Nuestros campos del honor
Ser joven hoy no deja de ser bendito privilegio
“Si la guerra nos perdona la vida…”, sueña una y otra vez Vera Brittain, pero la guerra bruta no accedió. La contienda salvaje no perdonó. Sólo se la perdonará a ella, a ninguno más de los varones que la rodeaban; ni a su prometido, ni a su hermano, ni a otros amigos. La juventud de entonces, “Gran Guerra” (1914-19), vivió con la espada de Damocles pendiendo sobre ellos. “Cada vez que pienso que en cualquier momento, en un instante, una bala perdida puede poner fin a esa vida brillante, hacer añicos esa juventud y sus poderosas promesas...” y la bala perdida silvó para acabar privándole de aliento, primero a su novio, después al resto.
La paz nos viene perdonando la vida desde 1945, pero ¿qué hemos hecho con esa generosa prórroga?, ¿Qué logros hemos alcanzado tras la barbarie de la guerra? Antes de arremeter contra Europa hay que leer “Testamento de juventud”, acampar entre las encendidas emociones de la época. Sus casi novecientas páginas de excelente literatura y desgarro pueden reconciliarnos con el viejo continente y sus instituciones. La joven enfermera y escritora, Vera Brittain, vivía una “ansiedad constante bajo la superficie del momento”. Cuando llegaban las cartas de sus hombres en el frente “tenían cuatro días de antigüedad, un tiempo en el que el remitente podría haber muerto infinitas veces”.
Las nuevas generaciones se han quitado esa ansiedad, reciben los mensajes sin luto y además al momento. No viven al borde de la zozobra. Vienen con la vida ya perdonada y eso no es poco. Se habla mucho de la juventud de hoy y su falta de posibilidades, pero a la de entonces le bastaba sobrevivir a “los Campos del honor”, volver al hogar anhelado. Los que retornaron con todas sus secuelas físicas, sobre todo emocionales y mentales no alcanzaron los dos tercios. Hemos retornado de tantas batallas, pero a veces pareciera que faltara el ardor por la batalla de la vida. La juventud de hoy se reúne en los campus universitarios a compartir almuerzo, estudios e ideales; la juventud de 1914 se encontraba en unos campos más anchos para matarse.
No se debiera maldecir, ni condenar a Europa sin haber pasado por esas trincheras inmundas donde lo mejor de la juventud del momento dejó por millones y millones sus vidas. Los jóvenes de ahora no tienen casa, pero los de entonces no tenían refugio para protegerse de las bombas. No es lo mismo desesperarse delante del listado del “Idealista”, que correr por los campos minados en busca de sobrevivencia…
Conviene que la juventud de hoy teclee en el chat GTP los nombres de Vera Brittain o de Barbara W. Tuchman (“Los cañones de agosto”) o de Erich Maria Remarque (“Sin novedad en el frente”)…, para no maldecir su hora de pisos imposibles, para apreciar sus coordenadas, su cielo despejado, su continente algo envejecido.
Las balas seguirán errando y perdiendo. Si la guerra nos ha perdonado la vida, dónde se encuentra ahora la Gran batalla, la cita ineludible. ¿Y si el “campo del honor” fuera hoy una actitud de renuncias, un compromiso con un modelo alternativa y sostenible, una defensa de la vida en todas sus amenazadas formas?
“Los cañones de agosto” (1914) vomitan dolor y muerte cada vez desde más lejos. Por todos estos años sin balas perdidas, de vidas amnistiadas deberíamos hacer frente al futuro con un rearme moral y espiritual sin precedentes. Ya hemos muerto en las disputas ya mundiales, ya domésticas. El odio debiera haberse agotado. Nuestro “testamento” es el de una Europa y mundo más unidos, el de una Tierra más cuidada. Cada vez hay más personas de buena voluntad, que no se dejarán ganar por la corneta que llama a tomar nuevos territorios. Sólo resta cuidar los que ya tenemos. Putin y los dictadores planetarios no nos impedirán soñar, apostar por un mundo en el que prevalezca la libertad y los derechos humanos. Trump tampoco. El matón pasará, se llevará su ICE y su autoimpuesto nobel y toda su ignominia en medio de la historia de una nación más humana.
Por todos los que la guerra no perdonó, por todos los que no volvieron, tenemos la obligación de construir un mundo más humilde y despojado, más colmado de literatura y “testamento” edificante, más en paz, armonía y fraternidad.