Aurelio García afirma en el curso para 'obispos novatos' que su tarea del pastor no consiste en ejercer de "policía de la liturgia"
En una ponencia titulada «La liturgia en el ministerio episcopal. Continuidad y novedad en la liturgia en el contexto de la primera evangelización», dirigida a los 49 obispos de reciente nombramiento reunidos en el Pontificio Colegio Misionero «San Pedro Apóstol», según informa Fides
(Agencia Fides).- En el marco del Curso de formación para nuevos obispos organizado por el Dicasterio para la Evangelización (Sección para la Primera Evangelización y las Nuevas Iglesias Particulares), dedicado este año al tema «Servidores de la comunión en la Iglesia», Aurelio García Macías, obispo de Rotdon y subsecretario del Dicasterio para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, ha pronunciado el 4 de septiembre una ponencia titulada «La liturgia en el ministerio episcopal. Continuidad y novedad en la liturgia en el contexto de la primera evangelización», dirigida a los 49 obispos de reciente nombramiento reunidos en el Pontificio Colegio Misionero «San Pedro Apóstol».
La inculturación litúrgica ha ocupado un lugar central en su intervención, una cuestión que para muchas de las Iglesias confiadas a los nuevos obispos «no es un problema teórico, sino una cuestión pastoral cotidiana» y ha precisado que inculturar «no significa simplemente introducir en la liturgia elementos de la cultura local»: no basta «añadir un canto tradicional, introducir una danza, utilizar un instrumento musical local o traducir un texto». La inculturación, ha señalado, tiene lugar casi «por ósmosis», cuando el misterio celebrado encuentra realmente una cultura.
Tres riesgos a evitar
El prelado ha señalado tres riesgos que deben evitarse: la innovación innecesaria, recordando que, según Sacrosanctum Concilium, no deben introducirse innovaciones «si no lo exige una utilidad verdadera y cierta de la Iglesia» (cf. SC 23); el sincretismo, «particularmente delicado en los territorios donde las religiones tradicionales siguen estando culturalmente muy presentes»; y el folclore, ya que «la liturgia no es una representación cultural» y «un elemento cultural entra en la liturgia no porque sea pintoresco, sino porque puede estar al servicio del misterio celebrado».
En relación con la liturgia y los procesos de inculturación, la tarea del obispo, ha explicado García Macías, no consiste en ejercer de «policía de la liturgia», sino en ser él mismo el primer «liturgo» de su Iglesia particular, en «tener el valor tanto de promover lo que es auténticamente útil como de frenar lo que todavía no está maduro», porque «no toda prudencia es miedo, ni toda innovación es valentía».
La inculturación puede convertirse en una de las formas más bellas de la evangelización «cuando permite a un pueblo reconocer que Cristo no le es extraño», ha añadido. «El Evangelio no destruye lo que es auténticamente humano, sino que lo lleva a su plenitud». Por ello, la inculturación requiere «Pastores capaces de discernir». «No podemos tener miedo de las culturas, pero tampoco podemos idealizarlas. No podemos tener miedo de la diversidad, pero no podemos sacrificar la comunión. No podemos sofocar la auténtica creatividad del Espíritu, pero no podemos confundirla con la arbitrariedad. No podemos transformar la liturgia en un museo de formas inmutables, pero tampoco podemos transformarla en un laboratorio permanente».