Resucitadores con el Resucitado
Testigos de un Dios que da Vida
La misericordia no es debilidad sino fuerza de Dios que rehace la vida donde todo parecía perdido; por eso la Resurrección desenmascara sistemas que producen muerte y se encierran en el poder, clericalismo o alianzas que excluyen, y apagan las ganas de vivir.
¿De qué hablamos cuando proclamamos que Cristo ha resucitado? ¿De un recuerdo piadoso o de una fuerza que sigue actuando en la historia? En un mundo marcado por guerras, desigualdad, abusos de poder y vidas descartadas, la Resurrección no puede reducirse a consuelo espiritual o chute evasivo. Es una afirmación radical: Dios ama la vida hasta el extremo y su misericordia es capaz de sanar incluso la herida más profunda, la muerte.
Pero esta verdad no se impone desde fuera ni desde arriba. El Resucitado es el Crucificado como uno de tantos. Y por eso, la vida nueva no evita la herida, sino que la atraviesa y la transforma. Ser resucitados significa entrar en esa misma lógica misericordiosa, que no teme el conflicto, que no huye del dolor y que se enfrenta a todo aquello que niega la vida.
I. Un Dios que resucita desde las heridas: misericordia que desarma la muerte
La Resurrección revela el rostro de un Dios que no se coloca del lado del poder que domina, sino del amor que se entrega. No evita la muerte, pero tampoco la acepta como destino definitivo. La atraviesa y la vence desde dentro.
Esta es la fuerza de la misericordia: no es debilidad, sino capacidad de rehacer la vida donde todo parecía perdido. Por eso, la Resurrección cuestiona todas las estructuras que generan muerte: sistemas económicos que excluyen, políticas que olvidan a los débiles, culturas que banalizan la dignidad humana.
Pero también interpela a la Iglesia. Porque cuando la fe se convierte en refugio de poder del clericalismo o en institución preocupada por su propia supervivencia, pierde el rostro del Evangelio y apaga las ganas de vivir con sus reglamentaciones o se alía con odiadores sociales para imponerse.
Aquí es necesaria una autocrítica valiente: la Iglesia no puede ser una institución moralista que se sitúa por encima de los demás, ni un sistema que se protege a sí mismo a costa de las víctimas. Cuando encubre abusos, cuando regatea reparaciones, cuando impone silencios o descarta a quienes incomodan —mujeres, personas con otras orientaciones, curas casados o quienes cuestionan—, traiciona la lógica de la Resurrección.
La Pascua no legitima estructuras cerradas. Las purifica. Las desinstala. La llama a nacer de nuevo: ser comunidad que cuida la vida y sus heridas.
Creer en la Resurrección implica entonces una pregunta incómoda pero necesaria:
¿Estamos del lado de la vida que Dios resucita o de las dinámicas que la aplastan?
II. Los que resucitan hoy: bienaventurados y comunidades que generan vida
La Resurrección no es solo una promesa futura. Está aconteciendo. Y se hace visible en quienes viven según la lógica de la misericordia pascual.
- Resucitan los bienaventurados (Lc 6,20...) : los pobres que el mundo descarta, los hambrientos, los perseguidos que no renuncian a la justicia y siguen creyendo en la dignidad.
- Resucitan los samaritanos de todos los pueblos y creencias: quienes no pasan de largo ante el sufrimiento, quienes se detienen, se acercan y se comprometen construyendo "prójimos" a partir de quienes todos pasan de largo.
- Resucitan quienes permanecen fieles junto a la cruz, como María: los que no abandonan, los que sostienen la vida en silencio. Resucitan el buen ladrón que confía en el último momento y el centurión que reconoce la verdad en la entrega de Jesús.
En todos ellos se manifiesta una misma experiencia: la vida nueva nace cuando alguien se deja alcanzar por la misericordia y la convierte en acción. La misericordia es un talento para multiplicar, no para enterrar.
Aquí emerge también una imagen renovada de Iglesia: no como estructura autorreferencial, sino como comunidad de amigos resucitadores, especialistas en RCP de sentido. Una comunidad que no se define por normas que excluyen, sino por vínculos que generan vida.
Una Iglesia así no busca imponerse, sino acompañar sinodalmente. No se presenta como superior, sino como hermana de "Gozos y esperanzas" (GS 1). No se encierra, sino que se abre.
Pero la Pascua también es un juicio, tiene su reverso. Junto a las Bienaventuranzas resuenan los “ayes”: advertencias dirigidas a quienes, pudiendo generar vida, eligen la indiferencia de “dejar las cosas como están” y “disfrutar” y que no se conmueven como Zaqueo ante la oportunidad de conversión
Son los epulones de hoy:
- quienes acumulan y se exhiben impúdicamente a costa de lo que otros carecen,
- quienes son cómplices de sistemas injustos con sus estilos de vida, consumo y silencios,
- Quienes miran hacia otro lado ante el sufrimiento y encima "juzgan".
La Resurrección no condena sin más, pero sí desenmascara estas lógicas de muerte y llama a la conversión. Porque no se puede anunciar la vida mientras se tolera lo que la destruye.
Conclusión: la esperanza que se vuelve compromiso
La Resurrección es la gran noticia: Dios ama la vida, la hace más fuerte que la muerte, su misericordia es más poderosa que el pecado, el amor más definitivo que cualquier forma de destrucción.
Esto implica también dejar que la Iglesia sea transformada desde dentro: pasar de la lógica de la autopreservación a la lógica del servicio, de la defensa de estructuras a la entrega por las personas, especialmente las más vulnerables.
La esperanza cristiana no es ingenua. Nace de la Cruz. Pero no se queda en ella. La atraviesa. Y por eso puede sostener la historia incluso en sus momentos más oscuros.
Hoy, en medio de tantas heridas, estamos llamados a ser testigos de la Resurrección: hombres y mujeres con una "fe crítica", que, sin negar el dolor y la mentira, creen que la vida puede renacer.
Allí donde un descartado es acogido,
donde una víctima es reparada,
donde una comunidad se compromete con la vida sobre el miedo,
allí, silenciosamente,
Dios sigue resucitando EN la historia.
poliedroyperiferia@gmail.com