El ayuno que genera corazones compasivos y descarta héroes ascéticos
Trilogía de la Cuaresma
El ayuno compasivo nos saca de la burbuja espiritual y nos introduce en la historia. Nos impulsa a mirar el mundo no desde la comodidad del devoto satisfecho, sino desde la vulnerabilidad del prójimo. Ayunar no es solo dejar de comer, sino aprender lo que significa no poder comer; es una experiencia encarnada: para sentir el hambre que otros no eligen y desmontar la ilusión de autosuficiencia.
El ayuno de Jesús no es solo pasar hambre, sino también un rechazo del mesianismo del poder y un compromiso con los marginados, los hambrientos y los desposeídos. Su ayuno es una escuela de compasión.
Introducción
El ayuno es una práctica venerable en la tradición cristiana. Desde los profetas bíblicos hasta hoy, ayunar ha sido un ejercicio de conversión, sobriedad y apertura a Dios. Sin embargo, el paso del tiempo puede mecanizar el gesto, haciendo de una experiencia espiritual una pequeña disciplina privada para tranquilizar conciencias y exaltar la vanidad espiritual.
La cuestión no es si el ayuno es valioso, sino para qué ayunamos. ¿Es un ejercicio de mortificación individual que demuestra fortaleza espiritual? ¿O un camino pedagógico que nos introduzca en la empatía concreta con quienes viven la escasez no por devoción, sino por necesidad? El desafío cristiano es ponerse en el lugar del pobre para descubrir en él el rastro de Jesús. El ayuno auténtico no busca producir héroes ascéticos, sino corazones compasivos capaces de transformar la realidad.
En estos días se habla de un revival religioso de hakunas o rosalías que puede tener aspectos positivos, pero también el riesgo de reducir la fe a identidad de clase y refugio simbólico. Aquí el ayuno evangélico irrumpe como pedagogía desestabilizante: no busca reforzar nuestra posición, sino cambiar el lugar desde donde miramos el mundo: como Jesús, que siendo Dios se hizo pobre (Fil 2,6).
Ayunar, en su sentido más profundo, es una renuncia o privación que nos ayuda a ponernos en los zapatos del necesitado y cuestionar el mundo que lo produce, para que esa experiencia transforme nuestra lógica. Un ayuno que no cuestione las estructuras que generan sufrimiento, tranquiliza más que convierte: ya no nace del encuentro con Cristo sufriente, sino del deseo de orden, seguridad y reconocimiento.
1. El ayuno bíblico: cuando la abstinencia se convierte en justicia
El profeta Isaías decía que el ayuno querido por Dios consiste en romper las cadenas injustas, compartir el pan con el hambriento y no desentenderse del prójimo (Is 58). La renuncia corporal solo tiene sentido si abre el corazón a un tú herido.
El ayuno de Jesús en el desierto (Mt 4,1-11) no es mero ascetismo personal, sino un gesto que define su misión liberadora. Representa su despojo voluntario de todo privilegio y poder. En el desierto, se solidariza con los marginados, los hambrientos y los desposeídos. Es un rechazo al sistema que genera desigualdad y de un "mesianismo de poder" (convertir piedras en pan para manipular, tirarse del templo para impresionar o dominar los reinos del mundo). El ayuno de Jesús no es solo pasar hambre, sino un compromiso con los marginados, los hambrientos y los desposeídos. Su ayuno es una escuela de compasión.
Jesús radicaliza esta perspectiva. En el Evangelio, presupone que sus discípulos ayunarán (“cuando ayunéis…”, Mt 6,16), pero denuncia el riesgo de convertirlo en espectáculo religioso. El problema no es ayunar; es ayunar para admirarse a uno mismo o posturear.
El ayuno no es autosuperación espiritual, sino una pedagogía de solidaridad. Privarse de algo no tiene valor en sí mismo; lo adquiere cuando se abre al encuentro con el otro. Nos saca del centro y nos coloca en la realidad concreta del otro.El ayuno no es un fin, sino un medio. Y tiene sentido cuando conduce a la vida del Reino, donde los pobres son bienaventurados, los últimos ocupan el centro y los samaritanos participan con su compasión activa.
Gaudium et Spes recuerda que “los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres… son también los gozos y esperanzas de los discípulos de Cristo” (GS 1). Un ayuno que no nos conecta con esto corre el riesgo de ser más dietético y autorreferencial que evangélico.
2. Del ayuno ascético al ayuno empático: ponerse en los zapatos del otro
La tradición espiritual nunca entendió el ayuno como deleite masoquista. Autores contemporáneos como Thomas Merton insistieron en que la ascesis cristiana no busca despreciar el cuerpo ni acumular méritos, sino liberar el corazón para amar mejor. Como dice el papa León en Dilexit te nº 64 refiriéndose a San Francisco de Asís: “entre los pobres veía hermanos e imágenes vivas del Señor…su pobreza era relacional: lo llevaba a hacerse cercano, igual, más aún, menor.” El ayuno evangélico es “relacional”.
En América Latina, Gustavo Gutiérrez subrayó que la espiritualidad cristiana no puede separarse de la experiencia histórica de los pobres. Desde esta perspectiva, el ayuno adquiere una dimensión concreta: no solo dejar de comer, sino aprender lo que significa no poder comer; es una experiencia encarnada: ayunar para sentir el hambre que otros no eligen y desmontar la ilusión de autosuficiencia.
El papa Francisco enseñó en las catequesis cuaresmales que el ayuno auténtico implica compartir con el necesitado y abrirse a la misericordia concreta. Advertía contra una religiosidad que “cumple” prácticas externas mientras ignora el sufrimiento real. Un ayuno que no cambia nuestra relación con el pobre no sirve. La gran diferencia es que el ayuno evangélico descentra; la religiosidad narcisista reafirma.
El ayuno empático nos saca de la burbuja espiritual y nos introduce en la historia. Nos obliga a mirar el mundo no desde la comodidad del devoto satisfecho, sino desde la vulnerabilidad del prójimo. Y en ese proceso descubrimos algo sorprendente: los pobres no son un añadido moral al cristianismo; son su centro. Jesús mismo se identifica con ellos: “Tuve hambre y me disteis de comer” (Mt 25,35).
3. El peligro del ayuno pietista: cuando la mortificación alimenta la vanidad
La tentación religiosa es convertir el ayuno en un acto de perfeccionamiento espiritual privado, casi heroico, que termina alimentando una sutil autosatisfacción religiosa. Este “ayuno pietista” puede adoptar formas respetables como el cumplimiento riguroso de normas externas y la espiritualidad centrada en la pureza personal. Pero desconecta del amor concreto y deriva a un culto silencioso a la propia virtud.
El Evangelio describe esta tentación en la parábola del fariseo y el publicano (Lc 18,9-14). El fariseo presume: “Ayuno dos veces por semana”. El problema no es que ayune, sino que su ayuno lo separa del otro y lo coloca moralmente por encima.
Cuando el ayuno produce superioridad, deja de ser cristiano.
La teología contemporánea ha denunciado este riesgo. Jon Sobrino habló de la espiritualidad que parte del sufrimiento de las víctimas. Sin esa referencia, las prácticas religiosas pueden convertirse en mecanismos de autoprotección espiritual, más orientados a tranquilizar la conciencia que a transformar el mundo.
El ayuno cristiano, por el contrario, está llamado a generar “samaritaneidad”: la capacidad de detenerse ante el herido del camino (Lc 10,33). No basta con renunciar a la comida o privarse de algo. Hay que acercarse, vendar, cargar, cuidar, que, traducido para los grandes heridos de nuestro tiempo, los inmigrantes, significa: acoger, proteger, integrar y promover.
Un ayuno que no conduce a la compasión activa está incompleto y puede recaer en una elegante forma de narcisismo espiritual.
Conclusión: ayunar para vivir el Reino
El sentido profundo del ayuno cuaresmal no consiste en demostrar fortaleza ni en acumular méritos, sino en aprender a amar como Jesús; esto nos lleva al desapego de lo superfluo y la compasión al carenciado. La abstinencia corporal es aligerar la carga; la meta es la conversión del corazón y la apertura al hermano.
Cuando el ayuno y las privaciones voluntarias se viven como empatía encarnada, nos vuelve sensibles al sufrimiento real, nos acerca al tesoro de Jesús —los pobres—y nos compromete con la lucha transformadora de las injusticias del mundo.
Entonces el ayuno deja de ser una práctica privada y se convierte en un acto profundamente eclesial y social, en sintonía con ese mundo cuyas alegrías y angustias comparte la Iglesia. La buena noticia es que este camino no exige héroes de Marvel. Empieza con gestos pequeños: compartir, escuchar, implicarse, mirar al otro sin miedo. En ese proceso descubrimos que el ayuno auténtico no vacía la vida; la llena de sentido.
Porque al final, el cristianismo no se mide por cuánto hemos renunciado, sino por cuánto hemos amado. Y si el ayuno nos conduce a amar más —con menos discurso y más cercanía— entonces sí, habrá cumplido su misión: no la de producir ascetas impecables, sino la de formar discípulos que sienten con Cristo y actúen como buenos samaritanos
poliedroyperiferia@gmail.com
Bibliografía esencial
Sagrada Escritura: Isaías 58 (el ayuno que Dios quiere); Mateo 6,1-18 (ayuno, oración y limosna en lo secreto); Mateo 25,31-46 (Cristo presente en los necesitados): Lucas 10,25-37 (el Buen Samaritano); Mateo 11,2-6 (los signos mesiánicos: vida para los pobres)
Concilio Vaticano II y Magisterio reciente: Gaudium et Spes (1965): Constitución pastoral clave para comprender la espiritualidad cristiana como solidaridad histórica con la humanidad: “los gozos y las esperanzas…”. Lumen Gentium (1964) Sobre la Iglesia como Pueblo de Dios y sacramento de salvación en medio del mundo. Evangelii Gaudium, de Francisco Especialmente nn. 53-60 y 186-216 sobre la Iglesia en salida y la prioridad de los pobres. Fratelli Tutti, de Francisco. Sobre fraternidad universal y responsabilidad social; útil para vincular espiritualidad y justicia. Mensajes cuaresmales de Francisco (varios años) Insisten en el ayuno como apertura al prójimo y conversión del corazón social.
Teología contemporánea (clave pastoral y social): Gustavo Gutiérrez, Teología de la liberación. Obra clásica sobre la fe cristiana como praxis histórica y opción por los pobres. Gutiérrez, Beber en su propio pozo. Profunda reflexión espiritual: contemplación y compromiso inseparables. Yves Congar, Verdadera y falsa reforma en la Iglesia. Sobre la autenticidad evangélica frente a las deformaciones institucionales y autorreferenciales. José Comblin, El Espíritu Santo y la liberación. Presenta una espiritualidad cristiana orientada a la vida, la libertad y la transformación social. Ignacio Ellacuría, Conversión de la Iglesia al Reino de Dios (ensayos). Sobre la centralidad histórica de los pobres y la credibilidad de la Iglesia. Jon Sobrino, Jesucristo liberador. Cristología pastoral que sitúa a Jesús en relación directa con los crucificados de la historia.
Espiritualidad clásica y pastoral: Henri de Lubac, Meditación sobre la Iglesia. Profundiza en las dimensiones sacramental y comunitaria de la fe cristiana. Thomas Merton, Nadie es una isla. Espiritualidad contemplativa abierta al sufrimiento del mundo. Dorothy Day, El largo camino hacia la santidad (autobiografía y escritos). Testimonio concreto de ayuno, pobreza voluntaria y solidaridad con los descartados.
Lectura pastoral accesible: Francisco, El nombre de Dios es Misericordia. Libro sencillo pero profundo sobre la centralidad de la compasión cristiana. Carlo Maria Martini, Conversaciones nocturnas en Jerusalén. Reflexiones bíblicas abiertas, pastorales y muy pedagógicas