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Los Santos que sostienen el mundo, los trenes y la Iglesia

En vísperas de Todos los Santos, la tragedia ferroviaria de Toledo nos invita a reflexionar sobre una santidad que pocas veces aparece en los altares: la de quienes trabajan cada día con amor, conscientes de que otras vidas dependen de lo que hacen.

Samaritanos de oficio | P&P

La tragedia ferroviaria de Toledo, con sus numerosas víctimas y tantas familias heridas para siempre, nos encuentra en vísperas de la solemnidad de Todos los Santos. Ambas circunstancias pueden ayudarnos a descubrir una dimensión de la santidad que no acostumbramos a tener en cuenta. Mientras corresponde investigar lo sucedido, establecer responsabilidades y acompañar a quienes sufren, vienen a la mente esas personas anónimas cuya dedicación cotidiana permite que millones de seres humanos viajen, trabajen, reciban cuidados y regresen seguros a sus hogares. Rara vez conocemos sus nombres. Sin embargo, buena parte de nuestra vida depende de ellas.

Francisco habló en Gaudete et exsultate de los santos de la puerta de al lado, “gente común” que no destacan por acontecimientos extraordinarios, sino por la manera de vivir sus responsabilidades habituales. Padres y madres que sostienen una familia, trabajadores que procuran cumplir bien sus tareas, personas que cuidan enfermos o acompañan a quienes atraviesan dificultades. Su santidad no consiste en escapar de la vida corriente, sino en descubrir dentro de ella una posibilidad permanente de amar.

Esta comprensión encuentra su fundamento en Jesús, que quiso compartir nuestra condición humana y vivió durante muchos años como uno más entre los habitantes de Nazaret. Antes de predicar, curar enfermos y recorrer los caminos de Palestina, conoció la experiencia del trabajo y de las relaciones familiares. Asumió la condición humana y se presentó como uno de tantos (Flp 2,7). La Encarnación muestra que ninguna tarea honrada es demasiado pequeña para convertirse en expresión del amor de Dios.

Recuerdo aquella historia del picapedrero al que preguntaron qué estaba haciendo. Mientras algunos respondían que cortaban piedras o trabajaban para ganar su salario, uno explicó que estaba construyendo una catedral. Hacía la misma tarea que sus compañeros, soportaba el mismo cansancio y necesitaba igualmente cobrar al terminar la jornada. La diferencia estaba en su comprensión del trabajo: reconocía que su pequeña aportación formaba parte de una obra que lo trascendía.

La historia puede parecer ingenua si olvidamos las condiciones reales en las que trabajan muchos. No podemos exigir entusiasmo a quienes padecen explotación, inseguridad o salarios insuficientes, ni utilizar la vocación como pretexto para imponer sacrificios injustos. Pero su intuición es que el sentido de lo que hacemos crece cuando comprendemos para quién lo hacemos. Quien gobierna un país o conduce un transporte, revisa un mecanismo de seguridad, enseña en una escuela o atiende a un enfermo no realiza solamente una tarea técnica. Participa en el cuidado de otras vidas.

El amor cristiano no se limita a los sentimientos ni a las relaciones más cercanas. También se expresa en la atención con que realizamos nuestro trabajo, en la responsabilidad de nuestras decisiones y en esa dedicación silenciosa que permite a otros vivir con seguridad y dignidad. Revisar un mecanismo, advertir un riesgo, preparar una clase o atender cuidadosamente a un enfermo pueden parecer tareas insignificantes, pero forman parte de ese inmenso entramado de cuidados que sostiene la vida común. Es el Reino de Dios que crece como la levadura en medio de la masa (Mt 13,33), sin hacer ruido ni reclamar protagonismo, transformando desde dentro la existencia humana. Buena parte de la santidad que celebramos en Todos los Santos ha pasado por el mundo de esa manera: haciendo las cosas con amor, incluso cuando nadie lo veía.

choque de trenes | P&P

La tragedia ferroviaria de Toledo nos enfrenta dolorosamente a la fragilidad de ese entramado. Todavía corresponde esclarecer sus causas y responsabilidades, sin atribuir precipitadamente negligencias . Pero nos recuerda que la vida de muchas personas depende de una multitud de decisiones, previsiones y tareas realizadas a conciencia. El amor al prójimo también consiste en anticiparse al daño que podemos evitar. Obviamente, las buenas intenciones individuales no sustituyen la formación, los controles técnicos ni las condiciones laborales adecuadas. Porque somos falibles necesitamos instituciones que hagan posible la responsabilidad de quienes trabajan en ellas. La responsabilidad estructural no anula la personal, ni esta exime a los sistemas.

Aquí aparece una contradicción de nuestra convivencia. Mientras dependemos unos de otros para casi todo, las ambiciones particulares, las rivalidades políticas y las fidelidades partidistas pueden desplazar la finalidad de las instituciones. Cuando importa más defender una gestión que reconocer sus errores, o conservar una posición que escuchar una advertencia, el bien común queda subordinado a intereses que deberían estar a su servicio. No podemos afirmar sin pruebas que estas desviaciones hayan causado una tragedia determinada, pero sí reconocer cuánto debilitan la cultura de prevención, cooperación y responsabilidad que necesitamos.

El Evangelio nos ofrece una comprensión más profunda de esta exigencia. El buen samaritano no se limitó a conmoverse ante el herido; interrumpió sus planes y organizó su cuidado. Su amor se convirtió en decisiones, "más allá del deber". La misericordia también debe inspirar los procedimientos, las instituciones y las decisiones capaces de evitar que tantas personas terminen muertas en un tren. Reparar exige aprender y cambiar, porque lamentar una desgracia sin corregir aquello que pudo favorecerla es hipocresía.

Esta reflexión alcanza también a nuestra Iglesia. Sería cómodo denunciar los extravíos de la sociedad sin examinar nuestras propias responsabilidades. La autorreferencialidad eclesial, la protección del prestigio institucional y ciertas complicidades han contribuido a muchos “accidentes” evitables de abusos y complicidades. Celebrar la santidad implica conversión: reconocer el daño, abandonar defensas corporativas y poner efectivamente a las personas por encima de la imagen de una institución generada por esa ideología eclesiástica llamada clericalismo.

La santidad cotidiana consiste en hacer del bien ajeno una motivación habitual de nuestra existencia. No garantiza una sociedad sin errores ni accidentes, pero puede transformar profundamente nuestra manera de prevenirlos y afrontarlos. Como el picapedrero que sabía que estaba construyendo una catedral, necesitamos recuperar el sentido de nuestra pequeña contribución a una obra compartida. Porque el mundo y los trenes o las catequesis y liturgias, no se sostiene solamente por sus sistemas, sino por el amor de tantas personas que, desde dentro de ellos y muchas veces sin ser vistas, trabajan para que los demás puedan vivir.

poliedroyperiferia@gmail.com

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