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Banderas que ciegan y conducen al abismo

Cuando las banderas ciegan, dejan de ser símbolos y se convierten en sistemas de odio que excluyen y deshumanizan. Son cegueras colectivas que erosionan democracias y conciencias. Hoy necesitamos ciudadanos y creyentes despiertos, capaces de no confundir propaganda con verdad ni permitir que ninguna bandera les cubra el rostro y el corazón para construir sociedades fraternas y samaritanas.

nacionalismos y cristiandades que ciegan | P&P

Introducción: cuando el símbolo sustituye a la realidad

Hay imágenes que dicen más que mil discursos. Un hombre avanza con paso firme, decidido, casi heroico. Porta una bandera que parece darle sentido, dirección, identidad. Pero hay un detalle inquietante: la bandera le cubre el rostro. No ve. Camina… pero no sabe hacia dónde. Y lo más dramático: el siguiente paso no es sobre suelo firme, sino hacia el vacío.

Esta escena no es solo arte. Es una parábola de nuestro tiempo contada por el artista Bansky.

Vivimos rodeados de banderas: nacionales, religiosas, ideológicas, culturales. Nacen para expresar valores, pertenencias, memorias compartidas. Pero cuando dejan de ser signo para convertirse en absolutos, cuando dejan de señalar algo más grande para convertirse en lo único, dejan de iluminar… empiezan a cegar.

Entonces, lo que debía orientar termina conduciendo al abismo.

I. Nacionalismos que ciegan: cuando la identidad “mata”

La historia reciente —y no tan reciente— está llena de caminantes ciegos. Como describía Christopher Clark sobre la Primera Guerra Mundial, Europa caminó hacia el desastre como “sonámbulos”: conscientes y, al mismo tiempo, incapaces de ver las consecuencias de sus decisiones.

Hoy, esa ceguera reaparece en formas nuevas de nacionalismo excluyente, especialmente en su versión más extrema y xenófoba. Se enarbolan banderas en nombre de la identidad, la seguridad o la cultura, pero muchas veces lo que se construye es miedo, rechazo y división.

El problema no es amar la propia tierra sino absolutizarla como criterio superior incluso a la dignidad humana.

Cuando se grita “los nuestros primero”, se está diciendo implícitamente que otros valen menos y hay que excluirlos de la humanidad compartida. Cuando se levantan muros —físicos o simbólicos—, se olvida una verdad básica: que las fronteras son líneas imaginarias que no existen para quien sufre, huye o busca sobrevivir.

Nunca mejor aplicada la frase de Sartre, “el infierno son los otros”, un proyecto sin los demás. Y que Jesús condena en la escena del juicio final: Fui extranjero y no me acogisteis…apartaos de mí, malditos, al fuego eterno que ha sido preparado para el diablo y sus ángeles” (Mt 25)

No dijo: “si era de los tuyos”. No dijo: “si cumplía tus condiciones culturales”. Dijo: extranjero.

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La ceguera del nacionalismo extremo consiste en convertir una pertenencia legítima en un absoluto excluyente. Y así, lo que debe ser riqueza cultural se convierte en trinchera. No es algo nuevo, Jesús fustigaba al nacionalismo judío con sus ejemplos: el samaritano, el centurión romano, el extranjero, la sirofenicia, etc. Sus parábolas y encuentros ponen el dedo en la llaga nacionalista, llena de soberbia y exclusión que niega al “Dios que hace salir el sol para todos” (Mt 5,45).

El papa Francisco ha definido el catolicismo con fuerza profética: “Nadie se salva solo… o nos salvamos todos o no se salva nadie” (Fratelli Tutti). Pero cuando la bandera identitaria tapa los ojos, no vemos a los demás y damos pasos hacia el abismo.

II. Banderas religiosas: cuando Dios es secuestrado por el poder

No solo las banderas políticas ciegan. También las religiosas pueden hacerlo. Y quizá con mayor gravedad, porque invocan a Dios.

A lo largo de la historia, han existido formas de “cristiandad” que confundieron el Evangelio con estructuras de poder, conquistas, imposiciones. Las cruzadas, la inquisición, la conquista por la espada y la cruz, etc., fueron una expresión histórica de este fenómeno, pero su lógica no ha desaparecido: reaparece cada vez que la fe se convierte en instrumento de dominio y exige el "brazo secular" para sacudir a los "infieles".

Hoy, esa tentación sigue viva en ciertos discursos que presentan la religión como identidad cerrada, como frontera cultural, como arma frente al diferente.

Jesús nunca se impuso por la fuerza. Nunca manipuló conciencias. Nunca conquistó, sino que liberó, hizo crecer, tejió fraternidad. Cuando afirmaba que su Reino no era como los de este mundo (Jn 18,36), se refería a la apertura de un Dios de misericordia que acoge a todos, comenzando por los últimos.

El problema surge cuando la religión deja de ser un camino hacia Dios y se convierte en afirmación de sí misma. Cuando lo importante no es Dios, sino “mi grupo”, “mi ortodoxia”, “mi superioridad”.

Entonces aparece lo que podríamos llamar una “bandera religiosa cegadora”: una fe que ya no abre, sino que cierra; que ya no humaniza, sino que separa.

El papa Francisco advierte sobre la deformación que más daño hace a la Iglesia: “El clericalismo anula la personalidad de los cristianos… y genera una élite separada del pueblo”.

Genera también una ceguera espiritual. Porque cuando uno cree poseer a Dios, deja de buscarlo. Y cuando deja de buscarlo, deja de escuchar. Pero el proverbio dice: “Si encuentras a ‘Dios’, mátalo. Porque no es Dios, que siempre es más grande de lo que podamos imaginar”. (Maestro Eckhart).

III. El abismo: cuando la ceguera se vuelve sistema

La imagen del hombre caminando hacia el vacío no es exageración. Es diagnóstico.

Cuando las banderas ciegan, no solo afectan a individuos, sino que se vuelven sistemas políticos, culturales, religiosos. Sistemas que normalizan la exclusión, la desigualdad, la deshumanización.

La crisis de las democracias actuales no se entiende sin esta ceguera colectiva. Tras la crisis de 2008, muchas personas dejaron de confiar en las instituciones. Ese vacío fue ocupado por discursos simples, emocionales, identitarios. Discursos que prometen seguridad, pero que muchas veces sacrifican la dignidad y la convivencia.

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Surgen nuevas olas autoritarias, polarizaciones basadas en el miedo, en la simplificación, en la división entre “nosotros” y “ellos”.

Lo más preocupante es que estos discursos encuentran eco. Porque todos, de algún modo, somos vulnerables a esa tentación de refugiarnos en certezas simples frente a una realidad compleja.

Entonces, la imagen nos recuerda que no son solo los líderes los que caminan hacia el abismo. Somos todos cuando dejamos de cuestionar, de discernir, de ver. Cuando nos volvemos masa acrítica y dejamos de ser Pueblo Samaritano.

Jesús lo advirtió con una imagen contundente:

“Si un ciego guía a otro ciego, los dos caen en el hoyo” (Mt 15,14).

La ceguera no es solo ignorancia. Es también autoengaño. Es preferir no ver lo que incomoda. Es aferrarse a una bandera porque da seguridad, aunque nos esté llevando al vacío.

Conclusión: abrir los ojos, recuperar la humanidad

Frente a las banderas que ciegan, el Evangelio propone otra lógica: la de la mirada abierta, la de la compasión, la de la dignidad universal.

No se trata de eliminar las banderas sino de ponerlas en su lugar. De recordar que ninguna identidad —ni nacional, ni religiosa, ni cultural— puede absolutizarse sin volverse peligrosa. Porque cuando una bandera vale más que una persona, ya empezó la destrucción, el “Huevo de la serpiente”, como filmó Ingmar Bergman, anticipando la locura colectiva nazi.

Nuestras divisiones son absurdas pero la alternativa no es la indiferencia. Es una identidad más profunda: la humanidad compartida.

El papa Francisco dice que La realidad es superior a la idea (Evangelii Gaudium). Y en la realidad, el sufrimiento no tiene nacionalidad, la dignidad no tiene fronteras y el amor no tiene bandera.

Hoy más que nunca, necesitamos creyentes y ciudadanos que no caminen como sonámbulos. Que no confundan símbolos manipulados con verdad. Que no permitan que ninguna bandera les cubra el rostro.

Porque el desafío es ver desde una humanidad compartida… para no caer.

Y tal vez ahí esté la verdadera fe, la verdadera política, la verdadera humanidad: en levantar la mirada sin vendas, en elegir no la senda engañosa de la identidad cerrada, sino el camino luminoso de la fraternidad real.

poliedroyperiferia@gmail.com

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