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"La fe no tiene fronteras… El amor tampoco…"

"Algo me dice que los cristianos no estamos en el mundo para salvarnos, sino para salvar… no estamos en el mundo para protegernos, sino para proteger… O, si prefieren decirlo de otro modo: los cristianos nos salvamos salvando a los demás…"

El amor no tiene fronteras

Que la fe no tiene fronteras, el profeta lo intuyó: “A los extranjeros que se han unido al Señor… los traeré a mi monte santo, los llenaré de júbilo en mi casa de oración…”. Ese mundo sin fronteras para la justicia, el salmista deseó y celebró: “Conozca la tierra tus caminos, todos los pueblos tu salvación. Que canten de alegría las naciones… Oh Dios, que te alaban los pueblos, que todos los pueblos te alaben”.

Por su parte, la mujer cananea saltó una valla fronteriza que parecía haber puesto el mismo Dios: “Si aún no me toca el pan de los hijos, me tocan ciertamente las migajas de los perrillos… y con ellas me basta”. 

Y Jesús, el sacramento del amor de Dios al mundo, se lo dijo a sus discípulos: “Se me ha dado plena autoridad en el cielo y en la tierra. Id y haced discípulos de todas las naciones… enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado”.

En realidad, ya se lo había dicho mucho antes, cuando los declaró “sal de la tierra” y “luz del mundo” … No dijo que lo fueran “de aquí” o “de allá”, sino “de la tierra”, “del mundo”.

La sal de la tierra

San Juan Crisóstomo lo comentó así: “El mensaje que se os comunica, no va destinado a vosotros solos, sino que habéis de transmitirlo a todo el mundo. Porque no os envío a dos ciudades, ni a diez, ni a veinte; ni tan siquiera os envío a toda una nación… sino a la tierra, al mar y a todo el mundo, y a un mundo, por cierto, muy mal dispuesto”. Y añade: “El que nos envió a todo el mundo, exige de nosotros aquellas virtudes que son más necesarias para ese cuidadola mansedumbre, la moderación, la misericordia, la justicia… la pureza del corazón, el amor a la paz y a la verdad, ya que el que posee estas virtudes las hace redundar en bien de todos”. 

Para el discípulo de Jesús, la fe no tiene fronteras, y el amor tampoco. 

Y, cuando leas esto, no pienses sólo ni tanto en eso que llamamos fronteras de las naciones; piensa sobre todo en las fronteras que levanta el propio yo, en ese mundo personal del que nos consideramos dueños: mi tiempo, mis cualidades, mis conocimientos, mis bienes, mi… mis… yo… El discípulo de Jesús, por la fe y el amor, todo lo pierde, todo lo da… hasta hacerse todo de todos…

Lo demás, lo intuye el sentido común: si yo, por la fe y el amor, he de ir al encuentro de la necesidad, por la misma razón, la necesidad ha de poder llamar a mi puerta… Si la fe y el amor no tienen fronteras, tampoco las tiene la necesidad…

Algo me dice que los cristianos no estamos en el mundo para salvarnos, sino para salvar… no estamos en el mundo para protegernos, sino para proteger… O, si prefieren decirlo de otro modo: los cristianos nos salvamos salvando a los demás… 

Eso mismo, desde nuestra comunión de fe con Cristo Jesús, aún lo podemos decir de otra manera: los cristianos nos salvamos si somos en el mundo una presencia viva de Jesús, que salva a quien necesita salvación… Y me perdonarán si eso lo decimos aún de otra manera: los cristianos nos salvamos si somos, en el mundo, la mano que Jesús tiende a quienes piden ser ayudados…

En el día de la verdad, el Rey nos sorprenderá todavía con otra manera de decirlo: sólo se salvarán, se salvarán todos, los que hayan atendido a la necesidad de Dios en la necesidad del pobre. Las fronteras que levantemos frente al pobre, serán las fronteras que nos separen para siempre de Dios.

P.S.:

De la Exhortación apostólica de S.S. LEÓN XIV

DILEXI TE -Te he amado-

Sobre el amor hacia los pobres

En (la Regla de san Benito), la acogida de los pobres y los peregrinos ocupa un lugar de honor: «Mostrad sobre todo un cuidado solícito en la recepción de los pobres y los peregrinos, porque sobre todo en ellos se recibe a Cristo».

Acoger | PEDRO ARMESTRE/SAVE THE CHILDREN

El compartir entre los monjes, la atención a los enfermos y la escucha de los más frágiles preparaban para acoger a Cristo, que llega en persona del pobre y el extranjero. La hospitalidad monástica benedictina permanece hasta hoy como signo de una Iglesia que abre las puertas, que acoge sin preguntar, que cura sin exigir nada a cambio.

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