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Las grabaciones de Bernardo Álvarez

Domingo de borriquita

La procesión de la borriquita era para los niños de entonces no solo el arranque de las vacaciones de Semana Santa, sino una explosión de alegría a nuestra medida.

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La procesión de la borriquita era para los niños de entonces no solo el arranque de las vacaciones de Semana Santa, sino una explosión de alegría a nuestra medida. Salía por la tarde, a diferencia de otras cofradías nocturnas de la ciudad, y respiraba la algarabía del Domingo de Ramos.

Jesús es rey, pero el rey de los pequeños, no a lomos de un blanco caballo de caudillo mesiánico sino de un humilde asno mediterráneo, manso y amable bajo el sol. Con armas tan inofensivas como las palmas y olivos y con el aplauso del pueblo sencillo que abarrota los caminos.

Siempre me ha impresionado el contraste de este domingo: la entrada triunfal en Jerusalén frente a la soledad que queda después de la fiesta, con los ramos pisoteados y marchitos, con un Jesús solitario en el sendero de Emaús y la amenaza pesando sobre sus hombros. Es duplicidad de fiesta/sufrimiento, éxito/fracaso, alegría/tristeza, trasunto de la vida humana.

Una vivencia inefable que he intentado sugerir en este soneto:

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Domingo de borriquita

Sabe a domingo y agitar de palma

este triunfo con perfume a olivo

este gritar del pueblo redivivo

en honor del rey y señor del alma.

Sabe a pobreza, pequeñez y calma

este asno que se lleva altivo

hacia el dolor glorioso y decisivo

al Hombre Dios sobre su humilde enjalma.

Y tanto ramo en la niñez se queda

en un hosanna que suena a melodía,

en un recuerdo que nos llora y canta,

como si luego con la luz tardía

se nos pierde Jesús en la vereda

 a solas sólo en su Semana Santa.

Pedro Miguel Lamet

borriquita

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