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Hermana Rosa Parra en la Jornada de los abuelos: "La atención a los ancianos no puede limitarse al cuidado de sus necesidades físicas"

La religiosa, de las Hermanitas de los Ancianos Desamparados, destaca la importancia de acompañar a las personas mayores con cercanía, empatía y respeto, atendiendo sus necesidades físicas y espirituales

Abuelos | Pinterest

(Sebastián Sansón Ferrari/Vatican News).- En una sociedad marcada por las prisas, la tecnología y el culto a la juventud, las personas mayores pueden experimentar con frecuencia la soledad o la sensación de haber quedado al margen. Frente a esta realidad, la hermana Rosa Parra, de las Hermanitas de los Ancianos Desamparados, invita a recuperar el valor de la presencia, la escucha y los pequeños gestos de cercanía.

En el marco de la sexta Jornada Mundial de los Abuelos y de las Personas Mayores, que este año se celebra el 26 de julio, la religiosa destaca que la atención a los ancianos no puede limitarse al cuidado de sus necesidades físicas. También implica acompañarlos en su dimensión espiritual, reconocer su dignidad y ayudarles a vivir esta etapa desde la fe y la esperanza.

Para la consagrada, esta Jornada Mundial, instituida por el papa Francisco en 2021 y continuada por el papa León XIV, representa una oportunidad para volver la mirada hacia quienes pueden quedar olvidados. Las celebraciones, las visitas a los enfermos y las iniciativas promovidas por las comunidades son, a su juicio, una forma concreta de recordar que las personas mayores siguen formando parte de la gran familia de la Iglesia.

"Siempre es como un recordar", acota. Para la religiosa, esta Jornada permite "sacar polvo" a realidades que durante el resto del año pueden quedar más olvidadas.

Visitar, escuchar y acompañar

En este contexto, desde la Santa Sede, el Dicasterio para los Laicos, la Familia y la Vida invita a las comunidades parroquiales y diocesanas a hacerse cargo de manera especial de quienes viven solos, de quienes pasan sus días en centros de atención y de quienes no reciben visitas. En un comunicado, el Prefecto y Secretario de la institución curial, el Cardenal Kevin Farrell y Monseñor Dario Gervasi, desean que la Jornada "sea para todos —y en particular para los más jóvenes— una ocasión concreta para salir al encuentro de sus propios abuelos, de los ancianos de su familia y, sobre todo, de aquellos que no tienen a nadie a su lado". 

Asimismo, el Dicasterio propone algunas indicaciones pastorales para las visitas a las personas que están solas; por ejemplo, que quienes lo hagan no permanezcan únicamente en los espacios comunes, sino que se acerquen a las habitaciones; pedir a los ministros extraordinarios de la Eucaristía que prolonguen sus visitas habituales a los ancianos y dediquen un tiempo más sereno a la escucha; invitar a las familias a visitar a los ancianos solos que viven en su propio edificio o barrio, entre otras orientaciones.

A su vez, manifiestan que sería deseable que a partir de la Jornada se comiencen a organizar momentos de reflexión sobre el mensaje del Pontífice, que se puede distribuir a todos los participantes. Consideran que "se puede pedir a los ancianos una oración especial por los jóvenes y por la paz", e instan a favorecer la participación del mayor número posible de ancianos en la santa misa dominical celebrada con motivo de la Jornada.

Cuidar el cuerpo y acompañar el alma

La Congregación de las Hermanitas de los Ancianos Desamparados nació en 1873, a partir de la preocupación del sacerdote Saturnino López Novoa por la situación de muchos ancianos que quedaban solos y desamparados. Su carisma, explica Parra, consiste en acompañar a las personas mayores atendiendo tanto sus necesidades materiales como espirituales. Cuentan con una amplia red de unos 197 hogares en unos 21 países.

"Nuestra misión concreta es esta atención, no solo material", afirma. El cuidado integral se expresa en las tareas más sencillas de la vida cotidiana: dar de comer, asear, acompañar, escuchar o simplemente tomar de la mano. Pero también en llevar a la persona mayor a la Eucaristía, rezar el rosario y crear un ambiente en el que pueda vivir esta etapa desde la fe.

"Cada hermanita, cada voluntario, nuestro objetivo es transmitir esa ternura de Dios", explica.

Hermanitas de los Ancianos Desamparados

Para la religiosa, esta misión puede compararse con la casa de Betania. De la misma manera, las residencias deben ser lugares donde los ancianos puedan sentirse acompañados y acogidos, también cuando la enfermedad o la dependencia limitan sus capacidades.

El carisma de la congregación, recuerda, se resume en una expresión que ha orientado su misión: "Cuidar los cuerpos para salvar las almas".

Una sabiduría que las nuevas generaciones necesitan

La hermana Rosa advierte también sobreel riesgo de reducir la vejez a la fragilidad física y al deterioro. Frente a esta mirada, invita a descubrir la riqueza de la experiencia y la sabiduría que las personas mayores pueden transmitir.

En su trabajo con jóvenes voluntarios, procura que sean precisamente los ancianos quienes ocupen el centro. "A los jóvenes nos gusta ser protagonistas, los mejores, los líderes, los más rápidos, pero aquí venimos a que los protagonistas sean los ancianos", relata.

La hermana Parra se desempeña como formadora de las jóvenes que aspiran a la vida religiosa.

Las historias de quienes han trabajado durante décadas, han formado una familia, han enfrentado dificultades o han aprendido un oficio pueden convertirse en una escuela para las nuevas generaciones.

"Todo anciano, por muy limitado que sea, nos da una lección", asevera. Puede ser una enseñanza de paciencia, de aceptación del dolor o de capacidad para afrontar el sufrimiento.

Para la religiosa, el encuentro entre jóvenes y ancianos permite además superar una mirada superficial sobre la fragilidad. "Yo no cuido a un anciano por sus títulos, porque es más bello o menos, porque haya conseguido más en el mundo o menos, sino porque es Hijo de Dios", comenta.

Desde esta perspectiva, la dignidad de una persona no depende de sus capacidades ni de aquello que haya conseguido a lo largo de su vida. Incluso cuando ya no puede hablar o mantener una conversación, sigue siendo merecedora de cuidado, respeto y amor. "Que solo le puedo dar la mano y que él note mi fuerza, que él note mi calor, pues bendícese a Dios", explica.

Frente a la cultura del descarte

La religiosa llama también la atención sobre la tendencia de la sociedad contemporánea a dejar al margen a quienes ya no pueden seguir el ritmo acelerado de la vida.

"El anciano, el carácter del anciano no es la rapidez, es más bien pausado", observa. Las nuevas tecnologías y los cambios en las formas de comunicación pueden hacer que algunos mayores se sientan desplazados o incluso como una carga, aunque sus familias los quieran.

Ante esta realidad, la hermana Rosa considera fundamental cultivar la empatía y buscar nuevas formas de acercamiento. La respuesta, sostiene, no siempre requiere grandes acciones. Puede comenzar con gestos cotidianos: ayudar a una persona mayor a cruzar la calle, acompañarla con las bolsas de la compra o simplemente detenerse para saludarla.

Labor de las religiosas con las personas mayores

"Qué gestos más bonitos y qué sencillos", manifiesta. Porque detrás de una acción aparentemente pequeña puede existir una experiencia profunda: la certeza de que "alguien se acuerda de mí".

En esta tarea, la religiosa considera que los cristianos tienen una responsabilidad particular. "Cuando hicisteis a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis", recuerda, evocando las palabras del Evangelio.

La pastoral de los ancianos, por tanto, no es solo una tarea de quienes trabajan en residencias o instituciones. Es una responsabilidad que involucra a las familias, las parroquias, los voluntarios y a toda la comunidad.

León XIV: "La Iglesia conoce el sufrimiento de sus hijos más mayores, sabe bien que muchas veces se les mira con prejuicios y se les considera un peso".

"Yo no te olvidaré"

El lemade la Jornada Mundial de los Abuelos y de las Personas Mayores de este año, "Yo no te olvidaré", elegido por el papa León XIV, adquiere una especial resonancia en las palabras de la hermana Rosa. Para la religiosa, esta expresión recuerda que Dios permanece cercano a cada persona y que la Iglesia está llamada a hacer visible esa cercanía, especialmente entre quienes atraviesan momentos de fragilidad.

"Dios no nos olvida y Dios nos quiere a cada uno", afirma. Por ello, la misión de quienes acompañan a los ancianos consiste también en ayudarles a descubrir que siguen siendo importantes, que sus vidas tienen valor y que todavía tienen un lugar dentro de la comunidad.

La hermana Rosa invita asimismo a los jóvenes a acercarse sin miedo a las personas mayores. No se trata de realizar grandes acciones, sino de dedicarles tiempo. Sentarse junto a un anciano, dejar por un momento el teléfono móvil y el reloj y estar allí, sin prisas.

"Mi tiempo es para ti", propone como una actitud concreta de acompañamiento. La religiosa asegura que los mayores saben reconocer cuándo una persona está verdaderamente presente y cuándo su visita se realiza con prisa. Por eso, considera que recuperar el valor de la presencia constituye una de las respuestas más importantes frente a la soledad.

El Papa: "Les exhorto, queridos hermanos, a unirse a mí en la oración constante para que llegue pronto la paz al mundo entero".

"Dediquemos tiempo a los demás, dediquemos tiempo a la ancianidad", insiste. A las personas mayores, en cambio, les anima a confiar en la misericordia de Dios y a vivir con paz esta etapa de la vida. Desde su experiencia acompañando a ancianos enfermos y en los últimos momentos de su vida, recuerda el testimonio de uno de ellos que, pese a sus limitaciones físicas, hablaba con serenidad de su familia, del bien que había podido realizar y de la esperanza de encontrarse pronto con Dios.

Para la hermana Rosa, esta experiencia expresa el sentido profundo de la pastoral de los ancianos: acompañar hasta el final, cuidar con ternura y recordar que ninguna persona, por frágil que sea, debe sentirse olvidada.

"Dios es amor", recuerda la religiosa. Y desde esta certeza invita a mirar a las personas mayores no como una carga, sino como hijos de Dios, portadores de una historia y de una sabiduría que todavía tienen mucho que ofrecer a la Iglesia y a la sociedad.

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