Sor Lucía: "Elegimos la paz cuando suenan tambores de guerra y de odio"
"Esperar hoy es negarse a aceptar que la violencia tenga la última palabra"
Hoy nos despertamos con la noticia de nuevos ataques, de una herida más que se abre en el mapa del mundo, esta vez en Venezuela. Y el corazón se nos encoge porque la sensación es casi insoportable: otra guerra más, otro conflicto que se suma a tantos que ya no caben ni en los telediarios ni en nuestra alma. La pregunta brota sola, incómoda y sincera: ¿qué nos está pasando para acostumbrarnos a vivir en el conflicto? ¿Cómo hemos normalizado la violencia, el enfrentamiento, la lógica del “unos contra otros”, como si fuera el estado natural de las cosas?
Quizás lo más grave no es solo que haya guerras lejos, sino que hay guerras muy cerca, en nuestro kilómetro cero. Batallas diarias que no hacen ruido de bombas, pero que dejan heridas profundas: la intolerancia hacia el inmigrante, la criminalización del más pobre, el desprecio por la vida cuando deja de ser “útil” o rentable, los extremos que gritan, insultan y descalifican, convencidos de que aniquilar al otro es una forma de tener razón. Y, mientras tanto, tanta gente buena que sufre en silencio. Tantas lágrimas que no salen en titulares, que no se recogen en ninguna estadística, que no parecen importarle a nadie.
Y sin embargo, incluso en medio de todo esto, seguimos hablando de esperanza. No como una palabra ingenua o vacía, sino como un acto profundamente rebelde. Esperar hoy es negarse a aceptar que la violencia tenga la última palabra. Es creer que la paz no es solo la ausencia de guerra, sino la construcción diaria de relaciones nuevas, basadas en el respeto, la escucha y la dignidad de cada persona.
La paz no germina de golpe ni desde arriba. Brota cuando alguien decide no odiar, cuando otro se atreve a acoger, cuando dejamos de señalar con el dedo y empezamos a tender la mano. Brota cuando nos negamos a deshumanizar al diferente y cuando volvemos a mirar al que sufre no como un problema, sino como un hermano, una hermana.
Tal vez no podamos parar todas las guerras del mundo, pero sí podemos impedir que la guerra se instale en nuestro corazón y en nuestras comunidades. Sí podemos recoger las lágrimas que nadie ve, dar voz a quienes no la tienen, y trabajar —aunque sea lentamente— para que la paz sea algo más que un deseo: para que sea una forma concreta de vivir.
Porque la esperanza, a pesar de todo, y por encima de todo, sigue siendo posible. Y hoy, precisamente hoy, elegirla es un compromiso con la vida.