La Trinidad: Un misterio de esperanza
El primer domingo después de Pentecostés, la Iglesia celebra la solemnidad de la Santísima Trinidad: Confiesa el misterio, lo contempla, entra en él, asombrada de encontrar en Dios una morada para los pobres
El primer domingo después de Pentecostés, la Iglesia celebra la solemnidad de la Santísima Trinidad: Confiesa el misterio, lo contempla, entra en él, asombrada de encontrar en Dios una morada para los pobres.
Hijos de Dios en Dios:
Primero escuchamos lo que, en la revelación, nuestro Dios y Señor dice de sí mismo: “Señor, Señor, Dios compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia y lealtad”. Y luego cantamos: “A ti gloria y alabanza por los siglos”.
Donde nosotros decimos: «Dios», él te dice: «Compasivo y misericordioso». Donde decimos: «Señor», él te dice: «Rico en clemencia y lealtad».
Por eso, porque el Señor ha pasado ante ti y te ha revelado sus entrañas de madre, te inclinas al momento, y desde tu pequeñez, desde tu miseria, confesando tu rebeldía de pueblo obstinado y duro de cerviz, pides a tu Dios y Señor que camine contigo, que perdone tus culpas, que te acepte como heredad suya.
Tú le dijiste, «camina conmigo», y la fe te recuerda que la Palabra de Dios se hizo carne, que la luz de Dios brilló en nuestras tinieblas, que la misericordia de Dios puso su tienda entre nuestras tiendas.
Tú le dijiste, «camina conmigo», y la fe te lo mostró a tu lado, más pendiente de ti que una madre, más cerca de ti que un amigo, más dentro de ti que tú mismo.
Tú le dijiste, «camina conmigo», y la gracia de Dios, que es nuestro Señor Jesucristo, quiso quedar contigo hasta el fin del mundo.
Tú le dijiste, «perdona mis culpas», y hoy la fe te recuerda que Dios entregó a su Hijo único para que tú recibas de él el perdón de las culpas y la vida eterna.
Tú le dijiste, «perdona mis culpas», y viste que a tu lado él escribía por tierra, mientras tus acusadores y tu condena se desvanecían, porque él es para ti el perdón que le has pedido.
Tú le dijiste, «perdona mis culpas», y el amor que es Dios, nuestro Padre, envió su Hijo al mundo para que el mundo se salve por él.
Tú le dijiste, «acéptame como heredad tuya», y hoy la fe te recuerda que eres del Señor, que él es tu Dios y tú eres su pueblo, y que Dios es tu heredad porque su amor ha querido hacerte heredad suya.
Tú le dijiste, «acéptame como heredad tuya», y él, al llevarte por gracia a la tierra prometida que es Cristo, hizo de ti su herencia escogida, la más preciosa, la más querida.
Tú le dijiste, «acéptame como heredad tuya», y la comunión que es el Espíritu Santo, da testimonio a nuestro espíritu de que Jesucristo es el Señor, de que vivimos con Cristo, de que vivimos en Cristo, de que somos en Cristo hijos de Dios.
Oración desde desierto:
Somos, Señor, tu pueblo, y caminamos en un terrible desierto. Yo no sé pesar el dolor de los pobres, no sé hasta donde alcanza la angustia de los derrotados, no sé contar las lágrimas de los que lloran. Sólo sé que ellos están conmigo, en mi oración, en la oración de tu Iglesia, en la oración de tus hijos, en la oración de tu Hijo, cuando te digo: «camina conmigo», «perdona mis culpas», «acéptame como heredad tuya».
Yo no sé, mi Señor, de qué manera tu compasión y tu misericordia envuelven a tantos hijos tuyos que son víctimas de la indiferencia, del egoísmo, del resentimiento, del odio, de la guerra, del terror, del hambre… Sólo sé queesas víctimas son carne de mi carne, cuerpo de tu cuerpo que es la Iglesia, terror añadido, que no sustraído, al terror de tu único Hijo crucificado, y sigo repitiendo con ellas y por ellas: «camina conmigo», «perdona mis culpas», «acéptame como heredad tuya».
Hoy, a todos tus hijos que peregrinan en el desierto, también a los que ya caminan por las cañadas oscuras de la muerte, a todos quiero traer a nuestra celebración, con todos quiero decirte Señor: «camina con nosotros», «perdona nuestras culpas», «acéptanos como heredad tuya»; con todos quiero entrar en este misterio de gracia que es la comunión de tus hijos con tu Hijo, de tus pobres con tu Pobre, de nuestra muerte con tu Vida.
Sólo en esta comunión se me hace menos oscuro el dolor y siento invencible la esperanza. Sólo si veo a tus pobres en comunión con tu Hijo, alcanzo a verlos acogidos en tu misericordia, en tu compasión, en tu clemencia, en tu lealtad, en tu luz, en tu gloria, en tu amor, en tu dicha, en Ti, mi Dios y Señor.
Entonces se abre camino desde el corazón a los labios la bendición a tu nombre santo y glorioso. Es el canto de tus fieles, reunidos hoy en asamblea santa; es el canto de tu Hijo, el crucificado revestido de gloria y de poder por la fuerza del Espíritu; es el canto de tus pobres, con quienes en Cristo has caminado, a quienes por Cristo has perdonado, a quienes en Cristo has tomado como heredad tuya y te has dado en heredad.
A ti, Padre nuestro, con Cristo tu Hijo, en la unidad del Espíritu Santo, gloria y alabanza por los siglos.