Trump, migración y fe: cuando la política olvida el rostro humano
¿Dónde estás cuando la violencia arrebata vidas inocentes o indefensas, cuando la rutina se convierte en miedo, cuando la compasión se castiga?
El 7 de enero, Renee Nicole Good, de 37 años, viajaba en su coche por una calle residencial cuando agentes federales la abordaron durante una operación migratoria. Ciudadana estadounidense, no era el objetivo del operativo. Intentaba alejarse, pero tres disparos interrumpieron su camino y su vida. Su muerte expone lo frágil que puede volverse la cotidianeidad cuando la autoridad confunde sospecha con amenaza.
Solo semanas después, el 24 de enero, Alex Jeffrey Pretti, enfermero de cuidados intensivos y también ciudadano estadounidense, fue abatido mientras intervenía para ayudar a una mujer empujada por los agentes. Los informes oficiales mencionan que portaba un arma, aunque los videos y los testigos dudan. Su compasión se convirtió en peligro, y la vida de quien cuidaba a otros se extinguió en medio de un operativo que no estaba dirigido a él.
El 20 de enero, la violencia alcanzó la infancia: Liam, un niño que regresaba del preescolar, fue detenido junto a su padre. La rutina y la inocencia se transformaron en vulnerabilidad frente a la autoridad. Su miedo, pequeño y palpable, es espejo de un país que ha olvidado cómo proteger a los más vulnerables.
Estos hechos en Estados Unidos no necesitan interpretación: muestran la crudeza de la política migratoria actual, la frialdad de operaciones que no distinguen entre inocentes y culpables, y la manera en que la fuerza estatal atraviesa familias y comunidades.
Una mirada desde la fe
Hasta aquí lo hechos . Pero como cristiano, al observar estas tragedias me interpela también la manera en que ciertos movimientos fundamentalistas encontraron formas de respaldar o legitimar las políticas de Trump: la separación de familias, la política de “tolerancia cero”, las restricciones migratorias extremas, y la criminalización de quienes cruzaban fronteras buscando seguridad. No porque Renee, Alex o Liam hayan sido perseguidos por su fe, sino porque la vida humana se vio arrastrada por la indiferencia y la violencia que algunas ideologías religiosas apoyaron. Esta es la realidad moral que los hechos nos obligan a mirar: la vulnerabilidad de los más pequeños, la fragilidad de lo cotidiano y la necesidad de compasión.
Y es que un niño detenido, un enfermero abatido, una mujer muerta en su coche: no son cifras, son vidas que nos miran, que nos interpelan. La violencia estatal revela lo que las leyes y los muros no pueden cubrir: la fragilidad de lo humano.
La fe puede ser guía moral, pincelando nuestra mirada con misericordia y memoria que provoque e interpele , para no aceptar que la exclusión se normalice, que la indiferencia se acepte, que los muros silencien la compasión. Ni allí ni más allá de esas fronteras. Renee, Alex y Liam nos enseñan que la verdadera fe abre caminos, protege y denuncia, incluso cuando el miedo parece apoderarse de todo.
El Evangelio sigue preguntando, insistente:
¿Dónde estás cuando la violencia arrebata vidas inocentes o indefensas, cuando la rutina se convierte en miedo, cuando la compasión se castiga?
Y la respuesta se encuentra en los gestos humanos que permanecen frente a la injusticia: en quienes sostienen al pequeño, en quienes acompañan al débil, en quienes abren puertas cuando todo parece cerrado.
Epílogo: la fe frente a la exclusión
En medio de los muros, las deportaciones masivas y las redadas indiscriminadas que marcan la era de Donald Trump, resuena un eco más profundo: la manera en que la fe puede ser reclamada, distorsionada, reinterpretada para servir al poder y no a la vida. Algunos movimientos religiosos apoyaron explícita o implícitamente la política de “tolerancia cero”, la separación de familias, las restricciones a la inmigración y la criminalización de los migrantes, vestidas de obediencia y devoción, confundiendo identidad nacional con voluntad divina.
Pero la historia de Renee, Alex y Liam nos recuerda otra verdad: la fe verdadera no oprime, no dispara, no encierra. La fe acompaña, protege, abraza la vulnerabilidad y llama al cuidado del pequeño y del débil. La compasión no es un adorno; es el hilo que mantiene a la humanidad unida cuando los muros se levantan y los corazones tiemblan.
Observar la instrumentalización de la religión en tiempos de políticas excluyentes es un recordatorio profético: la fe no es propiedad del poder, no es instrumento de miedo, no es justificación de muros y deportaciones. Es llamada a abrir caminos, sostener la vida donde se ha vuelto frágil, y tender la mano cuando todo conspira para cerrar el corazón.
Renee, Alex y Liam, sus nombres pronunciados en silencio, nos invitan a despertar, a no olvidar que la misericordia sigue siendo el verdadero Evangelio, y que la política nunca puede sustituir la humanidad.
( La noticia de la regularización de emigrantes en España, tan promovida y apoyada por muchas instituciones y grupos entre ellos la Iglesia española y que retardada en exceso llega ahora, merecerá comentario aparte)