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Vencer el egoísmo desde la plenitud de un amor que se vive e ilumina en la voluntad de Dios

El egoísmo apunta a ganar para nosotros mismos perdiendo la visión y amplitud de una vida compartida

Apártate de mi, Satanás

El profeta Jeremías dice: Me sedujiste Señor, fuiste más fuerte que yo y me venciste.

Jesús en el monte de los Olivos ora al Padre diciéndole: Señor, si quieres aparta de mi este cáliz pero que no se haga mi voluntad sino la tuya.

Así en este domingo 22 del tiempo ordinario, una vez que Jesús anuncia el rechazo de los sumos sacerdotes, los ancianos y escribas que lo condenan a muerte pero que resucitará al tercer día, Pedro en ese momento pide a Jesús que piense sólo en él y que a él no le puede pasar eso, entonces Jesús le responde: 

Apártate de mi, Satanás

El modo de pensar de los hombres se caracteriza de las diversas formas de egoísmo.

Dios en su gran amor está pensando en la redención de la humanidad que se realizará a través de la cruz. Por eso Jesús exige a quien lo quiera seguir:

Nuestra vida cristiana y de fe nos lleva por este camino, de un amor que sabe renunciar a sí mismo para ser ese amor compasivo, misericordioso que pone en práctica una caridad que sabe vestir al desnudo, visitar al encarcelado, estar con el enfermo y desvalido con las exigencias de desprendimiento para compartir con ellos al estilo como hace el buen samaritano, quien pone sobre su cabalgadura al que ha sido herido, una vez que ha curado heridas con su propio aceite y que está dispuesto a pagar en el Mesón lo que implique su recuperación por el hospedaje, la comida y la misma rehabilitación.

Por eso Jesús le ha preguntado a Pedro: ¿Me amas más que éstos? ¡Y Pedro ha respondido si Señor, te amo más que estos! Entonces Jesús con confianza plena en Pedro, por ese amor confesado en la verdad de su corazón, le dice: apacienta y pastorea a mis ovejas.

Esto dicho a Pedro por Jesús, lo situamos en la imagen de Buen Pastor que sabe dar la vida por su ovejas.

Dar la vida en Jesús nos lleva a cargar continuamente la cruz de la humildad donde no somos ya nosotros los protagonistas, sino que es primero la necesidad de los demás.

Es un amor que al darse sufrirá rechazo, exigencia desmedida, incomprensión, que tendrá que perdonar de forma continua por la insensatez humana, ofensas duras de los más cercanos, negación y traición, etc.

Seguir el camino de Dios es un camino sacrificado de nosotros mismos para que se haga viva la obra de Dios.

En medio de esos sacrificios y entrega se va gestando una vida de gracia que muchas veces no vemos inmediatamente como queremos o estamos acostumbrados a ver, pero Dios va haciendo fecundo algo que nosotros no alcanzamos a ver inmediatamente. Por eso debemos confiar en Dios.

Por eso san Pablo nos invita a ofrecernos nosotros mismos como ofrenda viva, santa y agradable a Dios, porque en esto consiste el verdadero culto.

La entrega en ese amor, como ofrenda agradable a Dios, nos lleva a renunciar a la diversidad de formas que el egoísmo tiene.

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