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JJ ALEIXANDRE 8. DESDE AQUÍ ABAJO

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Cerraremos hoy la aproximación a la poesía de José Javier Aleixandre que venimos realizando en ocho entregas.En imagen, contemplamos al poeta en compañía de Concha Zardoya, una de las voces más destacadas de la lírica española en la segunda mitad del siglo XX.

En nuestra despedida del autor vasco, escogeremos tres intensos títulos, Los ángeles”, “Mi muerte” y “Necesaria esperanza, seleccionados del poemario “Desde aquí abajo” (Editorial Monte Carmelo, 2009). Al darlos a conocer contaba el autor 85 años. Estrenaba la elegante edición una nueva colección de poesía religiosa, bautizada La fonte”.

Su director, Teodoro Rubio, poeta, crítico y amigo,así describe la poesía de Aleixandre:

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"DESDE AQUÍ ABAJO"

Desde aquí abajo” es un libro de la memoria, donde a veces se intuye la tristeza, “esa playa de invierno sin huellas de pisadas”, y busca en esa orilla que ahora es su recuerdo, la luz que alumbre “las cosas bellas que le rodean”, el verso puro que se “filtre dentro del alma como un aire nuevo”. Es una poesía por momentos religiosa, por momentos mística.

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Religiosa, porque José Javier Aleixandre plantea esa búsqueda de Dios desde sí mismo, desde la tierra, a través de constantes preguntas (“Yo tengo el alma hecha de preguntas”) esperando la respuesta, “la voz tan esperada / que quisiera escuchar desde aquí abajo”. Mística, porque la búsqueda incesante se transforma en encuentro:

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“Quiero seguir guardando mi esperanza

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de poder ver a Dios y de poder oírle

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cuando arriba le encuentre”.

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PROTEGIDO POR LA CUSTODIA VIGILANTE

DE MI INVISIBLE COMPAÑERO

He de reconocer que la lectura reposada de “Los ángeles” me ha conmovido como pocos relatos de experiencias religiosas en la infancia. El poeta irunés insiste y advierte: “Pero que nadie intente borrarme mi ángel propio. / Aquel del que mi madre cada noche / me hacía recordar “la dulce compañía.” Y confiesa, con ternura y resolución: “Quiero que siga dentro / de mi piel este ángel siempre alerta…” Y confía que le conducirá “–salvándome de dudas, angustias y tropiezos– / hasta el bendito sueño de que debo encontrar / a Dios en el final de mi camino.”

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LOS ÁNGELES

¿Por qué ahora se habla de demonios

mucho más que de ángeles?

¿Por qué ya no los nombra nunca nadie?

¿Son solo ilustraciones de aquel libro

de la Historia Sagrada

que leí cuando niño en el colegio,

casi como si fuera

la más emocionante novela de aventuras?

(San Gabriel, adornado con palabras

de un glorioso saludo saliendo de sus labios.

San Rafael, guiando a los viajeros

por atajos difíciles que al tiempo derrotaban.

Y San Miguel con una espada luminosa en la mano

porque con ella en alto a Dios defiende.)

Ahora nadie habla de los ángeles

más que para dudar de cuál sea su sexo.

¿Dónde los nombres que ordenaban

sus diferencias y categorías:

ángeles, querubines, serafines,

dominaciones, tronos, potestades y arcángeles?

¿Será mejor, acaso, que pensemos

que la paz en el reino de Dios no necesita

ningún nutrido ejército que deba custodiarla?

Pero que nadie intente borrarme mi ángel propio.

Aquel del que mi madre cada noche

me hacía recordar “la dulce compañía”,

antes de que en mi cuarto se apagara la luz

y yo quedara dominado

por las terribles leyes de lo oscuro.

Únicamente protegido por la custodia vigilante

de mi invisible compañero.

Preparado a soñar sin que nada turbara mi reposo

con mis sueños de entonces:

las aventuras marineras y los caballos blancos.

Quiero que siga dentro

de mi piel este ángel siempre alerta,

porque le fue, sin duda, encomendado

que me librara de cualquier peligro.

Y así podrá llevarme de la mano

–salvándome de dudas, angustias y tropiezos–

hasta el bendito sueño de que debo encontrar

a Dios en el final de mi camino.

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¿O ESTARÍAN A MI LADO LOS QUE A MÍ MÁS ME QUIEREN?

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El tema de la muerte ha sido, a lo largo de la aventura existencial de Aleixandre, reiterado motivo de inquietud y de alarma. En “Sólo” (2003), refería la brutal noticia del fallecimiento de su esposa: “Eran las nueve de la noche / –cuando también morían las luces de la tarde–, / y de repente todos los relojes / de nuestra casa / dejaron de latir al mismo tiempo (en “La muerte llega”).

Tres años después, por los versos de “La sombra de la muerte”, evoca, de nuevo, José Javier el terremoto que sacudió su felicidad amorosa: “En mi casa la muerte sin disculpas entró / como una furia, / derribándome toda mi despreocupación…” Y, después de afirmar que “la muerte ha de llegar también / para mí mismo cualquier día…”, nos descubre su preocupación al oír que la muerte, dicen, viene a ofrecerle su último descanso. Se rebela y escribe: “Pero, ¿si yo no quiero descansar? / Es decir: ¿si no quiero soportar el misterio / que oculta la promesa del descanso?”

Ilustra los versos presentes la hermosa fotografía de una persona encamada y acaso muy enferma, pero arropada por familiares y amigos. Recordemos las cavilaciones del texto de hoy: “¿Estaré solo en una noche sin ningún despertar, / o estarán a mi lado los que a mí más me quieren, / cuando llegue la cita tan temida?”

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MI MUERTE

Cuando llegue a la cita

¿es cierto que vendrá sin avisar,

como ladrón, mi muerte?

¿Me llegará mi muerte ruando descuidado,

con pasos indolentes procurando encontrar

una calle cualquiera,

o parado delante de algún escaparate

donde se exhiban libros,

sin que pueda leer hasta el final

el título de alguno

que buscaba el favor de mi mirada?

¿Tendré en una cuartilla entre mis manos

–leyéndolo en voz alta con las pausas precisas

en algún acto literario–

el que ya sí será mi poema postrero

que acabe en una pausa total inesperada?

¿Vendrá como una ráfaga presurosa de viento,

o llegará despacio y advirtiéndome

con tiempo suficiente

para que me prepare a recibirla

como el último aliento de un hombre se merece?

¿Se acostará conmigo la muerte cuando llegue?

¿Será en mi cama propia

que logró consolarme con sosegado sueño de dormido,

y cobijó al amor hacedor de la vida?

¿O será entre las sábanas de una cama alquilada

de dolientes sudores ajenos heredera?

¿Estaré solo en una noche sin ningún despertar,

o estarán a mi lado los que a mí más me quieren

cuando llegue la cita tan temida?

Porque es verdad que tengo miedo

del filo inevitable de ese tenaz cuchillo

que para siempre cortará los hilos

de resignado títere

con que la vida sigue manejándome.

Pero me gustaría verla venir y recibirla

con total entereza.

Con la elegancia con que siempre

quise en mi vida distinguirme.

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AL FINAL EXISTA UN PUERTO ALTÍSIMO

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Me gustaría incorporar a “Necesaria esperanza” un original soneto octosilábico del poeta de los sonetos, donde, con soltura y desenfado, expresa a sus lectores su definitivo anhelo para todos. Dice así: “EL ÚLTIMO DESEO: / Cuando me vaya no quiero / llantos para mi camino, / porque será mi destino / la vida mejor que espero. / Que sientan mi marcha, pero / que elijan el mejor vino / para brindar por mi sino / de esperanzado viajero. / Tantos me están esperando / por las alturas, que cuando / llegue será mi alegría / tanta, que a mi nuevo ser / no le dolerá perder / la vida que antes tenía.”

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NECESARIA ESPERANZA

La necesito. Necesito

la esperanza –sin dudas– de que no se termine

mi vida al acabárseme la vida.

Cuando yo sólo sea pasado y sólo quede

mi recuerdo levísimo

dentro de la memoria de unos pocos.

Yo necesito la esperanza

de que al final exista un puerto altísimo

donde sea esperado.

Necesito creer que lograron ser fértiles

algunas de las pocas rosas que cultivé

para Dios con mis manos tan lejanas.

Necesito esperar que tras mi espera

la esperanza se abra

como secreta flor que adorne

la escasa brillantez de mi cosecha.

Y cuando para siempre deje atrás

cuanto es ahora mío, necesito

que la esperanza brille como un faro

que por un decisivo mar me guíe.

Que me pueda apoyar en la esperanza

de que después hay algo

que no podíamos ver antes.

Y aunque dicen que tiene color verde

quiero que mi esperanza sea blanca:

una bandera blanca con la que yo me rinda

sin condiciones a mi hallazgo

de Dios.

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JOSÉ JAVIER ALEIXANDRE

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"Poeta de tersos, hondos, personalísimos versos"

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JUAN VAN-HALEN

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8.Desde aquí abajo

LOS ÁNGELES

MI MUERTE

NECESARIA ESPERANZA

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