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Habérnoslas con Heidegger

El desafío incesante de la filosofía de superar la idolatría para descubrir el verdadero Dios

Martín Heidegger (1889-1976) en un momento cotidiano comiéndose unas uvas o a lo mejor se reflexionaba acerca del ser de las uvas desde su condición de ser que pregunta por el Ser o Dasein

Cincuenta años tras su fallecimiento el 23.05.1976, queramos o no, seguimos habiéndonoslas con Martin Heidegger. No solo me refiero a los filósofos que se esconden tras los muros seguros y encalados del enclave académico cada vez más falso con respecto a los valores que ahí se viven y enseñan, sobre todo con el patológico afán publicitario que se ha vuelto pandémico y endémico en estos pagos, sino a todo ‘pensador’ serio o ser humano que se toma en serio su existencia, su vida en sus despliegues diversos como la sociedad en general, la política, la Iglesia, el mundo del arte de la cultura, la vida cotidiana, etc. Heidegger es un tumor maligno o canceroso que no hemos logrado extirpar; es una legión de diablos que no hemos conseguido exorcizar. En parte sí, mas no del todo.

             Queramos o no, hemos de convivir con él. Pese a las denuncias documentadas contra su vida controvertida, pues su silencio con respecto a su asociación con el nazismo sigue siendo ensordecedor; pese a los grandes y solventes pensadores e intelectuales que lo han calificado como un paladín de intranscendencias ininteligibles; pese a la indiferencia de hombres de la vida cotidiana muy alejados de cualquier tipo de especulación, sobre todo el que se expresa mediante la verborrea que nos aleja más aún de la realidad radical, de la vida en concreto.

             Empecé a leer a Heidegger (una lectura siempre mediada por una traducción, pues mi nivel de alemán no es lo suficiente como para coger este toro tan peligroso directamente) en la carrera universitaria desde la óptica existencialista.Si bien en los años noventa del siglo pasado, esta ya estaba desfasada, esta lectura era muy generalizada.Aunque está ya superada por una nueva generación, por así decirlo, de exegesis heideggeriana siguen siendo válidos y acertados muchos puntos, pues la relevancia de Heidegger se debe a que al parecer ofrecía claves para comprender la situación de entonces, sobre todo al estallarse la Segunda Guerra Mundial.

             Heidegger tenía su lenguaje propio que pervive en muchas palabras clave que él ha redefinido para siempre, marcando tendencias que no se han muerto de todo sino que se han venido mutando, cual un virus, a lo largo del tiempo.Como botón de muestra: el Ser, el Dasein, la existencia, las existencialia, la angustia, el ser arrojado hacia la muerte…Todo ello de la obra más representativa de su primera etapa o Heidegger I: El ser y el tiempo de 1927.

             Heidegger mismo se ha ido mutando o ‘morfando’. El denominado ‘Heidegger II’, posibilitado por el Heidegger I y que contiene a este, es más críptico. Del interés por el ser privilegiado por poder hacer la pregunta acerca del Ser (o el Dasein) pero sin tinte o rasgo humanista, como lo ha interpretado la denominada corriente existencialista (sobre todo, Sartre) este virus influyente se ha centrado en el ser en si mismo, en su morada que es el lenguaje, efectivamente reduciendo a la superestrella o ‘superstar’ de la primera etapa en pastor o servidor. Quizá esa lectura ‘humanista’ o ‘antropológica’ fuera lo responsable para este Kehre o giro en el pensar heideggeriano. Mas en el fondo se trata del mismo pensador, del mismo virus en su sobrevivencia para seguir infectando a muchos.

             Heidegger mismo decía que él quería seguir una misma estrella. Sin duda, la única estrella, esto es, el único norte de su trayectoria es el ser y de sus correlatos como el expresar poético, la amenaza de la tecnología, el sentido de nuestra existencia.

             Gracias a su lenguaje y modo de presentar vigoroso, farragoso, tedioso, nos hemos dado cuenta de que el ser es una cuestión policromada que puede revelarse en todos sus matices como un monstruo policéfalo o como una morada hostil que siempre invita a pensar o a reflexionar. Si bien Ortega había pensado en los mismos temas con anterioridad, Heidegger tenía más público, por así decirlo, por su situacionalidad geográfica y cultural, pues culturalmente lo nórdico, específicamente lo germánico, había eclipsado los planteamientos clásicos y muy apegados a la escolástica de lo hispánico y, sobre todo, por el rigor o el estilo de la presentación.

             Ortega era paladín de la claridad; sostenía que ‘la claridad es la cortesía del filósofo’ mas su estilo literario, la cumbre de la prosa contemporánea española por su belleza, también ha creado un laberinto más atractivo, más luminoso y lúdico, por así decirlo. Mientras que el de Heidegger es más oscuro, con muchos callejones sin salida, con un encanto o morbo más oscuro y trágico. Claramente nos hallamos antes dos universos estilísticos y estéticos distintos, si bien ambos tienen el propósito de proponer modelos ontológicos, cada uno desde sus propias fuentes, si bien al parecer coinciden con Dilthey pero con una raíz fenomenológica más bien distinta: Ortega procede de Scheler mientras que Heidegger del Husserl de las Investigaciones Lógicas con resultados sorprendentes, pues tanto a Scheler como a Husserl no los reconocerán las madres que los parieron tras pasar el tamiz orteguiano y el filtro heideggeriano.

             Dicho marxista y derridanamente, Heidegger es un espectro que sigue rondando, cual un fantasma, en nuestras casas del ser. Es un espectro que se sigue encarnando, pues como dijera Ricouer, da que pensar, es un símbolo perenne cuya influencia no puede negarse.Heidegger es un camino iniciación, una ‘mistagogía del ser’ como afirmara Rahner, en una morada oscura que sigue lanzando un desafío, pues dentro se halla un laberinto de la que es difícil salir no por los enredos de tipo conceptual sino por los retos que persisten, sobre todo con respecto a las consecuencias del monolito ontológico que en su día Levinas denunciaba abogando al otro frente al monolito del ser, abogando la ética como primera filosofía.

             En efecto, Heidegger sigue ofreciendo un sistema ontológico en que lo que cuenta no es el ser de los seres sino el mismísimo ser hasta el punto que todos estén reducidos al ser por lo que todos los caminos se reducen al ser o como preludios y eso cuando se oyen los disparos, los llantos de los hambrientos, los gritos de las víctimas en circunstancias nefastas para la sobrevivencia.

             Heidegger sí ha sobrevivido al menos por el encanto de sus aparentes nimiedades que, queramos o no, forman parte de nuestra vida cotidiana de tal forma que con ellas hemos de habérnoslas.

             Yo aceptaría que Heidegger cayera en mi órbita (no yo en la ella) porque, repitiendo lo de Ricouer, pues da que pensar, me ayuda que pensar si bien no es digno de ser emulado, sobre todo a raíz de los retos de hoy en día en que se necesita más transparencia, más credibilidad, pues no necesitamos maestros sino testigos que viven lo que predican en sus propias carnes, séame permitida parafrasear a Pablo VI. Siendo así, a Heidegger hemos de derribarlo del sanctasanctórum del pensamiento, pues no es Dios sino un ídolo que dijo que con esta modernidad ‘solo un Dios podría salvarnos’ pero su dios es su propio pensar idolatrado, convertido en ídolo cuyos valores son los mismos que se glorificaron en aquellos años oscuros de la Segunda Guerra Mundial.

             No me descubro la cabeza ante su tumba, desde esta distancia geográfica y cultural, pero gracias a su tumba y al espectro que sigue gritando desde la misma, descubro con la cabeza muchas cosas inusitadas sobre nuestra realidad que, queramos o no, sigue coincidiendo con alguna forma con la que le tocó vivir y soportar al mismo Heidegger. Por estos descubrimientos, me levanto ante su tumba y la de muchos cuyas obras han dejado manchas y borrones en las páginas blancas del pensar humano, dispuesto siempre a lanzar un desafío: el de ir más allá de estos monumentos fúnebres, de superar sus obras que se han convertido en altares para seguir viviendo o conviviendo con los desafíos, cual un Jacob, para merecer el título inigualable del ‘luchador con Dios’, con el verdadero Dios y no un ídolo, tan seductor, como Martin Heidegger.

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