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Catequesis y manipulación psicológica: Hay que revisar el lenguaje que usamos en la Iglesia y en el Catecismo

Es muy fácil manipular y dominar la mente si se consigue que una persona acepte como verdaderas dos ideas contradictorias sin darse cuenta de la contradicción. George Orwell en su novela "1984" llamó a esto "doublethink" o "doblepensar". Es un proceso extraño: por un lado sabes que algo no encaja, pero al mismo tiempo te obligas a aceptarlo para no sentir culpa ni quedarte fuera del grupo. Y cuando alguien acepta dos cosas incompatibles — "Dios te quiere y puedes ir al infierno", por ejemplo — deja de fiarse de su propio juicio y pasa a depender completamente de la autoridad, sin criterio propio para distinguir lo verdadero de lo falso.

Dios te ama pero eres libre de ir al infierno | Ramón Fandos

Yo viví esto durante veinte años en un movimiento de la Iglesia. Veinte años escuchando que Dios era mi Padre, un Padre que me había creado pecador y que me quería tanto, que había enviado a su único Hijo a ser torturado y crucificado para salvarme. Cada vez que el catequista predicaba en este sentido, yo levantaba la mirada y veía a mis “hermanos” escuchando tranquilos, como si todo encajara. Y entonces pensaba: “todavía no estoy lo suficientemente convertido”. Si alguna vez intentaba comentarlo y ponerlo en duda, me respondían que tenía poca fe. Tampoco me servían las explicaciones que decían que Dios no juzga ni condena, que es el ser humano quien “elige” salvarse o condenarse. Para mí seguía siendo una contradicción. Porque los seres humanos, a veces, llevamos heridas profundas, traumas tan grandes que pueden romper la psique y la voluntad. ¿Cómo puede alguien “elegir” libremente cuando está roto por dentro? Esa idea no me liberaba: solo añadía más culpa y más confusión.

Y ahí es donde aparece el mecanismo central de la manipulación psicológica: dejas de confiar en tu percepción y empiezas a depender de la interpretación de quien tiene "la autoridad que viene del Espiritu Santo". En mi caso, esa duda constante terminó creando un bloqueo interior. Dejé de tener criterio propio. Repetía ideas que no sentía y aceptaba explicaciones que no comprendía, convencido de que mis dudas eran falta de fe y que un día lo entendería todo. Así acabó apareciendo algo que es común en las personas manipuladas por las sectas: la pérdida de voluntad para salir. Sabía que no estaba bien, pero ya no confiaba en mi propia voz interior.

Fue viviendo en un Monasterio Cisterciense con monjes que sí que vivían una fe auténtica, donde descubrí que el evangelio era simple y claro. Allí, por primera vez, entendí qué significaba de verdad que Dios me amaba, sin frases dobles, sin conceptos que se contradicen.

Fue viviendo en un Monasterio Cisterciense, con monjes que sí vivían una fe auténtica, donde descubrí que el evangelio era simple y claro. Allí, por primera vez, entendí de verdad qué significaba que Dios me amaba, sin frases dobles ni conceptos que se contradicen.

Y fue allí también donde pude desintoxicarme por dentro y encontrar la fuerza para salir de aquel movimiento. Al mismo tiempo, me dolió comprobar cómo aquellos con quienes había compartido veinte años “caminando en la fe” dejaron de verme como a un hermano y empezaron a mirarme como si les hubiera traicionado y ya no mereciera su cariño.

Comprendí algo decisivo: Dios es amor y no puede no amar. Jesús nunca confundió a nadie; todo lo que hizo y dijo nació del amor absoluto y buscaba curar, liberar y dar vida. La confusión no viene de Él, sino de las interpretaciones que hemos construido “en nombre del Espíritu Santo” y que, a veces, han terminado por deformar el mensaje. Toda lectura del Evangelio debería partir y concluir en una certeza: Dios no puede no amar. Esa es la clave.

Dios es el anti‑mal, no porque responda al mal con más mal, ni porque lo permita o lo deje de permitir, sino porque su ser es amor absoluto. Dios no puede actuar desde el odio, la venganza o la violencia. No puede hacer nada que contradiga su esencia. Su única manera de enfrentarse al mal es amar, porque es lo único que Él es. Esta idea la desarrollé con toda claridad en otro artículo. Vale la pena leerlo. (ver artículo)

Debemos hacer una reflexión seria en la Iglesia. La palabra es importante, y cuando se repite durante años termina convirtiéndose en una realidad interior que la persona vive como verdadera, aunque le haga daño. Por eso necesitamos revisar la doctrina y, sobre todo, la manera en que la transmitimos. No podemos seguir usando conceptos que generan miedo, confusión o culpa. Es una responsabilidad enorme, porque muchas personas buscan a Dios con sencillez y acaban cargando traumas que nunca deberían haber existido. La fe no puede herir. La fe tiene que sanar. Y si no es así, debemos tener el valor de rectificar.

fandosrj@gmail.com

De buenas intenciones ... | Ramón Fandos

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