La paranoia del infiltrado: cómo el discurso del "espía marroquí" alimenta la islamofobia y da alas a la ultraderecha
De la contrainteligencia al prejuicio social desinteligente
En el hiperconectado ecosistema informativo actual, los titulares sobre espionaje, filtraciones de servicios de inteligencia y ciberataques geopolíticos tienen un gancho formidable. Sin embargo, en las últimas semanas, la conversación social y mediática en España ha cruzado una frontera peligrosa: la narrativa de que cada ciudadano marroquí que reside, trabaja o estudia en suelo español es, en realidad, un agente secreto al servicio de Rabat.
Nadie niega la complejidad del escenario geopolítico. La diplomacia y la seguridad entre España y Marruecos constituyen un tablero lleno de aristas. Es evidente y documentado que el Reino de Marruecos despliega estrategias de poder blando e inteligencia para defender sus intereses estratégicos. Que existen infiltrados e informadores es una realidad de la contrainteligencia que manejan las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado. Pero convertir una dinámica geopolítica en una causa de sospecha generalizada sobre casi un millón de personas no es rigor analítico; es construcción del enemigo interno.
Del análisis geopolítico al estigma cotidiano
Esta peligrosa confusión se traslada de las altas esferas a la vida diaria, sirviendo como excusa para acabar sospechando de absolutamente cualquier ciudadano marroquí. De repente, la sombra de la duda ya no recae sobre un tablero geopolítico lejano, sino sobre el vecino de al lado, el comerciante de la tienda de la esquina que se levanta temprano para ganarse honestamente la vida, el peluquero del barrio o los miles de estudiantes que comparten aula y pupitre con nuestros propios hijos en el colegio o la universidad.
Al sembrar esta desconfianza cotidiana, se despoja a la comunidad marroquí de su individualidad para encasillarla como peones de un Estado extranjero, usando la "seguridad nacional" para validar prejuicios y actitudes racistas que destruyen la convivencia armónica.
El caldo de cultivo perfecto para la islamofobia
El peligro real de este relato es su capacidad para avivar la islamofobia latente. La figura del "enemigo en la sombra" recupera viejos tropos xenófobos matizándolos con jerga de seguridad moderna. Se fomenta así la idea de una amenaza inminente y omnipresente que no solo pone en duda la lealtad de los inmigrantes, sino que extiende la sombra de la sospecha a las siguientes generaciones.
Los damnificados del relato y el beneficio de la extrema derecha
En este clima de paranoia colectiva, los costes sociales y diplomáticos se reparten entre la población y las instituciones, mientras que el rédito político se concentra en un único sector. Por un lado, la comunidad marroquí sufre de manera directa las consecuencias de esta narrativa, quedando expuesta a un aumento del estigma, a un repunte de la xenofobia y a una progresiva fractura social en sus entornos cotidianos.
Por otro lado, la complejidad de las relaciones bilaterales entre España y Marruecos queda sofocada por el sensacionalismo. Al enfocar el debate público en una sospecha indiscriminada hacia los ciudadanos, se desvía la atención de los verdaderos desafíos de seguridad y diplomacia que enfrentan ambos Estados, enrareciendo aún más el panorama político.
El único actor que emerge victorioso en este juego es Vox y la extrema derecha que añora la fatalidad de una “pureza étnica”. Para estas formaciones, alimentar la paranoia de la sospecha generalizada representa un recurso político de enorme valor. Les permite conectar de forma directa sus premisas tradicionales —el discurso sobre la amenaza del sur, la exigencia del cierre de fronteras y el rechazo explícito al multiculturalismo— con una retórica basada en la seguridad nacional. Así, cada titular que hiperboliza la presencia de espías es capitalizado por la ultraderecha para rentabilizar el miedo, validar su visión nativista y polarizar a la sociedad, presentándose ante el electorado como el único escudo protector frente a una "invasión silenciosa" y la medida urgente de expulsar a todos los invasores.
Confundir la contrainteligencia estatal con la persecución al vecino no solo debilita la cohesión social; es la manifestación más clara de un prejuicio desinteligente. Caer en la paranoia colectiva significa renunciar al rigor, desmantelar la convivencia diaria y regalarle el relato del miedo a quienes hacen de la fractura su mayor negocio político.