El diploma del McDonald's y el verdadero título de ser amado
Indiferencia, lujo, persecución, elitismo, marginación, Injusticia, Pequeñez, Bienaventuranzas
Una respuesta desde la "pequeñez" a la indiferencia de la cumbre: la voz de una maestra de religión frente al fenómeno Melania.
Justo después de mi reciente publicación sobre la figura de Melania Trump y la indiferencia estética y moral que proyecta desde las grandes pantallas y marquesinas (https://www.religiondigital.org/hacer_realidad_lo_posible-_jesus_lozano_pino/melania-glamour-indiferencia_132_1441909.html), recibí una respuesta que merece ser compartida. No proviene de un analista político ni de un experto en protocolo, sino de Patricia Gema Ruiz González, una cristiana de a pie, maestra de religión católica de la Diócesis de Málaga que, desde la cotidianidad de su aula y su sencilla fe, desarma la parafernalia del poder. Su réplica no es solo un comentario; es una lección de teología encarnada. Patricia nos invita a mirar no hacia arriba, donde los "maniquíes" giran en piloto automático, sino hacia los márgenes, que es donde —según el Evangelio— ocurre la verdadera vida. He aquí su sentida reflexión:
"Yo a Melania la veo en piloto automático: sin objetivo en la vida, pues dicen que está en la cumbre; sin personas o proyectos donde volcar su Amor, ese Amor del que Dios nos dota desde el vientre de nuestra madre y que nos atrae hacia un propósito, hacia ese 'para qué'. La veo como una figura, un maniquí, una persona a la que el Presidente necesita más que a la inversa; porque él necesita una imagen completa de 'perfección' que, por sí mismo, es incapaz de proyectar.
Además, pienso otra cosa sobre el concepto de 'Primera Dama': todos lo hemos integrado y seguimos el juego. Pero, para mí, 'primera dama' es mi hija en mi casa, o tu hija en la tuya, o la esposa, o la madre... Ese título de 'Primera Dama' no lo quiero; es un diploma del McDonald's. El título al que yo aspiro, y en el que educo a mi niña para que aspire, es el de ser un ser amado. Nada menos que por el Dios que la rodea, que creó todo aquello por lo que ella se maravilla (los paisajes, la inspiración hecha arte, etc.) y que también la habita. Es la misma maravilla que ahora ve fuera para que, cuando no pueda verla [hay que decir que su hija Patricia tiene retinosis pigmentaria], la reconozca dentro y sepa de qué está hecha: del Amor.
Esas cosas a esta 'gente grande' les son ajenas y extrañas. En cambio, nosotros, la 'gente pequeña' que nos sabemos habitados por lo Grande, tenemos una gran responsabilidad, incluso mayor. Jesús no venía a modificar los poderes de este mundo, porque su Reino no era de este mundo; Jesús vino a reconquistar el corazón de quienes se sabían necesitados de Él, de aquellos que no eran gobernados por la lógica de este sistema, sino que estaban en los márgenes donde el mundo los aparcaba siempre. Al final, yo me pregunto: ¿dónde trato de verme yo? A nadie le gusta verse en esos márgenes, pero es precisamente en ese lugar donde se viven, justamente ahí, las Bienaventuranzas".
La reflexión de Patricia confirma que la "indiferencia de la cumbre" no es solo una pose estética, sino una orfandad espiritual. Mientras el poder se obsesiona con fabricar maniquíes perfectos, la verdadera dignidad sobrevive en los márgenes, lejos de los títulos que Patricia define magistralmente como "diplomas del McDonald's". Al final, frente al glamour vacío, nos queda la responsabilidad de la gente pequeña: recordar que no somos lo que proyectamos, sino el Amor por el que somos habitados. En ese reconocimiento, y no en la Casa Blanca, es donde realmente comienzan las Bienaventuranzas.