El día que la torre de Jesucristo de la Sagrada Familia culminó su ascenso
Con la colocación del brazo superior de la cruz, el edificio se convierte en el templo más alto del mundo
Barcelona se ha despertado este 20 de febrero con un cielo despejado, de un azul limpio que resaltaba cada relieve de piedra. A primera hora, el entorno de la Sagrada Familia ya respiraba una expectación diferente: esa mañana se iba a colocar el brazo superior de la cruz de la torre de Jesucristo, la pieza que culmina definitivamente la torre más alta del templo. No había grandes escenarios ni discursos, pero sí decenas de miradas alzadas. Este viernes la ciudad sabía que iba a ocurrir algo que modificaría para siempre su perfil.
En la mayoría de los rincones, visitantes con la cabeza inclinada hacia atrás y el móvil extendido al máximo, buscando el ángulo imposible. Un hombre, arrodillado junto a una maceta negra del recinto, enfoca con absoluta concentración hacia la cima de la torre. El gesto parece práctico, pero también tiene algo de reverencia. A su alrededor, otras personas comparten el mismo silencio expectante.
En las cubiertas, muy por encima del murmullo contenido de la plaza y las calles cercanas, los operarios se movían con precisión milimétrica. Cascos naranjas, arneses y brazos que señalaban pequeñas correcciones. En una de las fotografías tomadas desde arriba, la ciudad se extiende hasta el horizonte mientras la pieza del brazo superior de la cruz cuelga suspendida de una grúa amarilla. Barcelona, a los pies; la cruz, en tránsito hacia el cielo.
Cuando comenzó el ascenso, el murmullo se apagó. La pieza, blanca y geométrica, avanzaba lentamente hacia su encaje definitivo en la torre de Jesucristo. Desde abajo, solo se percibía la tensión contenida en cada ajuste. Desde arriba, como muestran las imágenes, los técnicos seguían la alineación con absoluta concentración, conscientes de que todo se decidía en cuestión de centímetros.
El instante del encaje fue breve y denso. Primero, una pausa casi irreal mientras la pieza se fijaba en el eje vertical. Luego, un aplauso espontáneo, no masivo pero sí sincero. Algunas personas celebraron con gritos discretos; otras prefirieron seguir mirando en silencio, como si necesitaran unos segundos para asumir que la cruz quedaba, finalmente, completa.
Con sus 172,5 metros, la torre culmina el programa simbólico concebido por Antoni Gaudí. Desde tierra, la nueva silueta redefine el skyline de Barcelona y reorganiza visualmente todo el conjunto del templo. La cruz tridimensional, monumental, ya no es una promesa ni un modelo: es una presencia real que domina el espacio.
Pocos minutos después, en la cima, comenzaron a ondear dos banderas: la catalana y la del Vaticano. El viento las hizo vibrar con fuerza sobre la cruz recién instalada. Abajo, algunos trabajadores se abrazaban con discreción. Las fotografías captan este contraste entre la emoción contenida y la inmensidad de la obra.
Esta mañana no se inauguró ninguna sala ni se abrió ninguna puerta nueva. Y, sin embargo, la sensación era inequívoca: se ha cerrado un ciclo iniciado hace más de un siglo. Las imágenes de ojos alzados, grúas en tensión y la cruz encajando contra el azul del cielo explican mejor que ninguna palabra lo que ha sucedido este viernes. La Sagrada Familia, finalmente, toca el cielo.