"La democracia difícilmente podrá afrontar los retos del siglo XXI si renuncia a la ética como horizonte de la acción pública"
Curso «Ética y Política», dirigido por el teólogo Juan José Tamayo dentro de la programación de los Cursos de Verano de la Universidad de Cantabria en Laredo
La relación entre ética y política ha acompañado al pensamiento occidental desde sus orígenes. Hoy, en un tiempo marcado por la desconfianza hacia las instituciones, el aumento de las desigualdades, la crisis ecológica y el cuestionamiento de los derechos humanos, esa reflexión adquiere una renovada actualidad. Con ese planteamiento se celebró, entre los días 6 y 8 de julio, el curso «Ética y Política», dirigido por el teólogo Juan José Tamayo dentro de la programación de los Cursos de Verano de la Universidad de Cantabria en Laredo.
El director del curso en la presentación, formuló con claridad la tesis que sirvió de hilo conductor a las jornadas: ética y política son dos dimensiones fundamentales de la vida personal y colectiva, llamadas a convivir en tensión permanente. Cuando la política se desvincula de la ética se desliza directamente hacia la injusticia, la desigualdad y la corrupción; cuando la ética se desentiende de la política, queda reducida a las convicciones individuales y pierde capacidad para transformar la sociedad. Desde perspectivas diversas, las ponencias aplicaron esa idea común a algunos de los principales desafíos de nuestro tiempo.
La ética como fundamento de la vida pública
La jurista María José Fariñas Dulce, catedrática de Filosofía del Derecho de la Universidad Carlos III de Madrid y especialista en derechos humanos, ciudadanía y teoría del Estado, abrió el curso defendiendo que la democracia solo puede sostenerse cuando el ejercicio del poder permanece vinculado a la ética pública y a la garantía efectiva de los derechos fundamentales. Más allá del cumplimiento formal de las leyes, la legitimidad democrática exige instituciones comprometidas con la justicia, la igualdad y el bien común. Sin ese fundamento moral, las democracias pueden conservar sus procedimientos y, sin embargo, perder progresivamente su sentido.
Esa preocupación reapareció, desde una perspectiva filosófica, en la conferencia de Patxi Lanceros, profesor de Filosofía Política en la Universidad de Deusto y reconocido ensayista especializado en pensamiento contemporáneo. Su recorrido mostró cómo la relación entre ética y política ha atravesado la historia de la filosofía, desde el mundo clásico hasta nuestros días, y culminó en la deconstrucción de Jacques Derrida. Lejos de ser un ejercicio de negación, la deconstrucción invita a revisar críticamente conceptos como democracia, justicia o poder, que no poseen significados inmutables. La filosofía mantiene así abierta su capacidad para interrogar a los discursos dominantes y descubrir nuevas posibilidades de transformación.
Los desafíos de nuestro tiempo
El economista Daniel Fuentes Castro, profesor de Economía de la Universidad de Alcalá de Henares, abordó la relación entre eficiencia e igualdad y recordó que las decisiones económicas nunca son moralmente neutras. Cada política implica opciones sobre la distribución de la riqueza, el acceso a los servicios públicos y las oportunidades de la ciudadanía. Una economía puede ser eficiente en términos productivos y resultar, al mismo tiempo, profundamente injusta si no garantiza condiciones de vida dignas. La igualdad no constituye un obstáculo para el desarrollo, sino una condición para construir sociedades cohesionadas y democracias estables; cuando las desigualdades se agravan, crecen también la desconfianza institucional y la tentación de buscar respuestas autoritarias.
La dimensión ecológica fue desarrollada por Carmen Madorrán Ayerra, profesora de Filosofía Moral y Política en la Universidad Autónoma de Madrid e investigadora en ética y justicia ambiental. Su intervención partió de una constatación decisiva: la crisis ecológica y la crisis social forman parte del 3 mismo problema. Frente a una cultura basada en el crecimiento ilimitado y la explotación de la naturaleza, defendió otra forma de habitar el mundo, sustentada en el cuidado, la responsabilidad compartida y el reconocimiento de que somos seres interdependientes y ecodependientes.
Madorrán recuperó el concepto de «poliética», acuñado por Francisco Fernández Buey, para expresar la necesidad de integrar la reflexión moral en las decisiones colectivas. La emergencia ecológica no puede afrontarse solo mediante avances tecnológicos o medidas económicas: exige una transformación cultural y política que incorpore la justicia ambiental, la solidaridad entre generaciones y una democracia más participativa. De ese modo, la sostenibilidad deja de ser un asunto sectorial y pasa a formar parte de un proyecto común de convivencia.
Cristina Monge: La incertidumbre ante el futuro, el aumento de las desigualdades y la distancia entre las élites y amplios sectores de la ciudadanía han erosionado la confianza en las instituciones
La politóloga Cristina Monge Lasierra, profesora de Sociología en la Universidad Complutense de Madrid y especialista en gobernanza y calidad democrática, analizó el auge de los populismos y de las respuestas tecnocráticas. Su diagnóstico fue claro: no constituyen la causa originaria de la crisis democrática, sino la consecuencia de un malestar social acumulado durante años. La incertidumbre ante el futuro, el aumento de las desigualdades y la distancia entre las élites y amplios sectores de la ciudadanía han erosionado la confianza en las instituciones.
Ese desencanto favorece discursos populistas que simplifican la complejidad, dividen la sociedad entre «nosotros» y «ellos» y alimentan la polarización. La tecnocracia, por su parte, pretende sustituir la deliberación democrática por decisiones presentadas como exclusivamente técnicas y sin alternativas. Frente a ambos riesgos, Monge defendió la reconstrucción de la confianza colectiva, el fortalecimiento de las instituciones públicas y una participación ciudadana capaz de afrontar retos como la transición ecológica, la revolución tecnológica o las migraciones desde la cooperación y no desde el enfrentamiento.
Educar para reconstruir la esperanza
La conferencia de clausura, pronunciada por Juan José Tamayo Acosta, teólogo, ensayista, director del curso y profesor emérito honorífico de la Universidad Carlos III de Madrid, orientó la reflexión hacia el futuro. Su propuesta fue que los derechos humanos se conviertan en el eje de la educación y en el fundamento de una ciudadanía democrática. Frente a una enseñanza centrada casi exclusivamente en la transmisión de conocimientos o en la preparación para el mercado laboral, defendió una educación capaz de formar personas libres, críticas y comprometidas con la dignidad humana.
La escuela debe ser un espacio para aprender a convivir, dialogar y participar responsablemente en la vida pública. El alumnado no puede ser tratado como receptor pasivo, sino como sujeto de derechos y protagonista del proceso educativo. Tamayo reivindicó una educación comprometida con la igualdad de género, la memoria democrática, la acogida de las personas migrantes, la diversidad cultural y religiosa, el cuidado del planeta y la libertad de conciencia. En este marco, defendió el laicismo no como rechazo de las religiones, sino como garantía de igualdad entre creencias y no creencias y como condición para una convivencia plural.
Su mensaje de fondo fue que los derechos humanos no deben enseñarse únicamente como normas o declaraciones, sino vivirse como una forma de comprender la realidad y orientar la acción colectiva. Educar en ellos significa proporcionar herramientas para cuestionar las desigualdades, combatir la discriminación y construir una sociedad más justa, solidaria y respetuosa con la dignidad de todas las personas.
Desde el derecho, la filosofía, la economía, la ética ecológica, la ciencia política y la teología surgieron preguntas distintas que remitían a una preocupación común: cómo fortalecer una democracia sometida a profundas tensiones sociales, económicas, ambientales y culturales
Una reflexión compartida
Al concluir las jornadas, donde cabe destacar la dinámica participativa y creativa de los asistentes en los debates; resultaba evidente que las intervenciones no eran una suma de conferencias independientes, sino las 5 piezas de una misma reflexión. Desde el derecho, la filosofía, la economía, la ética ecológica, la ciencia política y la teología surgieron preguntas distintas que remitían a una preocupación común: cómo fortalecer una democracia sometida a profundas tensiones sociales, económicas, ambientales y culturales.
Reconstruir la esperanza democrática
El curso «Ética y Política» dejó una convicción compartida: la democracia difícilmente podrá afrontar los retos del siglo XXI si renuncia a la ética como horizonte de la acción pública. La calidad democrática no depende solo del funcionamiento de las instituciones o de la eficacia de las políticas, sino también de los valores que orientan las decisiones colectivas y del compromiso de la ciudadanía con el bien común.
Tal vez esa haya sido la principal enseñanza del curso: la ética no constituye un complemento de la política ni un ideal reservado al ámbito privado. Es el fundamento que permite orientarla hacia la justicia, la libertad, la igualdad y la dignidad de todas las personas.
Las jornadas de Laredo concluyeron, pero la reflexión permanece abierta. Su legado puede resumirse en la pregunta que, de una u otra manera, atravesó todas las conferencias y seguirá interpelándonos mucho después de clausurado el curso:
¿Puede sobrevivir la democracia si pierde su fundamento ético?