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Pikaza: "No hay un mandamiento que diga 'No te suicidarás', pero hay un mandamiento que dice 'No matarás'"

"La eutanasia se puede vincular con un tipo de deseo de suicidio y también de homicidio"

"Una vida a la fuerza es infierno, una cárcel… A nadie se le puede obligar por la fuerza a vivir, atándole las manos para que no se mate. Lo que puede y debe hacer un cristiano, es decir, el conjunto de la Iglesia (¡que cree que la vida es don!), es abrir espacios de vida en felicidad para que otros puedan vivir"

"Dios es Dios y él acoge a todos los muertos, incluso (o sobre todo) a los suicidados, que vienen con dolor y heridas a su encuentro"

"Nos hallamos ante el riesgo de un gran suicidio individual y colectivo, de manera que, si no logramos asumir nuestra tarea y realizar la buena opción (la del deseo y el gozo de la vida), podemos acabar errando sin sentido, en un mundo sin luces ni señales de futuro, para dejarnos morir o destruirnos unos a los otros en guerra sin fin"

"La Biblia no dice en ningún lugar que eutanasia sea un pecado (o que los suicidas vayan a un tipo de infierno), pero dice con toda claridad que los que matan de un modo directo (por odio a los demás, por prepotencia, por deseo de poder, por presunta superioridad ) se destruyen a sí mismo, son ya infierno en este mundo"

Prevención del suicidio
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Diez principios. Un decálogo sobre buena muerte, suicidio y homicidio

Se está hablando estos días en redes y media sobre la eutanasia. Así en RD he visto intervenciones muy sensatas y valiosas de amigos y colegas como Masiá y Queiruga, Avelino Seco y Bermejo, por poner unos ejemplos. Me es grato unirme a ellos con una reflexión de fondo que trata en principio de la eutanasia como "buena muerte" y de sus posibles relaciones con el homicidio y el suicidio. Esta primera parte consta de diez principios y puede verse por separado. Las siguientes desarrollan alguno de sus aspectos particulares y pueden dejarse a un lado.

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Siete reflexiones ulteriores (para el que quiera seguir leyendo)

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Recogen y explicitan de algún modo los principios anteriores. Siga leyendo quien crea que la interesa el tema. Sitúese de forma personal ante el tema:

1. Conforme a la visión cristiana, Dios ha dado a los hombres la vida en libertad, para que en libertad (no por imposición) la mantengan. Por eso, no tiene sentido decir que el suicidio es un pecado mortal, y que los suicidados se van al infierno (el infierno es otra cosa). Lo que es pecado es convertir la vida de los hombres en infierno.

Pecado es no ayudar a los que sufren, no ofrecer caminos y estímulos de vida mejor a los que corren el riesgo de suicidarse, a fin de que puedan vivir. En esa línea debemos añadir que, conforme a la visión cristiana, Dios es libertad para vivir y para morir. Un Dios que obligara a los hombres a que crean en él no sería Dios. Dios no se impone, en él se cree. La vida tampoco se impone, en ella se cree.

2. La vida es una oferta, tarea y proyecto en felicidad, y sin el don o promesa (esperanza) de ella el hombre no puede a la larga vivir… A. Camus decía “los hombres mueren y no son feliz”. Pienso que esa frase se puede matizar diciendo: “Los hombres siguen viviendo porque quieren ser felices”. Una vida sin horizonte de felicidad carece de sentido.

Una vida a la fuerza es infierno, una cárcel… A nadie se le puede obligar por la fuerza a vivir, atándole las manos para que no se mate. Lo que puede y debe hacer un cristiano, es decir, el conjunto de la Iglesia (¡que cree que la vida es don!), es abrir espacios de vida en felicidad para que otros puedan vivir: Dar de comer, acoger, visitar/acompañar en amor a enfermos y encarcelados o condenados a muerte.

3. El tema y tarea ante la eutanasia no es prohibirla, sino crear felicidad... y no matar nunca a los demás, pero tampoco es impedirles que ellos puedan escoger de algún modo su muerte. No se puede prohibir por pecado de iglesia o por ley social, que la gente quiera matarse y/o que se mate… La forma de evitar y superar el suicidio a es intentar que los hombres y mujeres sean felices… Vivimos en un mundo de locura colectiva, de lucha económica, de conflictividad social, de amenaza de guerra… y después decimos a la gente que no se mate.

De esa forma creamos una esquizofrenia. Vivimos en un mundo en que decimos a la gente que no se mate, que matarse es pecado, y, sin embargo, hemos creado la mayor industria posible de la muerte, esto es, de las armas… Unos estados “sociales y pacíficos” (contrarios a la guerra), como son USA y Rusia, Francia o España, viven en parte de la industria de matar, y les conviene que haya guerras, para vender sus armas y enriquecerse con la muerte de los inocentes.

4. En tema de fondo no es hoy (2020) la eutanasia de algunos particulares, sino un suicidio a gran escala, el riesgo de suicidio colectivo (de muerte universal) que estamos alimentando. Para evitar o, mejor dicho, para superar ese peligro hay que abrir a los hombres caminos de felicidad compartida, de paz social, de justicia, de superación de la industria de los armamentos y de un tipo de "comercio falso" que vive de vender felicidades falsas, de impedir que los hombres y mujeres sean ellos mismos, en espacios de confianza y vida digna.

En esa línea, el camino para evitar el “suicidio” colectivo y personal es la llamada y camino de una vida feliz, de eso que algunas religiones llaman la bienaventuranza, el cultivo y despliegue de la felicidad…No hablo sólo de las bienaventuranzas de Jesús, sino también del camino de Buda, el bienaventurado…, o del camino de Krisna/Arjuna, a quien la Bagavad Gita ha cantado con el Bienaventurados. Sin un programa universal de felicidad… vivida en comunidades, iglesias y proyectos de vida social y familiar no puede resolverse el tema de fondo de la eutanasia.

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5. Hasta ahora nos habíamos mantenido y habíamos marchado sobre el mundo, por tensión vital y por costumbre, conforme al mandato de la Biblia: «Creced, multiplicaos, dominad la tierra» (Gn 1, 28). Pero hemos crecido, nos hemos multiplicado (¡algunos dicen que demasiado!) y hemos dado mil veces la vuelta al planeta, para dominarlo (¡algunos dicen que para destruirlo!).

Hasta ahora, en general, hemos cumplido la tarea que Dios nos puso en la Biblia, pero ahora (año 2020) nos hallamos enfrentados ante un duro destino de vida y de riesgo de muerte, pues si no aprendemos a vivir de otra manera (en gratuidad y amor mutuo), en felicidad, podemos terminar destruyéndonos todos, sumidos por el agujero negro de la inhumanidad. Nos encontramos ante una encrucijada, que la misma Biblia había previsto al poner su letrero en el camino:

6. La palabra clave de la Biblia en este campo es: “Hoy pongo ante ti la vida y la muerte, el bien y el mal, escoge bien y vivirás, pues de lo contrario acabarás cayendo en manos de tu misma muerte» (cf. Dt 30, 15-16). Así lo dice también el Génesis al afirmar que Dios plantó ante los hombres el árbol del conocimiento (para saber quiénes somos) y el árbol de la vida y de la muerte (para optar por la vida o suicidarnos; cf. Gn 2).

En otro tiempo quizá no lo sabíamos, ahora sabemos lo que aquella elección significaba, pues nos hallamos ante el riesgo de un gran suicidio individual y colectivo, de manera que, si no logramos asumir nuestra tarea y realizar la buena opción (la del deseo y el gozo de la vida), podemos acabar errando sin sentido, en un mundo sin luces ni señales de futuro, para dejarnos morir o destruirnos unos a los otros en guerra sin fin, bajo el poder de una Bomba que aniquila toda forma de existencia. Como he dicho, vivir sin más (vivir por costumbre, dejarnos llevar) se ha vuelto insuficiente. Ha llegado el momento de una decisión más honda, y sólo podremos tener un futuro y morar sobre el mundo si sabemos que la Vida merece la pena, no sólo en un plano intelectual, sino también moral, personal y social, si gozamos de la vida, y hacemos que otros gocen de ellas.

7. Vivir en confianza, por felicidad. En este momento, año 2020, no podremos vivir por obligación o ley, sino por felicidad. Si no somos felices y hacemos felices a los demás nos terminaremos matando todos, por suicidio personal y colectivo, prefiriendo la eutanasia (una buena muerte) a un bios‒kakos (una kako‒zoe), una vida mala. El problema no está en prohibir por ley el suicidio (ni en decir que es pecado mortal), sino en dar sentido a la vida.

Esto lo sabía ya Job cuando se hallaba en el borde del suicidio (Job 3). Él se mantiene en vida y no se mata, porque sigue creyendo de manera apasionada en un Dios que puede responderle… Pero si no creemos ya en respuestas de Dios, ni ofrecemos espacios y caminos de felicidad humana acabaremos en manos de un suicidio, no solamente asistido, a través de formas más o menos claras de eutanasia, sino directamente provocado.

3. Un apéndice cristiano: la vida, un camino de felicidad (para los que no se haya parado ya)

Así lo proclamó Jesús en las bienaventuranzas (Lc 6, 20‒26; Mt 5, 1‒12). Él no prohibió la eutanasia, ni condenó el suicidio, sino que hizo algo previo y mucho más importante: Invitó a los hombres y mujeres a vivir, ofreciéndoles una esperanza, abriendo para ellos un camino de felicidad, desde el borde del mundo, desde el lugar donde era mayor la impotencia, opresión y desesperanza.

camino rodeados de arboles en otoño

1. Según Jesús, la felicidad es lo más fácil: Aceptar y promover la propia vida, en comunión acogedora y creadora con otros hombres y mujeres, en un plano familiar y social, en el contexto de unas relaciones que se abren por círculos y elipses con‒céntricas y des‒céntricas hacia todos los seres humanos, en una tierra que Dios ha querido que sea espacio y camino de felicidad abierta al futuro de la Vida.

En esa línea, el elemento esencial del Dios de Jesús es abrir espacios de vida dichosa, y en esa línea su mensaje se define como evangelio o buena nueva de alegría, formulada en las bienaventuranzas (felices los que…, felices cuando…: Lc 6,20‒26 y Mt 5, 2‒12). Ésta no es una felicidad de quita y pon, mercado y consumo, que se compra y vende, sino de fidelidad a la vida. En esa línea, la Iglesia de Jesús ha de ser un proyecto, un camino, un espacio de felicidad. En muchos lugares y momento, ella aparece en cambio, como signo y portadora de infelicidad.

2. La felicidad es también un arte y programa cercado por angustias (=angosturas), empezando por el círculo biológica, amenazado por la enfermedad y la vejez y presidido por la muerte, en un contexto de riesgos enfrentamientos sociales. La felicidad es un arte y un modo de vida que depende de muchos factores que no pueden conseguirse por decreto, pues no es algo que podemos alcanzar sólo con nuestro esfuerzo, sino un regalo de vida del que provenimos, un don, un arte, una habilidad, una planta de belleza que debemos cultivar con muchísimo cuidado, siendo nosotros felices y abriendo con nuestra vida espacios y caminos de felicidad para los hombres.

Actualmente (año 2020) la felicidad un proyecto y camino colonizado (manipulado, dominado) por técnicas y terapias, a menudo mentirosas, de placer exprés, de tipo biológico y psicológico, económico y social, presidido por el dinero. En esa línea, Jesús entendió y presentó del hombre a partir de dos grandes imágenes: (a) La felicidad de Dios, concebido como evangelio (buena nueva de vida). (b) La felicidad de Mammón (puro dinero: Mt 6, 24), concebido como riesgo de destrucción humana, esto es, de malaventuranza.

Hay otros ideales y caminos de felicidad en casi todas las culturas y en las grandes religiones de la historia, que pueden definirse como programas de felicidad compartida. En nuestro contexto cristiano resulta esencial el proyecto y programa de felicidad de Jesús.

3. La felicidad no es algo especial, añadido a la vida, sino la esencia de la vida. No es un accidente casual o una imposición (como en caso de los animales) sino el mismo “sabor y gusto” de la vida, aceptada y cultivada con agradecimiento de amor. En esa línea iremos ella es algo que se recibe y comparte, algo que tenemos y nos tiene (nos llena por dentro), aquello más hondo que, en este mundo de mercado, no puede comprarse y venderse por dinero, ni guardarse con violencia, pues sólo se mantiene allí donde se comparte y se regala.

4. Conclusión. Sólo por felicidad puede superarse hoy (2020) el riesgo del suicidio.Como he dicho, en otro tiempo, hemos vivido porque nos gustaba, porque en el fondo de la aventura humana (engendrar y convivir) habíamos hallado un estímulo, un placer, vinculado al mismo Dios. Habíamos vivido por gozo y deseo, porque la vida era un don y una aventura, un regalo sorprendente que podíamos agradecer a Dios. Pero muchos sienten ahora que no merece la pena, negándose a engendrar o incluso a vivir.

De esa forma emerge el riesgo de un gran «suicidio humano». Podemos morir, sin duda, por guerra (bomba atómica) y por hambre (por injusticia económica)… Pero, yendo más al fondo, acabaremos muriendo (si es que no cambiamos) por falta de deseo de vivir, por el cansancio de una vida que no tiene ya alicientes (ni un verdadero Dios), ni un futuro.

Espinosa, el gran filósofo judío, definía la realidad (y la vida de los hombres) como un conatus, una voluntad de vivir… Por voluntad de vivir se han movido desde su origen los hombres y los pueblos. Pero esa voluntad de vivir puede empezar a faltarnos. Ese es el riesgo, repito, la falta de voluntad de vivir: Que nos falte el Dios del gran deseo de vivir y transmitir la vida, ahogándonos todos, unos en medio de riquezas materiales (asfixia interna), otros por falta de medios (asfixia externa).

La Biblia no dice en ningún lugar que eutanasia sea un pecado (o que los suicidas vayan a un tipo de infierno), pero dice con toda claridad que los que matan de un modo directo (por odio a los demás, por prepotencia, por deseo de poder, por presunta superioridad ) se destruyen a sí mismo, son ya infierno en este mundo. No se hace nada, ni se actúa con justicia y verdad según el evangelio. Quien impide matarse a la fuerza (atándole las manos) a uno que quiere matarse comete un pecado de lesa humanidad (de lesa divinidad).

No se hace nada con leyes, ni a favor ni en contra… El hombre es en principio un “viviente que puede suicidarse”. Un hombre que no puede suicidarse no es hombre verdadero, ni es hijo de Dios. Lo que es de Dios es una vida en que los hombres quieran mantenerse por don de gracia, por libertad de amor, por cuidado y amor de los otros.

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