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El buen ladrón y la buena religión

Descubre este relato inspirado en el Evangelio y nacido de una experiencia personal del amor de Dios: la historia de la redención de San Dimas, el ladrón que encontró la luz en el Gólgota

Crucifixión | Ramon Fandos

El sol caía con una luz cegadora, sin compasión. Abajo, podía oírse el cínico parloteo de una pequeña muchedumbre esperando a ver el triste espectáculo. Ese murmullo de feria que aparece cuando el dolor ajeno no cuesta nada. Y arriba, en lo alto, tres cruces. Tres cuerpos. Tres condenados.

El ladrón —al que después llamarían “bueno”, como si fuera un título cómodo— no tenía nada de bueno a los ojos de nadie. Si estaba allí, era porque había merecido el tormento. Tenía la sangre seca pegada a la piel, la boca abierta por la sed, y un cuerpo que ya no obedecía. Cada respiración era una batalla perdida. Y en ese esfuerzo, como si la vida se deshiciera en pedazos, podía ver lo esencial de la condición humana cuando la representación está a punto de finalizar:

El dolor en todo el cuerpo . El terror ante la muerte inminente. La completa soledad . La vergüenza. La impotencia y la desesperación de no poder bajar y olvidarlo todo, como si solo hubiera sido una pesadilla.

No solo sufría: también recordaba. Recordaba el daño hecho, las decisiones torcidas, la gente de la que se había aprovechado, la mentira, la violencia, el egoísmo. Allí arriba no había distracciones ni excusas. La memoria era otro juez, implacable y persistente.

A su lado, el otro condenado escupía rabia. Insultaba a todos, como quien se aferra a un último gesto de control: si no puedo salvarme, al menos puedo herir con la palabra. El buen ladrón lo escuchaba y, por un instante, esa rabia le pareció tentadora. Era fácil y le daría un alivio inmediato. Pero algo en su interior —algo que no sabía nombrar— le impidió entregarse a ella.

Entonces giró la cabeza hacia el hombre del centro.

No sabía quién era, pero claramente no encajaba en la sórdida escena. Ese hombre no estaba allí como ellos dos. La ley lo había metido en el mismo saco, sí: juzgado, declarado culpable, condenado y ejecutado. Todo “legal”, todo “correcto”, todo sellado. Pero no olía a delincuente. Había otra cosa.

Quizás era el modo en que estaba allí, perdonando a sus verdugos, sin defenderse, sin proferir amenazas, sin mostrar odio. Había una desnudez extraña, una falta absoluta de estrategia.

Y, en un instante, el ladrón lo vio con una claridad que le paralizó: ese hombre estaba allí por propia voluntad. La ley lo trataba como a un criminal… y él, en lugar de querer escapar, aceptaba la condena. Como si su forma de salvar no fuera “ganar el juicio”, sino entrar en la celda con el preso, amarle y acompañarle en sus últimos momentos.

Por primera vez, el ladrón sintió algo nuevo y fascinante: una presencia. Una cercanía que lo llenaba todo. No le quitó el dolor, hizo algo mucho más grande: le quitó el miedo.

Entonces percibió algo que le llenó de esperanza: aquel condenado —un hombre como él, con el mismo sufrimiento y la misma soledad— también necesitaba ser acompañado. Y, de un modo que no alcanzaba a entender, lo había elegido a él, un pobre malhechor.

El buen ladrón no podía bajarse de la cruz. No podía rehacer su pasado. No podía comprar el perdón con buenas obras, ni con indulgencias, ni confesando sus pecados, ni obedeciendo las consignas de ninguna institución religiosa. No podía “cumplir” ningún mandamiento, ninguna norma, ninguna ley…

Hizo… algo mucho más sencillo, lo que haría un buen hijo por su padre, lo que haría un buen amigo, lo que haría alguien que ama con todo su ser: estar con la persona amada, acompañarla. No hacía falta hablar, ni echar sermones, ni intentar consolar con bellas palabras. Tan solo estar ahí, con la mirada limpia y el corazón entregado.

Entonces miró al otro condenado, al que le supuraba la rabia, y, reuniendo las pocas fuerzas que le quedaban, dijo:

—Nosotros… lo merecemos…

Ya no necesitaba seguir engañándose. Era la gran verdad: dejar de pelear con la historia y rendirse ante una realidad que, por primera vez, no le destruía por dentro.

A continuación, mirando al del centro, pidió lo que deseaba con todo su ser:

—Acuérdate de mí

Significaba mucho más que “no me olvides”: “déjame estar contigo siempre”. “Si tú has elegido mi lugar, no quiero dejarte solo en el tuyo”. “Si has entrado en mi condena, déjame entrar en tu destino”. “No tengo nada que ofrecer… salvo mi compañía”.

El ladrón comprendió que la salvación no era un trámite, ni un premio, ni un examen aprobado, ni el resultado de haber sido bautizado o de haber cumplido con una religión. Era un encuentro. Un encuentro con alguien a quien no esperaba, a quien no conocía, y que, sin decir una palabra, fue capaz de atraparlo por completo con una sola mirada.

Jesús giró la cabeza. Su mirada era dulce y penetrante. El buen ladrón sintió que le conocía, que sabía todo de él, y que a pesar de saber quién era, no le reprochaba, no le apartaba de su lado.

Y comprendió que no estaba ante un juez que reparte castigos o recompensas, sino ante un ser humano como él que había aceptado ser condenado por la ley para poder decirle, casi al oído, clavado en una cruz como la suya:

—Hoy estarás conmigo en el Paraíso

Sin condiciones, sin exigencias. Sin letra pequeña, sin mediadores.

Y así, en la cruz, se abrió de nuevo el Jardín del Edén: El hombre volvió a Dios no para rendir cuentas, sino para dejar de esconderse, porque redescubrió el amor infinito del Padre.

Jesús no dio ninguna ley. Solo su amor incondicional compartiendo el mismo destino del hombre, la cruz, acompañando y dejándose acompañar para devolver al ser humano su verdadera naturaleza: Ser Hijo de Dios, como Él.

En la cruz están los grandes sufrimientos del hombre: dolor, miedo, soledad, rechazo, impotencia, pérdida.

Y están también las transgresiones: la mentira, la traición, la manipulación, el orgullo, la crueldad, la hipocresía… todo lo que luego destroza por dentro al ser humano.

Pero el cambio no vino por la ley. La ley ya había hecho lo único que sabe hacer: condenar.

El cambio vino porque Dios no eligió salvar desde arriba, sino acompañar desde abajo.

Y porque un culpable dejó de sostener su personaje y respondió con lo único que podía ofrecer: presencia.

No se trata de ser perfecto para ser amado. Se trata de dejarse amar para poder ser auténtico, y poder corresponder con ese mismo amor.

No se trata de bajar de la cruz. Se trata de no estar solo en ella. De que ningún ser humano esté solo en ella.

El cristianismo no es un lugar para gente “mejor”, sino un lugar donde se aprende a vivir lo mismo que el buen ladrón aprendió en una tarde:

Que ese buen ladrón somos todos y cada uno de los que nos reconocemos como “seres humanos”

Que alguien luchó contra el peso del legalismo religioso que aplastaba y sigue aplastando a los hombres. Y se dejó condenar para estar con nosotros… y que nosotros, tocados por un amor que no conoce límites, al fin dejamos de huir y elegimos quedarnos con Él en la cruz. Elegimos hacer de su destino el nuestro y entregar el espíritu sin miedo, para acompañarlo por toda la eternidad.

Y que, desde ese momento, mientras caminamos en este mundo, Jesús crucificado a nuestro lado es cada persona con la que nos encontramos en nuestro camino. Ahí es donde se reconoce nuestra fe, más allá de las ideas elevadas, más allá de los ritos o de cumplir normas y preceptos, más allá de cualquier estructura religiosa. Se reconoce, sobre todo, en el gesto sencillo de permanecer, de acompañar, de amar. Tal como Él nos amó primero.

Señor…

quédate conmigo en este lugar donde me descubro frágil,

donde ya no puedo fingir,

donde la vida me ha dejado sin fuerzas

y solo queda la verdad desnuda de lo que soy.

Tú sabes lo que he hecho,

lo que he roto,

lo que he perdido.

Sabes mis huidas, mis máscaras, mis torpezas,

y aun así no apartas tu rostro del mío.

No vengo a pedirte explicaciones.

Solo a dejar que tu presencia me sostenga

como sostuvo al ladrón en aquella tarde.

Él no tenía nada que ofrecerte,

y aun así tú lo miraste como si fuera lo más valioso del mundo.

Hazme creer que esa mirada también es para mí.

Cuando me venza la culpa,

cuando me pese la historia,

cuando me dé miedo acercarme,

susúrrame por dentro que no estoy solo.

Que tú no te bajas de mi cruz.

Que no esperas a que sea mejor para amarme.

Que no me pides méritos,

solo que me deje encontrar.

Y si un día, como él,

me nace un “acuérdate de mí”,

aunque sea torpe, aunque sea pequeño,

recíbelo como recibiste el suyo:

como un acto de amor que no sabe expresarse mejor.

Quédate conmigo, Señor.

En mi dolor y en mi alegría.

En mis sombras y en mis luces.

En mis derrotas y en mis búsquedas.

Quédate,

hasta que mi corazón aprenda, por fin,

a descansar en el tuyo.

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Extraído de "Sinfonía divina, acordes encarnados" Edit. PPC

Las Betania del descanso y la paz... de la Vida