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El abuso espiritual y el 'giro católico' de la generación Z

Teóloga austriaca advierte sobre los peligros del integrismo católico "para la democracia y para la Iglesia"

Palabras claras en Viena: el integrismo apunta, según la teóloga Michaela Quast-Neulinger, a un Estado de impronta religiosa. ¿Qué países apoyan esta ideología de poder y qué peligros conlleva?

Foto: © picture alliance/Shotshop/valentyn semenov

Michaela Quast-Neulinger, teóloga de Innsbruck (Austria), ha calificado el integrismo católico como un “peligro para la democracia y la Iglesia”, pues representa una “ideología de poder” que busca someter la totalidad de la vida pública y privada a la Iglesia católica. De este modo, el integrismo constituye una variante de teología política con una orientación religioso-totalitaria, explicó Quast-Neulinger en Viena. El integrismo se encuentra en “contradicción total con el conjunto de la enseñanza católica” y representa una “ideología de poder antimodernista” que elabora una versión propia de la verdadera fe católica para, sobre esa base, establecer un régimen totalitario.

El grupo que defiende esta ideología y la impulsa tanto política como teológicamente, aunque muy pequeño, está muy bien conectado y cuenta con contactos que llegan hasta el actual gobierno de Estados Unidos. Austria también juega un papel importante en esta red, como lo demuestran el P. Edmund Waldstein, monje cisterciense de Heiligenkreuz, y la Universidad Franciscana de Steubenville con su sede en la Cartuja de Gaming.

Que el integrismo, cuyas raíces históricas se remontan al siglo XIX y a la época del antimodernismo católico, haya resurgido después del Concilio Vaticano II (1962-1965) y esté fortaleciéndose hoy en día resulta, a primera vista, sorprendente, según Quast-Neulinger. Al fin y al cabo, el Concilio le quitó terreno al reconocer la libertad religiosa, de opinión y de conciencia, así como el valor y la dignidad de las demás religiones. También contribuyeron a ello el rechazo a las formas totalitarias de gobierno así como a la concepción de la Iglesia como “sociedad perfecta”, además del reconocimiento de la democracia y el compromiso en la cooperación entre Estado e Iglesia, al mismo tiempo que se mantiene la separación de los diversos poderes del Estado.

Michaela Quast-Neulinger

El resurgimiento del integrismo se produce hoy a través de una lectura decididamente antiliberal de los documentos centrales del Concilio y de reinterpretaciones de conceptos como el bien común, explicó la teóloga. El blog de Waldstein y las conferencias internacionales con participantes destacados, como el vicepresidente estadounidense James David Vance, contribuyen a la difusión de esta interpretación. La persona de contacto entre el integrismo y la política estadounidense, especialmente el movimiento MAGA, es Gladden Pappin, presidente del Hungarian Institute of International Affairs, con sede en Budapest. De este modo, Hungría bajo Viktor Orbán representa, desde la perspectiva integrista, una especie de “modelo a seguir” para el Estado católico “postliberal” deseado, regido por un gobernante y un poder ejecutivo fuertes.

Aunque las premisas teológicas y las conclusiones del integrismo deben rechazarse firmemente, sí hay que tomarse en serio sus ambiciones políticas, y cimentar una y otra vez el terreno teológico propio sobre el que nos hallamos, continuó Quast-Neulinger. Esto incluye, por ejemplo, la cuestión de cómo evaluar los desarrollos doctrinales —desarrollos que los integristas rechazan estrictamente en cuestiones eclesiales—, pero también la defensa incondicional de los logros del Concilio Vaticano II, es decir, la libertad religiosa, el reconocimiento de la dignidad de todas las personas y la orientación hacia una “fraternidad universal”.

Fuente: katholisch.de

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