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Lefebvrianos: un nuevo cisma a la vista

Lefebrianos, mucho más que latín

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Burbujas preconciliares vigentes | P&P

Introducción. Dos conflictos, dos respuestas, una misma pregunta

León XIV prometió (como los Papa anteriores) no ceder a las nuevas ordenaciones de obispos de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X, una vieja herida eclesial difícil de resolver. Sin embargo, el problema de los lefebvrianos no se reduce a la misa en latín ni a liturgias. Lo que está en juego es una determinada comprensión de la Iglesia, la autoridad, la Tradición y el Concilio Vaticano II.

Mientras Roma dedica décadas de diálogo, gestos y negociaciones para evitar la ruptura con un grupo (730 sacerdotes en el mundo) que rechaza esencialmente el Vaticano II, apenas existe el menor discernimiento respecto de los miles de sacerdotes casados (cerca de 100.000 en el mundo) que continúan sintiéndose parte de la Iglesia y que, lejos de cuestionar el Concilio, representan un auténtico signo de los tiempos.

La comparación no equipara ambas realidades. Pero plantea ¿por qué una Iglesia que proclama la sinodalidad, invierte enormes energías en reconciliarse con quienes rechazan sustancialmente su principal renovación conciliar y, en cambio, apenas escucha a quienes podrían enriquecer esa misma renovación desde su experiencia humana y pastoral?

I. Lefebvrianos: mucho más que una liturgia de museo

Reducir el lefebvrismo a la defensa de la misa tridentina es desconocer el conflicto. La Fraternidad San Pío X tiene una visión fundamentalista de la Iglesia anclada en la Contrarreforma, donde la identidad católica es sinónimo de autoridad fuertemente jerárquica, una lectura estática de la Tradición en esa época y una enemistad absoluta hacia la modernidad.

El Concilio Vaticano II, por el contrario, recuperó la Iglesia como Pueblo de Dios (Lumen Gentium), llamó a leer los signos de los tiempos (Gaudium et Spes), abrió el diálogo ecuménico y reconoció la libertad religiosa como expresión de la dignidad humana. Recuperó la Gran Tradición originaria como una realidad viva, guiada por el Espíritu Santo a lo largo de la Historia.

La resistencia lefebvriana se sustenta en una doctrina catecismera incompleta y eclesiológicamente anacrónica. Es una postura de “sociedad perfecta”, en las antípodas de la sinodalidad, la corresponsabilidad bautismal o una Iglesia en diálogo con el mundo. Tiene todas las características de una secta donde el “sacerdote célibe” es angelizado y su autoridad se concentra en una élite clerical sacralizada.

Paradójicamente, mientras este grupo, con fuertes respaldos económicos, mantiene una oposición explícita a aspectos esenciales del Vaticano II, la Santa Sede ha multiplicado durante décadas los esfuerzos para preservar la comunión “formal”. Pero esto delata un nexo en común: el clericalismo. No hay comunidad sino solo dirigentes que negocian el poder sobre “lo sagrado” en torno a algo que es considerado lamentablemente como una “varita mágica”: la sucesión apostólica.

Es comprensible que Roma valore la unidad visible de la Iglesia porque los lefebrianos compartan el Credo, los sacramentos y numerosos elementos doctrinales. Sin embargo, cuando estos se desvinculan del espíritu del Vaticano II, de la sinodalidad y de la misericordia evangélica, corren el riesgo de reducirse a formulaciones formales, donde permanece la estructura, pero sin el dinamismo vivo del Evangelio. Se teme al cisma jurídico, pero se tolera un cisma práctico.

II. Los sacerdotes casados: un signo de los tiempos silenciado

Mientras el Vaticano mantiene abiertos todos los puentes posibles con los lefebvrianos, decenas de miles de sacerdotes casados permanecen apartados y silenciados en la vida institucional de la Iglesia.

No constituyen un movimiento cismático. Aunque sean diversos y se busque dividirlos, no rechazan el Vaticano II. No cuestionan la comunión con el Papa. Muchos continúan viviendo su fe, colaborando en parroquias, enseñando, acompañando comunidades o sirviendo silenciosamente al Evangelio. Sin embargo, su existencia apenas encuentra reconocimiento eclesial en una pastoral orgánica que los reconozca en nuevos ámbitos de competencia.

La diferencia es importante. Quienes niegan a rajatabla el Concilio reciben un diálogo permanente; mientras quienes podrían enriquecer su desarrollo son descartados a priori.

Está en juego la compatibilidad entre el sacramento del Orden y el sacramento del Matrimonio. La Iglesia reconoce desde sus orígenes ministros ordenados casados en diversas tradiciones orientales y admite excepciones en la Iglesia latina. Esto muestra que el celibato obligatorio pertenece al ámbito disciplinar y no al núcleo sacramental del ministerio. Además, el sacerdote casado sigue siéndolo en virtud del “carácter” del Sacramento del Orden. Por eso en caso de necesidad, el mismo derecho canónico admite que pueda celebrar los sacramentos válida y lícitamente, lo cual no sucede con los lefebrianos que siempre ejercerán ilícitamente el ministerio.

La experiencia de tantos sacerdotes casados es un signo de los tiempos que descoloca a la Iglesia institucional más que la FSSPX. Su existencia (negada) cuestiona la centralidad del celibato en el sacerdocio actual, en una época más evolucionada que ha desenmascarado su impronta fetichista.

La sinodalidad exige precisamente eso: escuchar. Escuchar al Pueblo de Dios, a las familias, a las mujeres, a los jóvenes, a las víctimas de abusos, a quienes han sufrido formas de exclusión y también a quienes, después de haber ejercido el ministerio, descubrieron su vocación matrimonial sin dejar de amar profundamente a la Iglesia.

Ignorar sistemáticamente esa experiencia empobrece la Iglesia. Casi la totalidad de las reuniones sinodales se han realizado con la exclusión explícita de sacerdotes casados. ¿De qué tipo de sinodalidad hablamos entonces?

El Evangelio ofrece otro criterio. Jesús no absolutizó estructuras históricas; puso siempre a la persona por delante de las instituciones. «El sábado ha sido hecho para el hombre, y no el hombre para el sábado» (Mc 2,27). Es el principio permanente para toda reforma eclesial. Pero respetar y dialogar con la institucionalidad de la FSSPX y no escuchar a los sacerdotes casados, es precisamente lo contrario.

La verdadera Tradición no consiste en conservar intactas todas las formas heredadas, sino en permitir que el Espíritu Santo siga conduciendo a la Iglesia «hasta la verdad plena» (Jn 16,13). Una “tradición” -generada ante el protestantismo y la modernidad- que ha dejado de escuchar la realidad hoy, es simple y llanamente “arqueología religiosa”; pero nunca “Pueblo de Dios”.

Conclusión. La sinodalidad no puede dejar al clericalismo seleccionar a quién escuchar

El desafío planteado por los lefebvrianos obliga a reafirmar con claridad la recepción del Concilio Vaticano II y la comunión con el Sucesor de Pedro. La unidad no puede edificarse negando aquello que el Espíritu ha suscitado en la Iglesia contemporánea, simplemente por adherir a doctrinas y ritos abstractos formulados en otro contexto histórico.

Pero esa misma fidelidad al Concilio exige una consecuencia igualmente valiente: escuchar también a quienes representan los nuevos signos de los tiempos. La sinodalidad no puede convertirse en un diálogo reservado entre obispos y grupos clericales mientras permanecen ausentes los laicos, las mujeres, las víctimas y los sacerdotes casados.

Una Iglesia que dedica décadas a dialogar con quienes rechazan el Vaticano II no debería temer dialogar con quienes desean desarrollarlo.

La verdadera renovación no consistirá en regresar a una cristiandad idealizada, ni en blindar burbujas preconciliares, ni en absolutizar disciplinas obsoletas, sino en volver continuamente al Evangelio, donde la autoridad es servicio, la Tradición permanece viva y todo bautizado participa de la misma dignidad.

Solo una Iglesia que camine con el Pueblo de Dios y no sobre el Pueblo de Dios podrá ser verdaderamente sinodal. Y solo una Iglesia que escuche también a quienes excluye a los márgenes descubrirá que, muchas veces, el Espíritu habla precisamente desde aquellos a quienes la institución apenas ha querido escuchar.

poliedroyperiferia@gmail.com

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