Ya va siendo hora de romper el silencio
A pocos días de la celebración del Foro KRISARE en Vitoria-Gasteiz, los próximos 8 y 9 de mayo, su lema —“El silencio que condena”— interpela con una claridad difícil de esquivar
A pocos días de la celebración del Foro KRISARE en Vitoria-Gasteiz, los próximos 8 y 9 de mayo, su lema —“El silencio que condena”— interpela con una claridad difícil de esquivar. No se trata solo de una consigna sugerente, sino de una denuncia directa: hay silencios que pesan, que hieren y que sostienen injusticias. Silencios que, más allá de una opción que se puede considerar de cuidado a nivel individual, y lejos de ser neutrales, terminan posicionándose del lado de quienes tienen el poder.
Vivimos en un tiempo donde el ruido es constante, pero eso no significa que haya más verdad ni más justicia. A menudo, el exceso de palabras convive con silencios profundos: silencios ante la desigualdad creciente, ante la precariedad estructural, ante el sufrimiento de quienes quedan en los márgenes. Silencios que no están hechos para acallar el foro interior, y escucharse, y escuchar… y que pueda brotar algo mejor y constructivo… sino esos silencios que no son casuales: que nacen del miedo, de la comodidad, o de una indiferencia aprendida que anestesia la conciencia.
Romper esos silencios es, hoy, una tarea urgente
Porque cuando callamos ante la injusticia, no solo dejamos de acompañar a las víctimas, sino que contribuimos —aunque sea de forma indirecta— a perpetuar las estructuras que las generan. La historia, tanto civil como eclesial, está llena de ejemplos donde el silencio de las mayorías permitió el avance de dinámicas profundamente inhumanas.
En el ámbito cristiano, esta cuestión adquiere una densidad particular. La fe en un Dios encarnado no permite refugiarse en espiritualidades evasivas ni en discursos abstractos que ignoran la realidad concreta. Como recuerda la teóloga Pepa Torres —una de las ponentes de esta edición del Foro KRISARE— en su artículo de gran lucidez (“Conspirar”, 2021): “La espiritualidad no es una terapia anti-estrés, sino que nos ubica en un horizonte habitado por un Dios solidario con las víctimas, (…)”.
Esta afirmación desarma muchas coartadas. Si Dios está del lado de quienes sufren, el silencio ante su sufrimiento no puede justificarse como prudencia ni como neutralidad. Es, en el mejor de los casos, una desconexión; en el peor, una forma de complicidad.
Si Dios está del lado de quienes sufren, el silencio ante su sufrimiento no puede justificarse como prudencia ni como neutralidad. Es, en el mejor de los casos, una desconexión; en el peor, una forma de complicidad
Pepa Torres va más allá al denunciar un problema de fondo en ciertos sectores eclesiales: la separación entre lo espiritual y lo material, entre la fe y la vida concreta. Ese dualismo —todavía presente— permite que se elaboren discursos elevados sobre la moral o la doctrina mientras se desatienden las condiciones reales en las que viven las personas. Y ahí, nuevamente, el silencio juega un papel clave: se habla mucho de algunos temas, pero se calla sobre otros que afectan directamente a la dignidad humana.
No es difícil reconocer esta dinámica en nuestro entorno más cercano. En muchas ocasiones, los poderes eclesiales han asumido un papel de autoridad moral desde posicionamientos claramente conservadores, presentando como inmutables opciones que en realidad responden a contextos históricos y culturales concretos. Cuando lo humano se absolutiza y se reviste de divino, el margen para la crítica se estrecha, y el silencio se convierte en refugio para quienes no comparten esas posturas pero temen las consecuencias de expresarlo.
En la diócesis de Vitoria, sin necesidad de entrar en polémicas estériles, se percibe un clima donde no pocas voces experimentan dificultad para ser escuchadas. Cuando la gobernanza se inclina hacia formas rígidas y poco dialogantes, el riesgo no es solo la división, sino la generación de un silencio denso, incómodo, que no nace de la comunión sino de la distancia. Y ese silencio, aunque no siempre visible, va erosionando lentamente el tejido comunitario.
Sin embargo, no todo es resignación. Allí donde el silencio parece imponerse, surgen también pequeñas resistencias: comunidades que hablan, colectivos que se organizan, creyentes quede -desde su compromiso con el Evangelio- deciden no callar. Es lo que la propia Pepa Torres sugiere cuando invita a “conspirar”, es decir, a tejer redes de cuidado, de justicia y de esperanza en medio de la crisis.
Romper el silencio no significa gritar más alto, sino hablar con verdad. Implica asumir riesgos, sí, pero también abrir caminos. Significa poner palabras a lo que duele, a lo que incomoda, a lo que necesita ser transformado. Y hacerlo no desde la confrontación estéril, sino desde una fidelidad profunda al Evangelio, que nunca fue neutral ante la injusticia.
Jesús de Nazaret no construyó su misión sobre el silencio cómplice. Su palabra fue clara frente a la hipocresía, firme ante la exclusión, cercana con quienes sufrían. Recuperar esa memoria no es un ejercicio piadoso, sino una exigencia ética.
El Foro KRISARE puede ser, en este sentido, mucho más que un espacio de reflexión. Puede convertirse en un lugar donde ensayar esa palabra necesaria, donde compartir experiencias, donde reconocer silencios y empezar a transformarlos. Porque solo cuando el silencio se rompe, la injusticia empieza a tambalearse.
Quizá la pregunta que queda flotando es sencilla, pero decisiva: ¿qué estamos callando hoy que no deberíamos callar? Y, sobre todo, ¿qué pasos estamos dispuestos a dar para que nuestra palabra —personal y comunitaria— deje de condenar y empiece, de verdad, a liberar? ¿cómo hacerlo?
Nos vemos en el Foro…
+ info: www.krisare.org