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Casarse con Virgen 2. La Peña de Francia, la Dama del Olivar

Ayer he desarrollado el tema de la mística mariana, partiendo del tema dramático de "casarse con la Virgen" en dos obras de Tirso de Molino.

Se trata de una relación profundamente afectiva por la que los creyentes. Hoy quiero ampliar algunos rasgos de ese matrimonio, analizando el tema clave de ls dos obras en las que el protagonista supera una serie de peligros y riesgo, hasta "casarse" con la madre de Jesús, en matrimonio místico

a. La Peña de Francia.

El drama parte del «cansancio» de Simón. Le abruma la idea de casarse y, no pudiendo solucionar el problema, muy cansado, un día especial, se dispone a dormir. Quiere que el sueño alivie o solucione su problema. En medio del sueño escucha una voz que le dice:

Vela, Simón...,

y si esposa de importancia

quieres hallar santa y bella,

sal de Francia y fuera de ella

busca la Peña de Francia (PF 1736)

Ésta es la palabra desencadenante de toda la trama que sigue, la palabra que va guiando, desde arriba los caminos de Simón, superando sus perplejidades y miedos, haciéndole avanzar a través de un camino de revelación del misterio. Es Dios quien le despierta, Dios el que veladamente le encamina hacia el encuentro con María.

Esto nos sitúa en el centro de la paradoja religiosa. Simón quería renunciar a [a mujer por descansar. En medio de ese pensamiento le adviene la voz de Dios que le despierta del sopor y le convierte en peregrino vigilante: desde ahora tendrá un nombre distinto, Simón Vela, es decir, Simón el Despierto (PF 1736). Huye de una mujer de esta tierra que le esclaviza y tiene que volverse peregrino en busca de una mujer que le libera. Será peregrino, hombre sin tierra, sin ataduras materiales, caminando en total desprendimiento hacia el misterio de una mujer Nueva y Divina que se esconde en lo alto de una peña, que viene a presentarse así como lugar de revelación, el lugar

,.. donde mi descanso y paz me espera…

El cielo me promete allí ganancia

y una mujer de célebre renombre,

ejemplo de virtud y de constancia (PF 1743)

La felicidad de la vida se expresa así en forma de camino. Ésta es la peregrinación que lleva al hombre hacia la verdad de sí mismo, hacia su dama verdadera, que no está en Compostela ni en Roma, ni en Jerusalén ni en otro santuario de la tierra. Simón busca a la “mujer”, a su esposa divina, en un santuario de la montaña que él desconoce. Evidentemente, en el conjunto de la trama, el lector o espectador del drama va presintiendo que la mujer del peregrino será más que una figura simplemente humana: está en la línea de la Dama de los grandes caballeros, en la línea del misterio que se busca por encima de las cosas y las luchas de la tierra.

El espectador cristiano, devoto del santuario de la Peña de Francia, supone o sabe ya desde el prin¬cipio que la Dama es la Virgen María. Sin embargo, esa certeza no se encuen¬tra explicitada: la trama de la representación exige que Simón salga en busca del absoluto a oscuras; no pregunta nada, no pone condiciones, no ambiciona seguridades. Ha escuchado una voz de Dios que le desborda y que le enciende; por eso avanza. Es como Abrahán, peregrino del absoluto: busca en la nueva tierra («la peña que yo te mostraré...») la realización total de su existencia: todo su camino se define como un largo acto de fe, como un antiguo testa¬mento de búsqueda, como un proceso de purificación interior que, a través de la total desnudez de sí mismo, lleva al descubrimiento del Absoluto, expresado en María, Virgen divina y Madre.

En esta perspectiva cobra su sentido la mariofanía o manifestación sagra¬da. Desfallecido e impotente, al final de su jornada, sobre la altura de la montaña que se alza sobre la llanura charra y los montes de las Hurdes, cuando ha vencido los enredos de este mundo, superando así todas las pruebas de su camino, el peregrino se encuentra con el misterio del Dios que le da de beber y le alimenta, como a Sansón en su cansancio (Jc 16,19), como a Israel en el desierto (Ex 17), como a Elías en la dura caminata que le lleva a la montaña (1 Rey 19).

Precisamente allá, en la altura, donde la tierra acaba y sólo queda el cielo, dominando todo el panorama, viene a desvelarse el lugar de Dios, el centro de su revelación: herido de muerte (cae una roca de la Peña y le hiere gravemente), el peregrino descubre y goza su tesoro (la Peña Divina se abre y le ofrece la vida en forma de imagen de María), como supone el más hondo verso de Juan de la Cruz: “y luego a las subidas cavernas de la Piedra/Peña nos iremos…” (Cántico Espiritual 36; cf. 1 Cor 10, 4):

Un agujero hasta

dentro llega en la Peña, de donde

cayó el risco, en él se esconde

una imagen que es su centro.

¡Oh soberana Señora!

Vos mi esposa habéis de ser,

que no se hallará mujer

como yo buscaba agora (PF 1775)

La mariofanía culmina, según esta, en un misterio de muerte y vida. Allí donde el peregrino remata su jornada humana le mata la misma presencia divina, en Muerte de Amor: «Muriéndo¬me estoy por veros... » (PF 1775). La misma Peña de Dios, al abrirse y ofrecer la imagen de María, tiene que matar al peregrino: «Descalabrome una pie¬dra...» (ibid). Por eso, las bodas del místicos son Bodas de Sangre y Vida Eterna, inmersión en el Eterno Femenino: «Porque ya el cielo me llama / para darme en dulce muerte / hallazgos de tal ganancia» (PF 1781). Precisamente esa subida y muerte del peregrino viene a quedar en el centro del drama como motivo de celebración y de recuerdo. Los primeros que festejar, la solemnidad de las bodas de la Virgen y Simón son los carbone¬ros de la zona de la Alberca que, mientras él muere, le ayudan a sacar la imagen de la peña (PF 1775). Después vienen los otros, el rey, los cortesanos, todos los que a través del santuario de la Peña de Francia experimentan la vida como ascenso hacia el misterio de Dios representado por María (cf. PF 1751). Y así queda en la bellísima montaña de la Peña de Francia, dominando el horizonte, la imagen más bella del amor de Simón con la Dama divina.

b. La Dama del Olivar.

Ofrece, dentro del paralelismo de motivos, una visión estructural distinta de la que hemos visto en la Peña de Francia. El ideal del desposorio con María no aparece ya como misteriosa de una peregrinación de fe que se hace a oscuras, subiendo a la Montaña de la vida y de la muerte, sino que está patente desde el principio, como punto de partida del drama. Lo que importa es la manera de vivirlo, en medio de las complejidades del mundo. Por eso, en el mismo comienzo de la obra, cuando Gastón alude a la Virgen del Puig (otra Virgen famosa de la iconografía mercedaria y levantina, en el entorno de Valencia) y muestra su deseo de nombrarla su heredera, Maroto, el pastor enamorado de María, le anima y aconseja:

Pero no se desconsuele;

sirva y pretenda tal dama;

róndela aunque se desvele;

que a la casa de quien la ama

venirse de asiento suele.

Soltero es, no hay tal esposa

como la Virgen María;

que es discreta y es hermosa,

no pasa por ella el día...

(DO 1050)

Aquí se ha reflejado el ideal de fondo de la obra. El desposorio con María no es motivo que se encuentra veladamente apuntado al fin de un gran camino; es la palabra primigenia, la verdad original, el punto de partida de muchos místicos y devotos del barroco católico español, que quieren casarse con la Virgen, para encontrar de esa manera a Dios por ella (en ella). En ese primer momento, el ideal de María se refleja con rasgos y palabras que recuerdan el culto de la Dama que aparece en los caballeros y juglares de la Edad Media.

En ese nivel, el ideal del desposorio mariano, aun teniendo rasgos religiosos, se encuentra profundamente unido al anhelo de una vida descansada. «Virgen», la esposa más buena / érades vos para mí» (DO 1057). Así empiezan las palabras de Maroto cuando intentan obligarle al matrimonio. María es su ideal, ella le protege de las luchas, sobresaltos, trabajos y peligros que (en aquel contexto) supone el matrimonio de este mundo. A partir de aquí se entiende el más bello de todos los poemas de la obra: la canción de la soledad. En este primer plano, matrimonio con María y desposorio del hombre con la soledad tienden a iden¬tificarse:

Soledades discretas,

si es discreción comunicas con pocos

pasiones que secretas

dicen a voces bárbaros y locos,

con vosotras me entiendo,

que habláis callando y regaláis riendo.

Cautivarme quería

quien envidioso está de mi ventura,

con triste compañía,

pues suele ser prisión una hermosura,

que con dulces cadenas

tal vez da por más, gusto dos mill penas.

Más precio yo mi prado,

ser rey de vuestras flores y bellezas,

tejiendo coronado

guirnaldas que coronen mi cabeza,

entre el arado y bueyes,

que la diadema avara de los reyes.

Más precio los vasallos

de mansas ovejuelas y corderos

que en coches y caballos

la adulación de hechizos lisonjeros,

donde el engaña mira

que a la verdad oprime la mentira.

Más precio el pan moreno,

con la cebolla y rústico tasajo,

que el banquete más lleno,

pues con la dulce salsa del trabajo

sustento mi alegría.

sin miedo de la triste apoplejía...

¡Oh soledad hermosa!,

con vosotras estoy sólo casado,

no quiero mas esposa,

que la quietud de vuestro alegre prado

alivia mis desvelos

y conserva el honor sin tener celos

(DO 1075).

Tales son las palabras básicas del canto. La opción de ser soltero pierde aquí sus rasgos religiosos y viene a presentarse como expresión de una búsqueda de tranquilidad y sosiego. Frente a los cuidados de la compañía afectiva que perturba la paz de la existencia solitaria, frente a la inquietud de una presencia que origina celos y disputas, frente a la lucha por la vida y la dura competencia interhumana; el protagonista eleva el ideal de un retorno solitario a la naturaleza interpre¬tada con rasgos paradisíacos, de Arcadia. Tal es el trasfondo en que se asienta nuestro tema.

Desde ese plano se interpreta en primer lugar el desposorio con María. Pero una vez que la trama de la vida envuelve al protagonista, después que él penetra de verdad en el conflicto real del mundo y sus dolencias (sus violencias), el telón de fondo cambia. Maroto va no invoca a la soledad: llama a María, Del plano de sosiego de una vida que se considera autosuficiente pasamos al nivel más hondo de la búsqueda y encuentro religioso, entendido como desposorio con una Virgen Divina, con la Diosa hecha mujer de cercanía, de matrimonio en intimidad, sin relación sexual interhumana.

Perseguido por Lucre¬cia, con quien intentaron casarle, atado contra un árbol, Maroto siente que no puede seguir cantando idílicamente a la soledad de los campos, como antes, cuando era pastor libre y bucólico. El rostro de la soledad se transfigura. Entonces grita ya en concreto por María. llamándola su esposa y suplicándole su ayuda. La soledad se llama ahora María:

¡Madre de Dios! Siempre he sido

amigo y vueso (=vuestro) devoto…

Ya no quiero más esposa

ni más amores que vos;

las demás que esposas son

las manos y libertad

atan, que, al fin, es verdad

que toda esposa es prisión.

Pero Vos, que a los humanos

desatáis libertadora,

pues que sois mi esposa ahora,

desatad mis pies y manos...

Si así una mujer me ató,

otra es bien que me desate

(DO 1078)

Superando el simple deseo de la soledad, y contraponiendo su figura a Lucrecia, mujer despechada que le ata, Maroto convierte su canto a la soledad antigua en canto a la soledad y presencia femenina religiosa: llama a su mujer María. La declara su esposa, la invoca como libertadora y le pide que desate sus cadenas.

Hasta aquí es la parte humana. Eso es todo lo que puede hacer un hombre que se encuentra al borde de la angustia de la muerte. De aquí en adelante viene la parte divina. Con atributos de libertadora o Madre de la Libertad, y explicitando su designio de esposa llena de cariño, omnipotente, María se aparece, libera a Maroto y le revela su misterio de maternidad y amor.

De esa forma se invierten los papeles: no es el hombre el que libera a la Dama. Es la misma Dama la que libera y protege al varón que la pretende. No es caballero el que protege a la dama y mata a los dragones que la persiguen; es la dama la que libera al “caballero”, poniéndole al servicio de la vida. Desde aquí se entiende el dato nuevo del drama: María no libera a Maroto para hacer que todo siga como antes; no le envía de nuevo a la soledad de su antigua dicha campesina, sino al contrario. Maroto, el temeroso de la vida y del matrimonio, tiene que volverse mensajero de Ma¬ría, anunciando su aparición a las gentes de su pueblo: «Ve, pues, pastor, a Estercuel; su gente convoca... y diles / que aquí vengan / y este sitio me dediquen» (DO 1080).

El templo quedará dedicado a la Virgen del Olivar, bajo el título de Merced, de la Redención de cautivos. María, la nueva Esposa divina, ordena a su esposo y le manda que se haga fraile redentor. «Y tú porque goces de ella (de la gracia que significa la obra de la Orden de la Merced) / pues por esposa me eliges / el ganado y campos deja / y sírveme en esta casa / pues el que me sirve reina» (DO 1080).

Ésta es la gran inversión del desposorio mariano. Simón Vela tenía que morir para casarse con la Virgen. Maroto se casa con ella poniéndose al servicio de una obra de la Iglesia, al servicio del prójimo. Por seguir en la soledad de sus campos y ganados, Maroto había renunciado al matrimonio: Pues bien: ahora se le muestra una esposa superior que le pide precisamente que renuncie a ese tipo de soledad individual (esos campos y ganados) para ponerse, en el nuevo santua¬rio de la Merced, al servicio de la sociedad, en la obra activa de liberación de los cautivos. Maroto acepta ese encargo, se casa con María y así, como religioso, podrá vivir su nuevo matrimonio:

¡Oh visión digna de espanto!

Pues que me libras y sueltas,

y tengo en ti tal esposa,

dete alabanzas mi lengua.

A hacer voy lo que me mandas:

¬religión piadosa y tierna

yo os serviré desde hoy más (DO 1080).

Religión significa aquí “vida religiosa”. Servir a la Virgen (casarse con ella) significará para Maroto casar con la vida religiosa: «Desde hoy pastor de la Virgen / he de ser y mi esposa ella» (DO 1091). En este contesto, ser pastor de María significa cuidarse de sus cautivos: el apocado devoto de la Virgen, antes enamorado de sus propias soledades, lleno de miedo, viene a convertirse a través del desposorio mariano en hombre activo, redentor de los necesitados. Será místico, pero al modo del buen Samaritano.

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