Otras perspectivas de la antropología teológica son posibles. En diálogo amistoso con el arzobispo Luis Argüello
"Una palabra eclesial sobre la corrupción del poder solo alcanza plena credibilidad cuando incluye una revisión de la propia Iglesia. La crítica profética comienza por la casa propia, no para incapacitar la misión eclesial, sino para purificarla y situarla bajo el juicio del Evangelio. Hacer crítica es obligatorio y coherente en asuntos como los abusos sexuales, espirituales y de conciencia, el clericalismo y la concentración de decisiones, la utilización partidista del discurso eclesial, la marginación de las mujeres y la limitada participación laical en la potestas así como la resistencia práctica a la sinodalidad"
Varios amigos me piden una reflexión en torno a la conferencia sobre “La respuesta de las democracias a los retos éticos y antropológicos de la sociedad”. Un poco a “contracor”, a regañadientes, pero con espíritu constructivo y de aprecio sincero propongo estas líneas para seguir dialogando.
Una intuición válida y una crítica necesaria
La conferencia de arzobispo Luis Argüello con motivo del curso de Verano “El colapso de la democracia” contiene intuiciones importantes: denuncia la reducción de la persona al individuo, recuerda que la democracia necesita un pueblo real, reclama responsabilidad ciudadana y distingue entre demos,auctoritas y potestas. Su diagnóstico acierta al señalar que toda democracia presupone una comprensión de la persona, de la libertad y del bien común.
Sin embargo, su centro de gravedad necesita desplazarse desde el punto de vista de la antropología teológica. El discurso parte principalmente de una antropología que debe ser defendida frente a determinadas transformaciones culturales. La perspectiva evangélica pide comenzar, en cambio, partiendo de una humanidad herida que debe ser escuchada, acogida, acompañada y liberada. La dignidad no se comprende plenamente desde una definición abstracta, sino desde los cuerpos e historias concretas cuya dignidad es negada.
1. Antropología desde la mirada con los últimos
Argüello sitúa correctamente la cuestión antropológica en el corazón de la crisis democrática, pero la desarrolla sobre todo alrededor de la natalidad, la familia, la sexualidad, el género, la autonomía individual y la pérdida de vínculos. Los pobres y las estructuras de pecado aparecen de forma colateral en su propuesta.
Desde una antropología cristiana que se desprende la la vida y el mensaje de Jesús, el punto de partida debería ser otro: ¿qué nos revela sobre el ser humano la vida de quienes son descartados? La persona sin hogar, el migrante, la familia que no puede pagar la vivienda, el trabajador precario o la mujer empobrecida no son únicamente casos sociales a los que aplicar una antropología ya formulada. Son un lugar teológico y hermenéutico desde el que comprender la dignidad, la libertad, la relación, el pecado estructural y la salvación.
La opción por los pobres no es una aplicación posterior de la doctrina sobre la persona. Pertenece al modo cristiano de conocer a la persona. El Evangelio no permite hablar de dignidad al margen del cuerpo herido, ni de libertad al margen de las posibilidades reales, ni de ciudadanía ignorando a quienes carecen de domicilio, documentación, trabajo estable o reconocimiento social
La opción por los pobres no es una aplicación posterior de la doctrina sobre la persona. Pertenece al modo cristiano de conocer a la persona. El Evangelio no permite hablar de dignidad al margen del cuerpo herido, ni de libertad al margen de las posibilidades reales, ni de ciudadanía ignorando a quienes carecen de domicilio, documentación, trabajo estable o reconocimiento social.
No basta con corregir la antropología individualista mediante una antropología relacional. Hace falta una antropología crucificada y pascual: la persona se comprende desde la vulnerabilidad asumida por Cristo, desde la dignidad que permanece en el cuerpo despreciado y desde la promesa de resurrección que niega que la exclusión tenga la última palabra.
- La dignidad debe contemplarse desde el cuerpo herido y descartado.
- La libertad debe examinarse desde quienes carecen de posibilidades reales de elección.
- La familia debe considerarse también desde las familias quebradas por la pobreza, la migración o la precariedad.
- La ciudadanía debe pensarse desde quienes carecen de domicilio, documentación o voz pública.
- La fraternidad debe verificarse en la mesa compartida con quienes han quedado fuera.
La conferencia insiste acertadamente en promover, responsabilizar y reconstruir vínculos en la democracia. Pero necesita incorporar con mayor fuerza la acogida incondicional, la protección de la fragilidad, la curación de las heridas y la transformación de las estructuras que producen exclusión.
En este marco, resulta problemática la caricatura de un Estado convertido en una “Cáritas laica” que reparte ayudas. Es legítimo criticar políticas que produzcan dependencia, pero la protección social no es necesariamente limosna. Puede ser justicia distributiva, reconocimiento de derechos y garantía del bien común. La subsidiariedad solo es cristiana cuando permanece inseparable de la solidaridad.
2. Los límites teológicos y pastorales de la batalla cultural
La conferencia que es más una reflexión en voz alta, corre el riesgo de interpretar la crisis antropológica mediante el esquema de la batalla cultural: de un lado, una antropología cristiana que debe ser defendida; del otro, un proyecto de deconstrucción promovido por el Estado, determinados organismos internacionales, el capitalismo cultural y las políticas sobre sexo y género.
La Iglesia debe proponer una visión cristiana del cuerpo como don de Dios, la diferencia sexual, la familia, la generación y la libertad. Pero el esquema polarizante introduce una simplificación peligrosa. Convierte experiencias humanas complejas en signos de pertenencia ideológica y puede confundir el anuncio evangélico con la defensa de una identidad cultural amenazada.
Este paradigma de la “batalla cultural” tiene fuertes limitaciones ya que:
- Reduce cuestiones humanas complejas a una oposición entre dos bloques ideológicos.
- Dificulta la escucha de las experiencias concretas de sufrimiento, discriminación, soledad o búsqueda de identidad.
- Puede confundir la fidelidad al Evangelio con la protección de una determinada configuración cultural.
- Favorece la polarización que se pretende superar, como muestran las consecuencias de la misma conferencia.
- Concentra la antropología cristiana en algunos asuntos bioéticos y sexuales, dejando en segundo plano otras formas de negación de la dignidad.
Antes de clasificar una experiencia como ideología, la propuesta cristiana debe escuchar qué dolor, qué soledad, qué violencia o qué necesidad de reconocimiento hay detrás. El discernimiento no equivale a renunciar a la verdad. Reconoce que la verdad cristiana se comunica mediante la relación, el tiempo, la paciencia, la misericordia y la participación de las personas afectadas.
También son afirmaciones antropológicas que una persona pueda vivir en la calle; que el trabajo no permita salir de la pobreza; que la vivienda sea tratada exclusivamente como mercancía; que el migrante sea reducido a fuerza laboral o amenaza; que la guerra convierta vidas humanas en daños colaterales; o que la tecnología determine quién es útil y quién es prescindible.
Una crítica cristiana encarnada debería combatir menos desde una antropología abstracta y discernir más ampliamente todas las estructuras que producen descarte. La pregunta no es solo qué concepto de persona expresa una ley, sino qué vidas protege, qué vidas expone y qué vidas invisibiliza.
3. Iglesia y Estado: presencia social, espiritual y profética
Argüello sostiene que las democracias necesitan recuperar la auctoritas y que los distintos actores deben exponer sus fuentes de referencia ética. La afirmación es razonable: ningún Estado es antropológicamente neutro y toda legislación presupone alguna comprensión de la persona, la libertad y el bien común.
La dificultad aparece cuando la Iglesia puede ser percibida como una instancia ética exterior, situada frente al Estado para juzgarlo y recordarle la verdad antropológica. Esa función puede ser legítima, pero es insuficiente y corre el riesgo de convertirse en tutela moral. La autoridad cristiana no procede primariamente de poseer una doctrina correcta, sino de encarnar una forma de vida evangélica creíble.
La relación entre Iglesia y Estado se puede desplegar en tres dimensiones. Desde la presencia social a través de las comunidades que intentan abrirse a todos y compartir en la Sociedad plural desde una atención especial a los más vulnerables. La oferta espiritual que forma la conciencia desde la escucha, la conversión y la esperanza en el don de Dios. El impulso profético que desde la palabra libre denuncia la injusticia desde la cercanía a las víctimas, la acción reparadora y la propuesta constructiva de alternativas
La mejor aportación de la Iglesia a la democracia no consiste en presentarse como depositaria exclusiva de la auctoritas, sino en ofrecer la experiencia concreta de un pueblo que practica la amistad social como indica Mons. Luis Argüello. Esta segunda formulación es más evangélica que la de una Iglesia convertida en tribunal antropológico
La mejor aportación de la Iglesia a la democracia no consiste en presentarse como depositaria exclusiva de la auctoritas, sino en ofrecer la experiencia concreta de un pueblo que practica la amistad social como indica Mons. Luis Argüello. Esta segunda formulación es más evangélica que la de una Iglesia convertida en tribunal antropológico.
La Iglesia adquiere autoridad cuando lava los pies, se hace prójimo, comparte la mesa, acompaña procesos y rinde cuentas. La palabra pública resulta creíble cuando procede de una comunidad que vive aquello que anuncia y reconoce humildemente sus propias contradicciones.
4. Derecho y potestas frente a profecía escatológica
La distinción entre demos, auctoritas y potestas resulta fecunda. También son necesarias la defensa de la separación de poderes, la legalidad, la libertad de prensa, la transparencia presupuestaria y la responsabilidad ciudadana. Sin instituciones y procedimientos, la democracia se degrada.
Sin embargo, una teología cristiana no puede detenerse en la restauración de las reglas del juego. La legalidad no coincide necesariamente con la justicia. Existen leyes legales pero injustas, instituciones formalmente correctas que excluyen y procedimientos democráticos incapaces de escuchar el clamor de quienes carecen de poder.
La profecía bíblica no se limita a pedir que los gobernantes respeten las normas. Interroga las condiciones materiales y simbólicas de la convivencia: ¿Quién queda fuera de la ciudad y de la ciudadanía? ¿Quién controla la tierra, la vivienda y la riqueza? ¿Quién no recibe justicia aunque el procedimiento se cumpla? ¿Quién puede hablar y quién es silenciado? ¿Quién soporta el coste de la paz social? ¿Qué víctimas permanecen invisibles para la ley?
¿Quién queda fuera de la ciudad y de la ciudadanía? ¿Quién controla la tierra, la vivienda y la riqueza? ¿Quién no recibe justicia aunque el procedimiento se cumpla? ¿Quién puede hablar y quién es silenciado? ¿Quién soporta el coste de la paz social? ¿Qué víctimas permanecen invisibles para la ley?
La escatología introduce una reserva crítica frente a todo poder. Ninguna Constitución, nación, Estado o forma de democracia realiza plenamente el Reino de Dios. El Reino juzga a todas las instituciones desde los hambrientos, los extranjeros, los desnudos, los enfermos y los encarcelados.
Desde esta perspectiva, la potestas debe ser transformada por la diakonía. La autoridad de Jesús no consiste en dominar correctamente, sino en entregar la vida. La cruz revela una autoridad kenótica; la resurrección anuncia que el poder de la víctima no queda definitivamente anulado por el poder de los vencedores.
La Iglesia no debe limitarse a reclamar una potestas ordenada por una auctoritas moral. Está llamada a mantener viva una profecía escatológica que desabsolutiza tanto el poder político como el poder religioso, y que conserva abierta la historia a la justicia de Dios.
5. La necesaria autocrítica eclesial sobre la autoridad
Una palabra eclesial sobre la corrupción del poder solo alcanza plena credibilidad cuando incluye una revisión de la propia Iglesia. La crítica profética comienza por la casa propia, no para incapacitar la misión eclesial, sino para purificarla y situarla bajo el juicio del Evangelio. Hacer crítica es obligatorio y coherente en asuntos como los abusos sexuales, espirituales y de conciencia, el clericalismo y la concentración de decisiones, la utilización partidista del discurso eclesial, la marginación de las mujeres y la limitada participación laical en la potestas así como la resistencia práctica a la sinodalidad.
La auctoritas no es una propiedad que la institución posee automáticamente. Se recibe, se confirma y también se pierde. Nace de la coherencia entre palabra y vida, de la capacidad de rendir cuentas, de la escucha de las víctimas y de la conversión.
Una Iglesia que llama a la regeneración democrática debe mostrar que ella misma acepta procesos de participación, transparencia, distribución de responsabilidades y control del poder. De lo contrario, su defensa de las reglas democráticas puede sonar exterior y asimétrica.
6. Los límites de una concepción homogénea del demos
La afirmación de que para que haya democracia debe existir un pueblo contiene una intuición comunitaria valiosa frente al individualismo. Sin embargo, existe el riesgo de imaginar el demos como una comunidad culturalmente homogénea, articulada por una memoria, una familia y una identidad nacional supuestamente compartidas por todos.
Desde la Biblia, el pueblo de Dios no es una comunidad cerrada sobre su identidad. Se constituye mediante el éxodo, la alianza, la acogida del extranjero, la voz incómoda de los profetas y, en Pentecostés, la pluralidad de lenguas. La pertenencia bíblica no elimina la diferencia, sino que la hospeda y la transforma en comunión.
La amistad social cristiana no consiste en integrar al diferente en una identidad ya terminada, sino en permitir que el encuentro con el diferente transforme al propio pueblo. El migrante no es solamente alguien que debe asumir deberes de integración; también revela las insuficiencias morales, económicas y políticas de la sociedad que lo recibe.
Una concepción cristiana del pueblo debería incluir expresamente a quienes carecen de ciudadanía, migrantes y refugiados, minorías, personas sin hogar, habitantes de periferias territoriales y existenciales, y también a quienes no comparten la antropología cristiana
Una concepción cristiana del pueblo debería incluir expresamente a quienes carecen de ciudadanía, migrantes y refugiados, minorías, personas sin hogar, habitantes de periferias territoriales y existenciales, y también a quienes no comparten la antropología cristiana. La fraternidad universal ensancha la ciudadanía más allá de la pertenencia nacional y evita que el concepto de pueblo se convierta en instrumento identitario o excluyente.
7. Insuficiente análisis estructural de la pobreza y del capitalismo
La conferencia critica el capitalismo global y reconoce que las dificultades económicas afectan a la natalidad y a los vínculos. Sin embargo, no aparece un análisis suficientemente desarrollado de los mecanismos concretos que destruyen ciudadanía: precariedad laboral, financiarización de la vivienda, desigualdad fiscal, debilitamiento de servicios públicos, concentración de riqueza, mercantilización de los cuidados y poder de las grandes plataformas tecnológicas.
El individualismo no es únicamente una filosofía equivocada. Es también el resultado de estructuras económicas que obligan a competir, desplazarse, vivir solos, trabajar sin estabilidad y considerar al otro como rival. Las condiciones materiales producen subjetividad: no basta con exhortar a la responsabilidad si la organización económica impide ejercerla.
La respuesta cristiana no puede limitarse a recuperar valores familiares, deberes ciudadanos o asociaciones intermedias. Necesita promover transformaciones institucionales concretas: Vivienda digna y accesible, trabajo estable y salario suficiente, fiscalidad justa y lucha eficaz contra la evasión, sistemas públicos y comunitarios de cuidados, acogida migratoria y reconocimiento de derechos, participación real de los pobres en las decisiones que les afectan. Plantear límites democráticos al poder económico, financiero y tecnológico.
La opción por los pobres exige pasar de la asistencia a la promoción, pero también de la promoción individual a la transformación estructural. No se trata solo de que el pobre se incorpore al sistema, sino de preguntar qué debe cambiar en el sistema para que deje de producir pobres.
Para concluir
Resumiendo, la conferencia formula una intuición válida: sin antropología, ética, pueblo y responsabilidad no hay democracia. Sin embargo, la perspectiva teológica de los pobres obliga, a reformular el punto de partida: la crisis democrática no comienza únicamente cuando se pierde una determinada concepción de la persona, sino cuando dejamos de escuchar a las personas concretas cuya dignidad ha sido negada.
La pregunta decisiva no es únicamente “¿qué antropología sostienen nuestras leyes?”, sino también: ¿Qué pobres producen nuestras instituciones? ¿Quién queda fuera del demos? ¿Desde qué víctimas hablamos de dignidad? ¿Qué poderes económicos, políticos y religiosos necesitan conversión? ¿Qué prácticas eclesiales anticipan realmente el Reino?
La Iglesia ofrecerá una auténtica auctoritas cuando sea menos una instancia de batalla cultural y más un pueblo hospitalario, pobre, sinodal y profético. Su contribución a la democracia será creíble cuando la doctrina sobre la dignidad se haga presencia junto a las víctimas, servicio social, experiencia espiritual, autocrítica institucional y esperanza escatológica.