Las verdaderas razones de los lefebvrianos para desafiar al Papa y activar el cisma: Dinamitan el Concilio y cuestionan la eucaristía del Papa
"El punto decisivo para su opción por el cisma no radica en que se permita o no el misal tridentino, sino que los lefebvrianos consideran ilegítima la liturgia que la Iglesia celebra hoy"
La fractura con Roma ya no es un malentendido litúrgico ni una cuestión de sensibilidades: es una enmienda a la totalidad al Concilio Vaticano II y a la misa que celebra hoy el Papa con toda la Iglesia. Los lefebvrianos han rechazado, de hecho, la mano tendida del Vaticano porque no están dispuestos a reconocer como legítimos los textos del Concilio. Y, cuando se niega la licitud de la misa del Papa, lo que se activa no es un simple conflicto interno, sino el camino directo hacia el cisma.
Un diálogo imposible si el Concilio es el problema
El primer punto que hace saltar por los aires cualquier intento de acercamiento es doctrinal: los lefebvrianos no quieren “matizar” el Vaticano II, quieren corregirlo. No le ven sentido al diálogo con la Santa Sede mientras Roma no acepte reescribir los textos conciliares que consideran erróneos o ambiguos en materias clave (libertad religiosa, ecumenismo, relación con el mundo moderno, colegialidad, liturgia etc.).
Mientras la Iglesia entiende el Concilio como parte viva del magisterio y punto de referencia obligatorio, los lefebvrianos lo tratan como un paréntesis no deseado y que hay que rectificar. Esa tesis lo bloquea todo.
Si para sentarse a hablar, la Fraternidad Sacerdotal San Pío X (FSSPX) exige que la Santa Sede reniegue de su propio Concilio, el margen de maniobra se reduce a cero. No es una negociación, es una condición imposible.
El núcleo del rechazo: la misa del Papa sería "ilegítima"
Se suele simplificar el conflicto diciendo que la causa principal de la ruptura de los lefebvrianos es que Roma no aprueba la forma de celebrar la misa de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X. Pero eso es una media verdad que acaba escondiendo lo esencial.
El punto decisivo para su opción por el cisma no radica en que se permita o no el misal tridentino, sino que los lefebvrianos consideran ilegítima la liturgia que la Iglesia celebra hoy.
En su lógica, la reforma litúrgica de Pablo VI ha “desvirtuado el sentido sacrificial de la Eucaristía”, lo ha diluido en favor de un banquete comunitario y ha introducido signos, lenguajes y gestos que, a su juicio, rompen con la tradición ininterrumpida de la Iglesia.
De ahí que lleguen a sostener que “no tiene sentido ofrecer a Dios pan y vino” tal como se hace en el nuevo rito, porque, de esa forma, se vacía de contenido sacrificial el ofertorio y todo el entramado simbólico de la misa.
La consecuencia es devastadora y conduce de cabeza al cisma. En el fondo, lo que sostienen los seguidores de monseñor Lefebvre es que la misa que celebra el Papa y los obispos de todo el mundo no es legítima; la única verdaderamente válida, plena y conforme a la fe católica sería la misa anterior al Vaticano II.
Es decir, no discuten solo rúbricas o estilos, discuten la legitimidad misma del rito promulgado por la autoridad de la Iglesia.
No es un conflicto estético: es una negativa de fondo
Esta es, en realidad, la respuesta negativa de los lefebvrianos a Roma, tal y como ha quedado plasmada en sus cartas y anexos recientes: no se acepta que sea lícito celebrar según la liturgia de la reforma posconciliar. Ni siquiera aceptan la ‘Redemptor hominis’ de San Juan Pablo II.
De esta forma, se rompe cualquier espacio de compromiso. Porque la cuestión de “aprobar” por parte de Roma su modo de celebrar la misa tradicional sería discutible y negociable. Se podría hablar, además, de estatutos, de reconocimiento canónico, de coexistencia de formas del rito romano. Eso, en sí mismo, sería una forma de abrir las puertas de un diálogo serio y constructivo.
Lo que vuelve inasumible su postura es que ni siquiera están dispuestos a reconocer que la misa de Pablo VI sea lícita. No quieren que se permita que pueda celebrarse legítimamente en la Iglesia. Es decir, en la práctica niegan rotundamente la autoridad del Papa y de los concilios para reformar la liturgia.
El paso al cisma
Desde aquí se entiende mejor por qué la situación ya no es solo un “desacuerdo interno”, sino un desafío frontal a la unidad. Si una comunidad afirma que la misa que celebra el Papa no es legítima, está colocando a la Iglesia universal en el error y se sitúa a sí misma como criterio último de catolicidad.
Es el esquema clásico del cisma: un grupo que se erige en guardián de la “verdadera” tradición frente a la Iglesia real, visible, que reconoce al Papa y celebra con él.
Por lo tanto, no se trata únicamente de un debate sobre tradiciones litúrgicas. Lo que está en juego es la comunión eclesial entendida como adhesión concreta al Romano Pontífice, a los concilios y a la disciplina común de la Iglesia. Al negar la licitud del misal posconciliar, los lefebvrianos niegan, de facto, que el Papa pueda hacer hoy lo que todos los papas han hecho en la historia: reformar la liturgia.
Por eso, aun cuando sigan hablando de “fidelidad a Roma” y de “amor a la Iglesia”, sus decisiones los encaminan objetivamente hacia el cisma. Y no, como dicen algunos, porque celebren en latín, ni porque prefieran el silencio al canto de guitarras, sino porque han cruzado una línea roja: se han reservado el derecho de decir cuándo la misa del Papa es o no es legítima. Y una vez que uno se coloca por encima del Papa, la ruptura ya está activada, aunque todavía no se haya declarado formalmente.