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El "miedo ambiente"

Estamos siendo minados en el subconsciente

Es peor ese “miedo” difuso que se cuela por las rendijas de los medios de comunicación al propio deterioro del medioambiente, porque, si este último afecta a la vida del cuerpo, el primero socava la vida del alma

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Ver hoy día un telediario es casi como tragarse una película de terror y últimamente de ciencia ficción. Con la diferencia, eso sí, de que no se trata de ficción cinematográfica, sino de hechos reales. Recuerdo que, cuando yo estudiaba periodismo, los crímenes pasionales, las historias truculentas y sanguinarias, las puñaladas traperas y las relaciones inconfesables no merecían sino un “suelto”, una breve gacetilla en los rincones de los periódicos. Si se quería profundizar en tan morbosas historias, había que comprarse semanarios especializados como El Caso, auténtico pozo negro de aquellas noticias.

Lo curioso es que tales informaciones, que, por su carácter de no ejemplaridad, no ocupaban mucho espacio en los periódicos, están ahora en primera plana. Se aduce que son “violencia de género”, o que son “noticia”, como el caso de la desaparición o asesinato de niños, o que “venden”. Encima, algunas televisiones se regodean después en unos ululantes debates, revolviendo más y más dicha porquería. Conozco a muchos que apagan los telediarios porque su psique no aguanta más.

Si pasamos a la información política, económica e internacional, observamos que hay como un deleite en transmitir la negatividad que vive nuestro mundo. Es cierto que hay crisis económica, que a menudo hay guerras y desigualdades, que el planeta se deteriora, que crecen los nacionalismos, que la sociedad del bienestar está seriamente amenazada, que aumenta el número de dictaduras y la corrupción, etc. Pero parece que nuestra gente está siendo minada en su subconsciente con cargas de profundidad negativas.

Quizás el hecho de que salga el sol todos los días y que el tendero de la esquina nos cuente un chiste no sea noticia, de acuerdo. Pero sí lo son los miles de jóvenes que trabajan en ONG, así como los médicos y las enfermeras que se dejan la piel. Ahora, como nunca, la gente dona órganos o un sector notable de la sociedad está indignado con la corrupción política y quiere cambiar nuestro mundo. Solo por citar algunos ejemplos de esa otra cara alegre del planeta que parece no interesar al hambre de truculencia que nos domina.

El resultado de todo eso es lo que hemos venido a llamar “Miedo ambiente”. Es peor ese “miedo” difuso que se cuela por las rendijas de los medios de comunicación al propio deterioro del medioambiente, porque, si este último afecta a la vida del cuerpo, el primero socava la vida del alma, nuestra psicología, que es la que ha de ser capaz de afrontar el presente.

Todo depende de nuestro enfoque. Vivimos con miedo a lo que puede pasarle al cuerpo. Esto se debe especialmente a la negatividad de nuestra mente, que nos repite no solo el miedo al sufrimiento, sino también el del futuro económico, a que no nos quieran, a que nos dejen solos, entre otras cosas.

Si das un salto a lo único que es permanente desde este “ahora”, surge la confianza, el saber que ya somos vida eterna. Eso significa que nuestros cabellos están contados, que Dios cuida de los gorriones, una de las aves más frágiles de nuestro planeta. “No tengáis miedo”, repite Jesús. El más eficaz antídoto contra el miedo es la confianza que nos aporta la fe.

Hacemos, pues, una llamada al optimismo. Lanzamos una campaña contra todos los miedos, que por principio son irracionales. Convocamos a nuestros lectores a renunciar a todo sentimiento de culpa por un pasado que ya quedó atrás, a la inquietud por un futuro que solo Dios conoce. Proclamamos la dicha de disfrutar este instante pleno, dejando aparcado —sin hacer caso al loro de la mente, que siempre da la tabarra— cualquier distracción.

Descubriremos así que hay dentro de nosotros un hontanar de alegría, que nada tiene que ver con esta película de miedo que pasa, El sueño y Gran Teatro del Mundo de Calderón. Detrás, si sabemos ver, solo hay un happy end, un mejor final feliz ahora, que nos dice que, aunque sea por una sonrisa, un soplo de brisa, un vaso de agua y una mano tendida, la vida merece la pena vivirla.

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