Hazte socio/a
Última hora
CONVIVIUM: los curas de Madrid toman la palabra

Nadie ha visto a Dios. Amémonos nosotros (1 Jn 4, 7-21). Confesión personal

Escribí ayer una postal titulada Jésus mon amor. Hoy sigo hablando del amor de Jesús, que se dirige al Dios desconocido, pero que se cumple en forma de amor a los hermanos, hombres y mujeres con quienes convivimos. Ésta es la confesión de amor suprema de la iglesia cristiana, tal como ha sido formulada por 1 Jn 1, 4. Aquí la presento y desarrollo en forma de confesión personal, tras ochenta años de cristianismo católico.

Ciudad Biblia. Una propuesta de lectura en 12 meses

nadie ha visto a Dios. Amémonos nosotros (cf. 1 Jn 4,7-12)[1].

       Esta fue y sigue siendo mí primera certeza. Nadie ha visto a Dios, nadie le veía. Habían perdido todos la guerra, y supe desde entonces que ninguna es de Dios, que nada se gana con guerras. Dios había llevado a mi padre, cuando yo le necesitaba, pues no sabía caminar a solas sobre el mundo, y tuve que aprender a trompicones, en un convento de lejow, sin otra luz ni guía que una lamparita vacilante de corazón repitiendo sobre el mar de las Rías Bajas “sigue, no dejes ahora”. Había iniciado un camino, debía seguirlo, al menos por unos años, hasta ver mejor, como decía un pasaje de la Biblia antigua. No sé si entendía entonces, cómo podría cumplirse (¿Dónde, con quiénes, hasta cuándo?).

 Amémonos, amados  que el amor es de Dios,

 y todo el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios.

Quien no ama no ha conocido a Dios, porque Dios es Amor.

En esto se manifestó el amor que Dios nos tiene;

en que Dios envió al mundo a su Hijo único

para que vivamos por medio de él.

En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios,

 sino en que él nos amó

y nos envió a su Hijo como propiciación por nuestros pecados.

Queridos, si Dios nos amó de esta manera,

también nosotros debemos amarnos unos a otros.

Nadie havisto a Dios nunca.

Pero si nos amamos unos a otros, Dios permanece en nosotros

y su amor llega en nosotros a su plenitud.

                                                                                          (1 Jn 1, 4)

         Ésa lectura me sostuvo durante noviciado, quizá la única que yo repetía y me decía de verdad, en un caserón con patio, en un pueblo de la Mancha, llamado Herencia (¡la heredad de la vida era el amor!), con un puente que llevaba al coro de la iglesia y un cruce de calle que llevaba cl comedor de la casa grande, llena de postulantes menores, símbolo de todos los hombres y los pueblos de la tierra. Al Dios del coro no le veíamos, pero veíamos a los niños postulantes, a los gañanes (del árabe gannam, pastor) con ovejas y carretas, a las mujeres de negro y con velos que venían a la iglesia, a Bartolo el mendigo de la sonrisa eterna…

         Pasaban las gentes por la calle, pero a mí ms gustaba quedarme y leer, como si la vida estuviera en los libros, más que en la calle, y empecé ojear textos de teología, pero el P, Antonio, maestro de novicios me invitó a leer todo el libro de la Madre M. de Ágreda, Mística ciudad de Dios (1670), más literatura que teología, más imaginación que ley. No lo pasé mal, no perdí el tiempo, pero quizá hubiera sido mejor leer directamente, con un poco de orden el conjunto del Antiguo Testamento con los problemas reales de la historia humana, tal como desembocan y se condensan en Jesús.

         Algunos judíos (los legalistas, no todos) habían tendido a identificar la presencia del Dios ausente con su Ley particular de pueblo separado. Algunos cristianos sacralistas han tendido a identificar al Dios ausente con ritos sacramentales o posibles poderes eclesiales. Pues bien, nuestro pasaje identifica el ser y la presencia de Dios con el amor entre los hombres, de tal manera que la “mística divina”  en sentido radical) se vincula con el “eros o amor fuerte” (agapê) entre los seres humanos, tal como aparece no sólo en Jesús, sino en su madre.  

         La madre de Ágreda me fue mostrando que el amor no es algo que hacemos a ciegas, dejando que actúe en nosotros la naturaleza humana, ni algo que logramos conseguir con nuestro esfuerzo como ladrones que hemos robado a los dioses celosos el fuego de la vida... El amor no es tampoco una experiencia de nostalgia ante el fracaso de la vida, ni es equilibrio cósmico que acaba encerrándonos en la trama de unos astros que brillan en la noche porque están ya muertos. El amor es una gracia que nos precede, como la María de Nazaret, con su hijo Jesús, como propiciación por nuestros pecados, y perdón por nuestras culpas, sin padre en el mundo (el mó había muerto, mi madre estaba lejos, igual que mis hermanos…), yo a solas, entre novicios de blanco, cruzando en filas para comer y cenar, al otro lado de la calle, mientras seguía leyendo los cuentos e historia de la M. María de Ágreda más que la carta del Discípulo Amado: 

En esto conocemos que permanecemos en Dios

y él en nosotros: en que nos ha dado de su Espíritu.

Y nosotros hemos visto y damos testimonio de que

el Padre envió a su Hijo, como Salvador del mundo.

Quien confiese que Jesús es el Hijo de Dios,

Dios permanece en él y él en Dios.

Y nosotros hemos conocido el amor que Dios nos tiene,

 y hemos creído en él (cf. 1 Jn 4,13-16a)

         Conocemos porque Dios nos ha dado su Espíritu. Peero ¿quiénes éramos nosotros para decir que teníamos el Espiritu de Dios? Veinte adolescentes  de blanco, cruzando tres veces al día la calle, del caserón al coro, del coro a la calle y de la calle al comedor, sobre la Mancha Esteparia, mientras se llenaban de flores las viñas y después de racimos y el Maestro, un santón bueno del Antiguo Testamento, nos explicaba el pasaje de Juan, discípulo querido:

1. La prueba de que hay amor es el Espíritu Santo (1 Jn 4,13) Tenemos a Dios dentro del corazón, él nos habla, como hablaba a la Madre Ágreda y a Teresita del Niño Jesús. Ése es el espíritu Santo, Dios en nosotros.  No hemos nacido por casualidad biológica, ni por simple acción/reacción cósmica, por un padre de este mundo, sino por gracia personal del Espíritu de Dios, y nuestra madre verdadera es la Virgen María, la Madre de Jesús.  

2. Dios nos mandó a su del Hijo (1 Jn 4, 14), nuestro hermanos familia, y nosotros le hemos visto (tetheasametha). En un sentido, nadie ha visto a Dios, nadie puede verle en este mundo; sólo por la muerte le vemos. Pero él nos habla por medio de Jesús y de su madre, nuestra Madre, la Virgen María, y así le vemos, le palpamos, le sentimos  los demás, a quienes debemos dedicar después nuestra vida como cristianos, 

Así nos decía el P. Maestro, siempre atento a los gañanes, añadiendo que tenemos que rezar mucho, para ser después testigos y portadores del amor de Dios, como cristianos maduros, hermanos de los hermanos, viviendo inmersos en Dios que es Amor, siendo nosotros también portadores y testigos de su amor sobre la tierra.

 

Dios es Amor y quien permanece en amor permanece en Dios y Dios en él.

En esto ha llegado el amor a su plenitud con nosotros:

en que tengamos confianza en el día del Juicio,

pues como es Dios, así somos nosotros en este mundo.

No hay temor en el amor, pues el amor perfecto expulsa el temor,

porque el temor proviene del castigo;

quien teme no ha llegado a la plenitud en el amor (cf. 1 Jn 4, 16b-18).   

           Así condensa Juan evangelista el argumento. No es que Dios sea es un amor cualquiera, como si todos  fueran iguales. No es que conozcamos ya el amor y después se lo apliquemos al Dios en Jesucristo.  El amor de Dios en Jesús tiene un “carácter” especial, que vamos aprendiendo al amarle amándonos unos a otros,   como conciencias (testigos, portadores) del amor de Dios en el mundo.  

-  Amor perfecto (1 Jn 4,17). Muchos hombres viven amargados por la culpa y el castigo. Les aterra el pecado que han trenzado, hasta quedar prendidos en sus redes que son siempre juicio y muerte. Pues bien, allí donde el amor se ha revelado  cesa el temor, pues así como es Dios somos nosotros (pero yo había quedado sin padre).

- Amor sin temor (1 Jn 4, 18). Muchos hombres vivían en el miedo sin haber descubierto al Padre Dios, ni habían entendido el amor. Por eso se movían a golpe de castigo, dominados por la angustia del pecado y el temor del juicio sin saber que Cristo es amor que perdona y da vida.  

                   Así nos enseñaba el Maestro en los últimos días del noviciado, un mes de septiembre, mientras empezaban a menguar los días y llegaban las tartanas de gañanes cargadas de racimos de uva blanca para convertirla en vino bueno de ilusión, amor de todos los hombres y mujeres de aquel pueblo de Herencia y de su entorno, hasta Madrid, hasta Galicia y después hasta el mundo entero. Ése fue el tema de la última meditación que nos dirigió el Maestro la víspera del día de nuesta primera profesión:

Nosotros debemos amar, porque él nos amó primero.

Si alguno dice: "Amo a Dios", y aborrece a su hermano, es un mentiroso.

Quien no ama a su hermano, a quien ve,

no puede amar a Dios a quien no ve.

Y hemos recibido de él este mandamiento:

quien ama a Dios, ame también a su hermano (1 Jn 4, 19-21).

         

           Dios nos ama (1 Jn 4, 16a) y  ha venido a darnos su vida en Cristo (4,17-18) como fuente y río de amor en que vivimos, nos movemos y somos (Hech 17, 28). Así nos dijo el maestro: Estos versos son el lema y motivo central de vuestra vida cristiana y así debéis grabarlos en vuestros corazones.  


[1] Comentarios: P R. Schnackenburg, Cartas de Juan, Herder, Barcelona 1979; W. Tühsing, Cartas de Juan, Herder, Barcelona 1973. Cf. V. M. Capdevila, La Teología de la gracia en el Evangelio y en las Cartas de San Juan, Sec. Trinitario, Salamanca 1984; A. Feuillet, Le mystère de l'amour divin dans la théologie johannique, EB, Gabalda 1972;D. Staniloae, Dios es amor, Sec. Trinitario, Salamanca 1995.

También te puede interesar

Lo último

Serie de artículos 3 de marzo 50 años. El silencio de los obispos “del régimen”

El pueblo reprochó siempre a monseñor Peralta su silencio