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Vivir el presente en tiempos convulsos: "A mucho viento, poca vela"

"Cierto es que, para navegar por la vida en tiempos convulsos y con el viento en contra, necesitamos fortaleza interior; pero no es menos cierto que son muchos los que la tienen"

Temporal

“A mucho viento, poca vela".… Este popular refrán, conocido entre las gentes del mar, advierte de la necesidad de estar vigilantes ante las adversidades, al tiempo que invita a pasar a la acción para evitar las amenazas de un viento en contra. La falta de “observación” y la “pasividad” nos coloca a merced de los “vientos” que nos manejan a su antojo. Estar atentos a las adversidades nos permite vivir el presente y multiplicar las oportunidades para seguir en pie y proactivos, a pesar de tantas convulsiones. 

No vivimos una situación existencial fácil

Muchos son los “vientos recios” que nos amenazan: la naturaleza parece estar inmersa en un cambio profundo que afecta al clima y a la estabilidad del Planeta. La violencia y la guerra parecen tener carta de ciudadanía sostenidas por la prepotencia de corporaciones multimillonarias que no cesan en su ambición, a costa de la vida y el desprecio de la legislación internacional. Retroceden las democracias, se multiplican los dictadores, millones de inmigrantes y desplazados encuentran más odio y más indiferencia cada día. Las desigualdades crecen incluso en países con economías avanzadas, millones de seres humanos mueren de hambre y enfermedades, y por si fuera poco la desinformación, la mentira y los bulos se instalan en las redes. Estas agresiones coexisten con otras más próximas (personales o familiares, locales) que contribuyen también a la desorientación, el estrés y la ansiedad.  

Retroceden las democracias, se multiplican los dictadores, millones de inmigrantes y desplazados encuentran más odio y más indiferencia cada día
Barca de Pedro

Vientos reciostambién para la Iglesia. Anclada en el pasado, herida de clericalismo y falta de credibilidad (para unos); y condescendiente excesivamente con el mundo y la cultura actual (para otros), no exenta de sectarismos opuestos al Vaticano II, al legado de Francisco y a la sinodalidad. En fin, un marco existencial complejo y difícil, con muchos motivos para el desánimo y la ansiedad.

A pesar de todo… ¡El cambio es posible!

La realidad profundamente humana (cristiana y laica) que apunta al bien como destino final de la vida humana, también existe.

Muchas realidades nos remiten a descubrir espacios y posibilidades donde la existencia humana sigue siendo, a pesar de todo, un proyecto grandioso al que merece dedicar lo mejor de nosotros mismos. El mundo ha logrado importantes avances en la lucha contra la pobreza extrema y las desigualdades entre los países (se ha avanzado más en los últimos 10 años que en 200 años), la erradicación del hambre, de la miseria, de las enfermedades endémicas y las epidemias están hoy entre los Objetivos Globales antes impensable. El reconocimiento de los derechos de la mujer, de las personas con discapacidad, de colectivos LGTB, de las minorías étnicas, de los migrantes en general son aspectos en los que todos los datos muestran un panorama esperanzador a pesar de grupos extremistas. Decir pobre, decir mujer, decir homosexual, inmigrante… es hoy decir persona, derechos, inclusión, caminar juntos… Sin duda, hoy, existen en el mundo marcos de legislación positiva y mayor sensibilización social. También, (a pesar de negociantes y negacionistas), el cambio climático es hoy una preocupación global, tenemos mayor conocimiento, más tecnología y organizaciones (locales e internacionales) comprometidas y movilizadas, para prevenir y luchar contra sus amenazas. 

A nivel eclesial podemos señalar algunas de las expresiones más significativas propuestas a la Iglesia, por el papa Francisco con enorme carga transformadora: Laudato sii fue el grito de la Iglesia a los hombres y mujeres del mundo para que se pongan decididamente a cuidar, proteger y compartir el Planeta; ¿Quién soy yo para juzgar? es otra expresión que pronunció el Papa refiriéndose a la homosexualidad y la diversidad sexual que, repetida una y otra vez está sanando muchas heridas, en una Iglesia que busca ser más samaritana y misericordiosa con todos.  

Francisco sorprendió (pocos días antes de su muerte) convocando a una Asamblea Eclesial para el 2028; y León XIV, con un carácter más sosegado, acepta el reto y sigue en el empeño
Francisco y León XIV

También León XIV ha lanzado algunas afirmaciones de gran recorrido profético: La paz de Jesús esdesarmada y desarmante". Finalmente, conviene recordar que la Iglesia sigue en estado desinodalidad, en camino hacia una profunda transformación evangélica. Francisco sorprendió (pocos días antes de su muerte) convocando a una Asamblea Eclesial para el 2028; y León XIV, con un carácter más sosegado, acepta el reto y sigue en el empeño. Conviene, pues, subrayar que el Sínodo continúa. Muchos son los que no se dan por enterados, muchos los que intentan desactivarlo (con mayor o menor disimulo); pero también son muy numerosos los que lo han tomado en serio, en cada una de sus etapas y siguen apostando por él. 

Y además… tenemos el Evangelio

Encontramos en el Evangelio palabras que pueden ayudarnos a no dejarnos arrastrar por el vendaval, atemorizados por la adversidad, a merced del catastrofismo y el miedo. Palabras que pueden ayudarnos a ser más participativos y activistas. Aún a riesgo de descontextualizarlo ligeramente, me parece interesante y motivador reflexionar sobre un breve relato del Evangelio:

Cuando oigáis hablar de guerras y de revoluciones, 

no os aterréis… porque estas cosas suceden… pero el fin no es inmediato.

Mirad, no os dejéis engañar; porque vendrán en mi nombre muchos diciendo: «Yo soy», y «el momento está próximo». No les sigáis. 

Sabed que ni un cabello de vuestra cabeza perecerá… 

si os mantenéis firmes os salvaréis. Lucas 21, 5-19.

Aparentemente apocalípticas estas palabras tienen, por el contrario, un dinamismo interesante: lejos de amenazar con el miedo y la impotencia, invitan a seguir en pie a pesar de todas las adversidades, sin perder la confianza en la humanidad, abiertos (o no) a la trascendencia. Invitan también a posicionarnos frente a quienes no cesan de buscar negocios a costa de la vida y la dignidad de las personas y los pueblos. Catástrofes, dolor y sufrimiento son situaciones que aprovechan los personajes más siniestros de todos los tiempos para justificar sus crímenes y conseguir aliados.

Urge mantenerse vigilantes, observar, discernir y actuar. No como veleros a la deriva, ni como borregos o esclavos, sino como ¡personas y pueblos libres! 

No os aterréis, ¡estas cosas suceden!

Hemos absolutizado tanto nuestro ser individual, biológico y material, que olvidamos nuestra interioridad y que existimos profundamente unidos a los demás y a la tierra. La vida es contingente y grandiosa a la vez. Amarla o despreciarla en cada circunstancia dependerá en gran medida de nuestra actitud interior. Mantener la serenidad frente a las adversidades, asumir que la Naturaleza es toda contingente, aceptar que estas cosas suceden, al igual que el final de la vida llega ante o después… y hacerlo sin catastrofismos, ni aterrados, nos permite buscar alternativas y oportunidades. El miedo es, por el contrario, un aliado perfecto de la pasividad y la desesperanza (somete y divide). No podemos olvidar que el terror ha sido utilizado por los poderosos para frenar la transformación de la sociedad y el avance de los derechos humanos. 

El miedo como instrumento de poder

Que nadie os engañe, ¡no les sigáis!

Los profetas de calamidades aparecen siempre como cómplices del terror y la manipulación. El Evangelio de la vida y la liberación funciona aquí como antídoto en aquellos, que a pesar de todo aman la vida, la defienden y se entregan a la noble tarea de hacerla más humana. Cuando la vida se vuelve dura y difícil, hay que prestar especial atención y desconfiar de aquellos que prometen seguridad excluyendo a los más vulnerables. 

Los vientos más aterradores son los que provocamos nosotros mismos contra la dignidad de las personas y la supervivencia de la vida. No hay peor futuro que el que planifican y gestionan los nuevos emperadores del mundo. Ir tras ellos, dejarnos seducir por su estilo de vida, ambicionar sus recursos, imitar sus maneras… es como soltar el timón y navegar a merced del viento y las olas que nos amenazan sin piedad. Ya tenía razón el sabio obispo de Milán (san Ambrosio) que en el siglo XIV afirmaba aquello de que "los emperadores nos ayudan más cuando nos persiguen que cuando nos protegen", algo que todavía hoy nos cuesta entender.

Manteneos firmes, ¡confiad!

No se trata de recurrir a la ficción de un Dios Todopoderoso que “desde las alturas”, acabará un día con todas las dificultades y adversidades de la vida. Se trata más bien de seguir a Jesús, el Dios que “se despojó de su rango” y “hecho hombrepasó por esta vida haciendo el bien y liberando a las gentes de la opresión (el mal por excelencia). Los cristianos buscamos y encontramos a Dios en el encuentro con el Amor/Amando que es el Dios del que nos hablan los evangelios. Oírle decir: ¡Manteneos firmes, permanecer en pie, confiad!, es escuchar: enfrentaos al presente orientando vuestra libertad y vuestras capacidades hacia la conquista de la vida plena.

La seguridad que tanto ansiamos no existirá sin adversidades ni sin conflictos. La seguridad que buscamos la encontramos los creyentes en vivenciar (y celebrar) la presencia/ausente del Amor Mayor que, al tiempo que nos trasciende, nos habita y habilita para permanecer atentos cada día y sumar vida a la vida de los más vulnerables, sin desfallecer ni perder la esperanza. El Dios de vivos en el que creemos, habita en lo profundo del ser y en el acontecer de lo cotidiano. Esta convicción transforma nuestra mirada. 

Resistencia

Cierto es que, para navegar por la vida en tiempos convulsos y con el viento en contra, necesitamos fortaleza interior; pero no es menos cierto que son muchos los que la tienen: mujeres y hombres siguen navegando unas veces con las velas izadas y otras replegadas, en no pocas ocasiones a contracorriente y otras veces dejándose llevar por ella… Muchos son hoy como ayer los que viven sus días con el hondo deseo de hacer el bien, o lo que es lo mismo: contribuyendo a liberar a los oprimidos por el mal venga de donde venga, sin buscar recompensa alguna ni aquí ni en los “cielos”. La recompensa será, precisamente, no necesitar recompensa alguna, vivir con libertad, ser lo que teníamos que ser y haber hecho lo que teníamos que hacer. (Lucas 17, 7-10).

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