Los Papas y las guerras en la época contemporánea
En 1963, Juan XXIII escribía que, en la era atómica, resulta casi imposible pensar que la guerra pueda considerarse un instrumento de justicia. En esta línea se sitúa León XIV, que está haciendo de la paz uno de los temas centrales de su pontificado
(Andrea Tornielli/Vatican News).- Mientras se vuelve a hablar de «guerra justa», vale la pena recordar el magisterio de paz de los pontífices que se han sucedido en la Cátedra de Pedro en los últimos cien años. Un magisterio que se ha ido enriqueciendo y profundizando, llegando a definir como cada vez más difícil la posibilidad de que exista una «guerra justa». Las reflexiones sobre la teología de siglos pasados y sobre las posibles justificaciones de la guerra no tienen en cuenta el hecho de que, cuando los teólogos del pasado escribían sobre estos temas, las guerras se libraban con espadas y palos, y no con artefactos letales y drones guiados por máquinas, un hecho que plantea cuestiones morales de dramática intensidad. De hecho, cada vez ha madurado más la conciencia de que la guerra no es un camino que se deba seguir.
Desde la carta a los beligerantes de Benedicto XV de 1917, que define la Primera Guerra Mundial como una «matanza inútil», hasta los intentos de Pío XII de evitar el estallido de la Segunda Guerra Mundial; desde las palabras de Juan XXIII en la «Pacem in terris», quien ya en 1963 escribía que «resulta casi imposible pensar que en la era atómica la guerra pueda utilizarse como instrumento de justicia», hasta el grito de Pablo VI ante la ONU «nunca más la guerra», pasando por los intentos desoídos de Juan Pablo II de evitar los desastrosos conflictos en Oriente Medio; los Sucesores de Pedro no han dejado de alzar su voz, marcada por la profecía y el realismo, aunque, por desgracia, la mayoría de las veces sin ser escuchados.
El texto de referencia es, ante todo, el Catecismo de la Iglesia Católica, que contempla el derecho a la legítima defensa, pero impone «condiciones estrictas» incluso a la guerra defensiva: «Es necesario, al mismo tiempo: que el daño causado por el agresor a la nación o a la comunidad de naciones sea duradero, grave y cierto; que todos los demás medios para ponerle fin se hayan revelado impracticables o ineficaces; que existan condiciones fundadas de éxito; que el recurso a las armas no provoque males y desórdenes más graves que el mal que se pretende eliminar. En la evaluación de esta condición tiene un peso enorme la potencia de los medios modernos de destrucción». ¿Quién puede negar que la humanidad se encuentra hoy al borde del abismo precisamente a causa de la escalada del conflicto y de la potencia de los «medios modernos de destrucción»?
Ya no podemos pensar en la guerra como una solución, dado que los riesgos probablemente siempre serán superiores a la hipotética utilidad que se le atribuye
El «no» a la guerra se ha repetido con creciente fuerza también durante el pontificado del papa Francisco, quien en la encíclica «Fratelli tutti» escribió: «Fácilmente se opta por la guerra esgrimiendo todo tipo de excusas aparentemente humanitarias, defensivas o preventivas, recurriendo incluso a la manipulación de la información. De hecho, en las últimas décadas todas las guerras han pretendido tener una «justificación» (...) La cuestión es que, a partir del desarrollo de las armas nucleares, químicas y biológicas, y de las enormes y crecientes posibilidades que ofrecen las nuevas tecnologías, se ha dotado a la guerra de un poder destructivo incontrolable, que afecta a muchos civiles inocentes. En verdad, «nunca la humanidad ha tenido tanto poder sobre sí misma y nada garantiza que lo utilice bien». Por lo tanto, ya no podemos pensar en la guerra como una solución, dado que los riesgos probablemente siempre serán superiores a la hipotética utilidad que se le atribuye. Ante tal realidad, hoy es muy difícil sostener los criterios racionales madurados en otros siglos para hablar de una posible «guerra justa». ¡Nunca más la guerra!».
Su sucesor, León XIV, hizo de la paz uno de los temas centrales de su pontificado: ante la locura de la escalada bélica y los gastos desmesurados en rearme, recorre con igual realismo y profecía el camino ya abierto por sus predecesores pidiendo paz, diálogo y negociación. Las matanzas de civiles perpetradas en estos últimos años sacuden las conciencias de miles de millones de personas en todo el mundo, que miran al Obispo de Roma. El papa León, como hizo Jesús en Getsemaní, invita con fuerza a guardar la espada en la vaina: «Por todas partes se perciben amenazas en lugar de llamadas a la escucha y al encuentro», dijo durante la vigilia de oración del sábado 11 de abril. Explicando que «quien reza es consciente de sus propios límites, no mata ni amenaza con la muerte. En cambio, está sometido a la muerte quien ha dado la espalda al Dios vivo, para hacer de sí mismo y de su propio poder el ídolo mudo, ciego y sordo, al que sacrificar todo valor y pretender que el mundo entero se doble ante él. ¡Basta ya de la idolatría de uno mismo y del dinero! ¡Basta ya de la exhibición de la fuerza! ¡Basta ya de la guerra! La verdadera fuerza se revela al servicio de la vida».