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Expresiones clave del cristianismo (IV)

Salvador del mundo

+Iêsoús engísas syneporeúeto autoîs/ipse Iesus appropinquans ibat cum illis. Acercándose Jesús mismo los acompañaba. Cuando estamos con otros, fundamentalmente cuando estamos con otro u otros hombres, Jesús está al lado nuestro y va con nosotros. Todo enamorado de Jesús presiente su cercanía, y su sonrisa de amigo incondicional. Jesús es el compañero bueno que nos insufla alegría y nos anima a construir el bien. Tenemos que presentirlo siempre, y dejarle un sitio especial.

Jesús, el amigo

 Hópôs te parédôkan autòn hoi archiereîs kaì árchontes hêmôn eis kríma thanátou kaì estaúrôsan/et quomodo eum tradiderunt summi sacerdotes in damnationem mortis et crucifixerunt eum. Y de qué modo lo entregaron los sumos sacerdotes y nuestra autoridad política a la pena de muerte y lo crucificaron. Seamos claros: Jesús no fue ejecutado por el pueblo llano, por esas turbas ( óchloi ) con que tanto gustaba ir acompañado. Séneca aconsejaba a su amigo Lucilio que estuviera siempre con la turba para apartarse de sí mismo, pues yendo sólo consigo andaría demasiado cerca de ser un malvado ( Epistula ad Lucilium, XXV ). Estando con quienes no tienen poder se libra uno de tener cerca a Satanás. El poder es siempre Satanás.

     Edei patheîn tòn Christòn/oportuit pati Christum. Convenía que Cristo padeciera. Es lo que nos dice el mismo Cristo ya resucitado. Pero este misterio no lo entendemos y nos hace sufrir. ¿No era bastante que Dios se comprometiera con sus criaturas encarnándose en una de ellas con todas las debilidades de la vida para tener además que morir en cruz? No, no era bastante. Había que bajar al fondo de la llamada kénôsis o vaciamiento de toda capacidad. La kénôsis de Jesús ya comienza en su encarnación y en su nacimiento, pero culmina por completo en su Pasión y Muerte. Pero, aunque limitada, antes de la Pasión su naturaleza divina estaba todavía aún en parte operativa: camina sobre las aguas, hace todo tipo de milagros, desaparece de los lugares, dialoga con Moisés y Elías, etc. Pero en su sacrificio en la cruz, Dios está ya aparentemente oculto, que diría el miles Christi San Ignacio de Loyola en sus Ejercicios Espirituales – Ejercicio y Ejército tienen la misma raíz -, y Jesús sólo queda en su condición de hombre obediente (hypêkoos) que sufre y muere. Jesús es el perfecto paradigma de la obediencia al Padre. El hombre, esclavo del pecado, aunque desde el fondo de él mismo, aspire a obedecer a Dios, es incapaz de hacerlo.

Para llegar a ello, para que halle “la ley en el fondo de su ser” (Jer. 31, 33) es preciso que Dios envíe a su siervo. “Así como por la desobediencia de uno solo la multitud fue constituida pecadora, así por la obediencia de uno solo la multitud será constituida justa” (Rom. 5, 19). La obediencia de Jesucristo es nuestra salvación y por ella nos es dado volver a la obediencia a Dios. La vida de Jesucristo fue, desde “su entrada en el mundo” (Heb. 10, 5) y “hasta la muerte de cruz” (Flp. 2, 8), obediencia, es decir, adhesión a Dios a través de una serie de intermediarios: personajes, acontecimientos, instituciones, Escrituras de su pueblo, autoridades humanas. Venido “para hacer no su voluntad, sino la voluntad del que le ha enviado” (Jn 6, 38; Mt 26,39), pasa toda la vida en los deberes normales de la obediencia a los padres (Lc. 2, 51), a las autoridades legítimas (Mt, 17, 27). En su pasión llega al colmo su obediencia, al entregarse sin resistir a poderes inhumanos e injustos, “haciendo a través de todos estos sufrimientos la experiencia de la obediencia” (Heb. 5, 8), haciendo de su muerte el sacrificio más precioso a Dios, el de la obediencia. La kénôsis era necesaria, imprescindible, para la redención del hombre, porque sólo sin la naturaleza divina podía Jesuscristo ser la víctima humana, sólo humana, que expiara los pecados de todos los hombres. Que los verdugos lo despojasen de sus ropas y lo dejasen desnudo no era nada, en comparación de lo que Él se había despojado, de lo que Él había renunciado por amor, de su misma naturaleza divina, hasta la Resurrección o anástasis.

Cristo

Sin embargo, nosotros, que sólo poseemos pura vanagloria, inanis gloria o “kenodoxía” – San Pablo juega con la raíz keno-, que indica vacío, en el mismo capítulo en que aparece el vaciamiento o kénôsis de Jesuscristo -, nosotros, puro vacío con unos pocos de átomos, nos aferramos a nuestras puras fantasías de dinero, casas, vestidos, reputación social, triunfos políticos, poder, fuerza, belleza, etc., cuando Jesús en la pasión se ha desprendido por amor a nosotros de la divinidad, que es la única realidad segura, la omnipotente seguridad del ser no contingente. Nosotros nos aferramos a vacíos coloreados de ilusiones efímeras, y Jesús se desprende del poder por encima de todo poder. Y lo que es ya escandaloso es que hasta las órdenes religiosas, prelaturas o asociaciones aparentemente cristianas, desoyendo a Cristo – “obedecer” tanto en latín - oboedire – como en griego – hypakoúô – deriva de los verbos que significan oír, audire y akoúô – se resisten a despojarse de sus más mezquinos privilegios y poder sobre la Iglesia, hasta desear la muerte del Papa si ven en él un peligro de perder su cuestionado poder – y el Evangelio nos señala que el demonio da el poder a quien quiere -. Además, la autoridad entre los hombres es inherente a un cargo y no tiene nada que ver con el carácter del ocupante o la calidad de sus acciones. La suprema generosidad de la kénôsis de Jesucristo no es imitada por el hombre, que precisamente en su despojamiento sólo se iría a desprender de una fantasía.

Y para San Agustín la fantasía es el reino de Satanás, al que le damos lo único que vale sólo por un aire de fantasía. El hombre, como decía Ortega, es un dios de ocasión. Deprime la defensa numantina de las riquezas y los privilegios de organizaciones que se tienen por partes de la Iglesia, cuando el fundador de la Iglesia se despojó de lo más grande que el universo puede contemplar para redimirnos. No hace falta ser un Karl Rahner, un Albert Schweitzer, un Hans Urs von Balthasar, un Hans Küng o un Joseph Ratzinger, para saber por propia experiencia que el verdadero amor nos exige un total despojamiento de lo que tenemos y somos a favor del ser amado. Los héroes del amor de la gran Literatura Universal nos lo constatan una y otra vez. Como criaturas salidas de las manos de un Dios de Amor vemos en la propia kénôsis la liberación de lo que no somos, fantasmas con lo que nos ha ido cargando el demonio, y, por otra parte, nos encontramos con lo que realmente somos, con nosotros mismos, en un proceso de autoanagnórisis que va del sufrimiento a la dicha. Por otra parte, si Jesús no hubiese sido crucificado, Dios hubiese estado obligado a convertir el mundo de los hombres en su Reino de Amor, despojándonos de nuestra propia libertad. Esto es, ajenos a su imagen y semejanza.

    Meînon meth´ hêmôn/Mane nobiscum. Permanece con nosotros. Pedimos a Jesús, muchas veces con angustia, que permanezca con nosotros, sin reparar que está siempre con nosotros. Si lo amamos no sentiremos melancolía, porque está con nosotros siempre, incluso cuando nos comportamos como malos discípulos suyos. Con sólo ser amable con otro hombre sentiremos la dulce presencia del Maestro.

    Egnôsthê autoîs en têi klásei toû ártou/cognoverunt eum in fractione panis. Lo conocieron en la fracción del pan. Es seguro que Jesús tenía un modo especial de partir el pan para repartirlo y de bendecirlo. Jesús bendice el alimento que se reparte entre todos los hermanos, sin excluir a nadie, y el pan nos mantiene vivo el cuerpo, y si lo repartimos con el amor que lo repartía Jesús nos da la vida eterna. La primera inscripción que nos tradujo Hrozny del hetita, demostrando así que era una lengua indoeuropea, fue “Ahora comeréis pan y luego beberéis agua”. El pan es símbolo de vida compartida.

Le conocieron al partir del pan

Tên phônên autoû/vocem eius. Su voz. Las ovejas y, en general, todos los animales domésticos, conocen la voz de su dueño, una voz que siempre los tranquiliza y alegra, porque supone la protección, el alimento y el cariño. También nosotros, cuando oímos la voz de Nuestro Señor en cualquiera de sus representantes, los sacerdotes, en cualquiera de su orden jerárquico, en el momento de la Misa o dando los sacramentos, debemos llenarnos de paz y alegría porque el Señor nos está hablando. No obstante, a veces, afortunadamente pocas, los pastores de la Iglesia son agentes del maligno. Ya decía Tito Livio ( XXXIX, 16, 7) que a veces se pone la voluntad de los dioses como cobertura de los delitos y crímenes de los sacerdotes o de sectas aparentemente buenas, y entonces, cuando descubrimos sus crímenes y pecados, nos embarga el ánimo y el temor a que, al castigar la mala conducta de los hombres, violemos algo afectado por las leyes divinas. Distingamos bien la voz del buen pastor de la voz de los demonios con hábitos santos, siempre tan cercanos.

    Ha ho theòs ekathárisen sý mê koínou/Quod Deus purificavit, tu commune ne dixeris. Las cosas que Dios purificó, tú no las denomines vulgares ( en sentido de gentiles ). No hay nada salido de las manos de Dios que sea vulgar, ni abominable. No hay alimento impuro, no hay creación de Dios impura; lo único impuro puede estar en nuestra glotonería y en nuestros ojos.

   Allophýlos/alienigena. Extranjero. Ahora que vivimos tiempos duros de racismo y xenofobia, los cristianos debemos recordar que desde el mismo principio de nuestra historia, desde la Iglesia de Antioquía, la Iglesia Católica desterró este término de la comunión de los cristianos.

    Ou…hína krinêi tòn kósmon, all´ hína sôthêi ho kósmos/non…idicet mundum, sed ut salvetur mundus. No…para juzgar el mundo, sino para que se salve el mundo. Dios se comprometió con su creación, encarnándose en Jesús, para salvarlo, no para juzgarlo. Ya dice Mahoma en El Corán que nos salvamos porque lo quiere Dios, no porque alguien lo merezca.

Salvador del mundo

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