Quienes pertenecen al saber
Comprender otras temporalidades (Joan Calvin)
Joan Calvin Palomares se ha formado en Filosofía y Teología. Su recorrido ha atravesado también las Bellas Artes y la Enfermería, ámbitos que siguen marcando su manera de pensar y crear. Actualmente desarrolla su investigación doctoral sobre hermenéutica crítica a favor de la diferencia en la Universidad Pontificia Comillas, donde también imparte docencia en Filosofía Antigua y Medieval. Forma parte de Hercritia Latinidad, desde donde participa en la organización de congresos y espacios de pensamiento. Le interesan especialmente las artes y la salud-enfermedad, allí donde se cruzan con preguntas políticas, estéticas y ontológicas. Su trabajo está orientado a pensar la diferencia como lugar de interpretación, creación y saber.
[Joan, además de amigo y compañero de batallas, es una persona especialmente inteligente y trabajadora. Les dejo aquí su interesante reflexión]:
La cuesta quieta. Perfectamente quieta, salvo por el flagelar de las manos contra los aros, salvo por la lucha contra el suelo. Quieta la implacable gravedad. Quieta, salvo por una silla de ruedas que sube a otro ritmo, en otro tiempo. Y, arriba al fin, qué alivio sentir el logro sobre el cuerpo. En las subidas diarias se aprende a ir a otros ritmos: ritmos de avance y de espera. Pequeñas victorias sobre el cansancio. A veces, largas y devastadoras esperas.
Decenas de miles de vidas, imposibles de contar una por una, punto por punto, tilde por tilde, esperan ayuda. Los datos del llamado "Pla cura" no describen existencias extrañas, lejanas, confusas, casi ajenas. Más bien reflejan un problema estructural: hemos normalizado la espera de quienes necesitan ayuda. No son los números abstractos de una lista de espera quieta. Son vecinos, amigos y familia.
Por dificultades del aparato burocrático, las valoraciones se retrasan, las ayudas no llegan, hasta que ya no queda nadie para esperar. Morir esperando una ayuda. Todo porque unos ritmos y unos tiempos ya no tienen cabida en esta insoportable velocidad nuestra. Por dificultades técnicas, una silla se retrasa, una cura se aplaza, hasta que ya no queda nadie por curar. No hay nada neutro en los lenguajes técnicos: no son tapones que desatascar ni sujetos que administrar, sino vidas que necesitan ayuda. No son solo palabras confusas que proyectan la centralidad administrativa, sino también el olvido de los nombres con los que comprender otras temporalidades.
Los tiempos clínicos y administrativos no saben comprender el florecer de los tiempos dependientes. No tienen cómo recoger la paciencia de heridas que no cierran, el valor de un respiro en volcanes de ansiedad o la felicidad plena de sentir una ducha en la piel después de semanas en cama. A quienes miran atrás y reconocen en sus carnes lecciones difíciles de paciencia, de respiro y de felicidad, les negamos la ayuda. Y no solo a ellos: a nosotros mismos nos negamos, por esta insoportable velocidad nuestra, la sabiduría.
El inmundo de velocidades perfectas donde ni un solo pétalo de quietud osa aventurarse. El inmundo de miradas que proyectan carga, fallo, déficit y anomalía allí donde debería reconocerse sabiduría. En el teatro de la dependencia no solo agonizan quienes quedan atrapados en las técnicas de la desatención. Agoniza y muere también una herencia de paciencia, de respiro y de saber. En el centro, no solo la persona, aunque ya sería un avance. En el centro, la persona y su saber.
Los lenguajes de la eficacia se bastan a sí mismos y sobre sí hacen gravitar las dependencias. Lenguajes que solo pueden prometerse a sí mismos, la eficiencia por la eficiencia y la extraña e insoportable belleza de la velocidad. Los sujetos administrables, en su quietud, incapaces de seguir el nuevo ritmo, son olvidados y arrojados a esa muerte del tiempo y del espacio que llamamos futuro.
Embriagados por este perfume de futuro y velocidad, si solo agilizamos procesos y optimizamos recursos, no habremos puesto en el centro a la persona, sino al dogma de nuestra productividad. Tal vez aún queden espíritus abiertos a esa escucha perdida y atentos a lecciones remotas de ironías y esperanzas que transcurren en otros ritmos, en otros tiempos. Desde el punto de vista del dogma productivista, pertenecen a la muerte. Desde el punto de vista de la vida, todavía y siempre, pertenecen al saber.