23). Esta experiencia de gracia pascual y perdón constituye la esencia de la iglesia, que es el pueblo de aquellos que aceptan la paz de Jesús y se perdona entre sí, para abrir las puertas cerradas y ofrecer perdón a todos. Pero, conforme al testimonio del evangelio de Juan, faltaba Tomás, compañero de Jesús, uno de los Doce. Le dicen que han visto al Señor (Jn 20, 25), pero él pide un signo (si no veo la huella de los clavos...): «Y ocho días después… llegó Jesús, estando las puertas cerradas, se puso en medio y dijo: ¡Paz a vosotros! Luego dijo a Tomás: Trae tu dedo aquí y mira mis manos, trae tu mano y métela en mi costado...» (cf. Jn 20, 26-29).

En medio de la comunidad, reunida en nombre de Jesús, pero encerrada por miedo, destaca ahora la figura de Tomás, que preside con Jesús esta fuerte escena pascual. Tomás es uno de aquellos a quienes les cuesta creer o creen sólo de forma “espiritualista”, con una fe gnóstica (de pura experiencia interior…). Es de aquellos que han ido a solas con su Cristo interior, que han hecho un camino especial, sin compartir la vida del grupo (aunque sea de un grupo cerrado en sí mismo), sin creer en un Cristo con llagas, sin tocar su carne herida. El problema está en “tocar al Logos de Dios”: “Lo que existía desde el principio, lo que oímos, lo que vieron nuestros ojos, lo que contemplamos y palparon nuestras manos sobre la Palabra de la Vida… Eso que vimos y oímos os lo anunciamos ahora” (1 Jn 1, 1-3).

Tomás sentía a Dios, pero lo hacía de un modo espiritualista, en visión interior, sin contacto “real” con una comunidad y con los “pobres”. Posiblemente, tiene una fe “gnóstica”, tipo new age, de puras melodías interiores. Así aparece pronto, en la tradición cristiana, como portavoz de un mensaje de salvación (separación) interior (sin cruz, sin llaga externa), expresando en el mismo evangelio “apócrifo” de su nombre (Evangelio de Tomás).

Pues bien, en contra de eso, la fe pascual de la Iglesia no es pura melodía interna, un caminar a solas, en visiones intimistas, sino que implica un compromiso con la historia (en la Iglesia) y con todos los que sufren y mueren (en el mundo). Ciertamente, podemos y debemos afirmar que tocamos a Jesús resucitado con los dedos de la fe, en un espacio de corporalidad mística. Pero debemos tocarle también en la realidad de la carne, en las llagas de los crucificados y expulsados de la sociedad. Así se aparece a Tomás, no como un fantasma, sino como un hombre real, de carne y hueso, como sabe Lc 24, 40, cuando dice que Jesús le mostró también su cuerpo y comió con sus discípulos.

El Jesús pascual sigue estando allí donde sus discípulos comparten el pan y descubren su presencia en las heridas de otros hombres. Tomás, en cambio, parecía un “discípulo gnóstico” y sólo creía en visiones interiores, sin preocuparse de la comunidad y de las llagas de los enfermos y oprimidos…, hasta que “toca” las llagas de Jesús. Por eso, esta escena puede entenderse como “relato de conversión” y así se sitúa y nos sitúa cerca de la experiencia de Pablo, cuando encuentra a Jesús en aquellos a quienes persigue: ¡Saulo, Saulo! ¿por qué me persigues? (cf. Hechos 9, 4).

Las llagas de Jesús son llagas de perseguido: el Señor pascual es el mismo galileo crucificado. Cuando Tomás toca “sus llagas” (aceptando su muerte real) descubrimos con él la verdad del evangelio. Allí donde más alto es el mensaje (hondura interior, sublimidad mística), más fuerte tiene que se la experiencia de la corporalidad. Sin llagas de Jesús no hay Pascua. Sin herida pascual no hay cristianismo. Muchos sienten escándalo ante este evangelio: ¿Por qué tiene que haber llagas? ¿Cómo tocar a Dios en las heridas sangrantes de un torturado, en las manos hirvientes y/o apagadas de un moribundo? ¡Ciertamente, Jesús resucitado no tiene las llagas de antes, pero sigue siendo el mismo y está en los torturados y llagados de nuestra sociedad. Por eso es necesario “tocarle” donde él sufre en los que sufren. La fe pascual implica así una experiencia mística (pero realísima) del sufrimiento y muerte del Mesías en los pobres y enfermos de la historia. Los mismos signos de muerte (clavos que han atado a Jesús de pies y manos, lanza del costado) son ya señal de vida y esperanza pascual.

Jesús ha respondido a Tomás mostrando la herida: mete tu dedo aquí, mete tu mano... (Jn. 20, 27). Sólo así, en contacto de corporalidad a corporalidad, puede realizarse la experiencia de la pascua cristiana. El mismo cuerpo del amor concreto y de la entrega, el cuerpo al que han matado (con heridas de clavos y lanza), se convierte así en un signo de resurrección. Frente a los riesgos de un falso espiritualismo gnóstico que quiere olvidarse de la carne, frente a los intentos de un puro cambio de conciencia (algo que sucede sólo en el nivel interno de transformación mental), el Evangelio de Juan ha querido destacar la corporalidad mística del Cristo. De esa forma ha combatido (como Mt 25, 31-46) la herejía de aquellos que afirman: Cristo no ha venido en carne, es sólo un mero espíritu (cf 1 Jn 4, 2-3

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