Jiddu Krishnamurti: la revolución espiritual sin templos ni tronos
«La Verdad es una tierra sin caminos, y no es posible acercarse a ella por ningún sendero, por ninguna religión, por ninguna secta». La verdad no puede organizarse; una creencia es un asunto individual que nadie puede administrar. «Mi único interés es hacer que el hombre sea libre. Deseo liberarlo de todas sus jaulas, de todos sus temores».
Renunció a su liderazgo espiritual y al gran patrimonio de la poderosa organización que quería convertirlo en un gran Mesías; al hacerlo, reveló algo decisivo: donde no existe una autoridad espiritual que se interponga entre la persona y la verdad, la manipulación se vuelve imposible.
La felicidad aplazada
Medimos quiénes somos con parámetros que incluyen nuestro cuerpo, nuestras creencias, nuestros deseos, nuestros afectos. La realidad queda fuera, como un decorado que juzgamos sin descanso: esto es bueno, esto es malo, esto lo quiero, esto lo aparto. Tenemos modelos de lo que debe ser una vida plena —familia, un buen trabajo, salud, una economía desahogada, un círculo de amistades— y, sin darnos cuenta, esos modelos se convierten en "condiciones para ser feliz".
Postergamos cosas que sabemos que nos harían felices con razones impecables —ahora no puedo, están los hijos; ya viajaré cuando me jubile; ya viviré cuando pase esta racha—, y cada renuncia, mirada por separado, es razonable. Prudente, incluso. El engaño no está en las decisiones: está en la premisa invisible que las sostiene, la de haber identificado la felicidad con las circunstancias. Y con esa premisa dentro ni siquiera el logro nos cura, porque cuando por fin llega lo esperado, la mente, entrenada durante décadas a vivir hacia la siguiente condición, fabrica otra, o se da la vuelta y se pone a añorar. Hay jubilados que aplazaron media vida y ahora aplazan la que les queda.
Krishnamurti llamó a esta trampa "tiempo psicológico". El reloj mide horas; la mente fabrica un «llegar a ser» que nos expulsa permanentemente del único lugar donde la vida ocurre, que es ahora. Mientras persigo lo que debería ser, me pierdo lo que es. Y en ese hueco entre lo que soy y lo que creo que debería ser anidan la frustración, la comparación y el miedo.
El hombre que disolvió su propia secta
La biografía de Krishnamurti es, ella sola, una parábola. La Sociedad Teosófica lo adoptó de niño en la India y lo educó para ser el «Maestro del Mundo», el mesías esperado. Crearon para él una organización internacional, la Orden de la Estrella, con decenas de miles de miembros, dinero, castillos y devoción. Todo estaba preparado para fabricar un guru a escala planetaria.
Y el 3 de agosto de 1929, en Ommen (Holanda), ante miles de seguidores reunidos para escuchar al elegido, Krishnamurti disolvió la Orden con unas palabras que deberían estudiarse en todos los seminarios: «La Verdad es una tierra sin caminos, y no es posible acercarse a ella por ningún sendero, por ninguna religión, por ninguna secta». La verdad no puede organizarse, dijo; una creencia es un asunto individual que nadie puede administrar. Y añadió la frase que resume su vida entera: «Mi único interés es hacer que el hombre sea libre. Deseo liberarlo de todas sus jaulas, de todos sus temores».
«La Verdad es una tierra sin caminos, y no es posible acercarse a ella por ningún sendero, por ninguna religión, por ninguna secta». La verdad no puede organizarse, dijo; una creencia es un asunto individual que nadie puede administrar. Y añadió la frase que resume su vida entera: «Mi único interés es hacer que el hombre sea libre. Deseo liberarlo de todas sus jaulas, de todos sus temores».
Devolvió el dinero, devolvió las propiedades, renunció al trono espiritual que otros habían levantado para él. Donde cualquier fundador habría consolidado su imperio, él lo desmontó, porque había entendido algo elemental: «en el momento que se sigue a alguien, se deja de seguir a la Verdad». No hay maestros, no hay dirigentes iluminados, no hay doctrina que sustituya a la propia mirada, al propio criterio.Y donde no hay autoridad espiritual que se interponga entre la persona y la verdad, no puede haber manipulación. Quien haya conocido por dentro un movimiento eclesial de obediencia ciega sabe exactamente de qué hablaba.
El observador es lo observado
Krishnamurti dio a esta experiencia una explicación psicológica de una lucidez enorme. Ese «yo» que observa y juzga la realidad desde fuera no es ninguna esencia sagrada: es un archivo de recuerdos, heridas, tradiciones e imágenes acumuladas. Somos, decía, seres humanos de segunda mano. Cuando contemplo la realidad desde ese archivo, no veo la realidad: veo mis categorías proyectadas sobre ella. Cuando miro a Jesucristo a través de lo que otros dicen de Él, no veo al verdadero Maestro, sino una imagen fabricada por siglos de interpretación. Y esa división entre el observador y lo observado —entre la imagen y la vida— es la fábrica de todo conflicto. Porque me obliga a defender una idea, una identidad, una ideología, en lugar de vivir lo que es.
Pero cuando la división cesa —cuando comprendo que "el observador es lo observado", que la realidad que tengo alrededor no es mi enemiga ni mi decorado, sino parte de mí—, ocurre algo muy concreto: toda la energía que gastaba en juzgar, comparar y defenderme queda libre para percibir y para actuar. Mirar sin evaluar, sostenía Krishnamurti, es la forma más alta de inteligencia. Y de ahí brota también su psicología del miedo: el miedo no habita en el presente, sino en el pensamiento que revive el pasado o anticipa el futuro. Quien está enteramente en el ahora no tiene dónde guardar el miedo.
Mirar sin evaluar, sostenía Krishnamurti, es la forma más alta de inteligencia. Y de ahí brota también su psicología del miedo: el miedo no habita en el presente, sino en el pensamiento que revive el pasado o anticipa el futuro. Quien está enteramente en el ahora no tiene dónde guardar el miedo
Ya lo dijo Jesús veinte siglos antes: «Mirad las aves del cielo... no os inquietéis por el mañana; a cada día le basta su afán» (Mt 6,26.34). Y también: «El Reino de Dios está dentro de vosotros» (Lc 17,21). Y en su última oración: «Que todos sean uno; como tú, Padre, estás en mí y yo en ti» (Jn 17,21). Krishnamurti no citaba el Evangelio y desconfiaba de todas las religiones organizadas, también de la nuestra. Pero la puerta que él señalaba y la puerta que Jesús dice ser (Jn 10,9) dan al mismo lugar: el presente habitado, la unidad con lo real, la vida en abundancia. El nombre cambia; la puerta es la misma.
El miedo no es de Dios
Los católicos tenemos doctrina, dogma, ritos, jerarquía, una lista innumerable de condiciones y un dios a medida que dice venir con amor pero que administra temor. La catequesis del miedo, la culpa fabricada desde la infancia, el «Dios te ama pero puedes condenarte»: ese doblepensar no es un accidente, es un mecanismo. El miedo es el arma más eficaz de todo grupo que quiere controlar conciencias, lo mismo en una secta destructiva que en cualquier estructura eclesial que anteponga su poder a las personas. Nos llenamos la boca hablando de misericordia y de amor al prójimo, pero nos pasamos la vida juzgando la realidad, viendo al diferente como amenaza, agarrados a la imagen de un yo que nos han construido otros. Al final no vivimos nuestra vida, sino la que otros diseñaron para nosotros, y lo peor es que no nos damos cuenta del engaño.
«En el amor no hay temor, sino que el amor perfecto expulsa el temor; porque el temor supone castigo, y quien teme no ha llegado a la plenitud del amor» (1 Jn 4,18). Una institución que necesita el miedo para sostenerse está confesando que no vive del amor.
Del juicio a la acción
En la parábola del samaritano el sacerdote y el levita ven al hombre apaleado y dan un rodeo: no son malvados, son observadores separados de lo observado, hombres que miran a través de sus categorías —la pureza ritual, la norma, el miedo— y por eso no ven a nadie. Del samaritano, en cambio, el texto dice que «lo vio y se conmovió» (Lc 10,33). Percepción directa, sin doctrina por medio, que se convierte inmediatamente en acción. Ahí está toda la mística y toda la ética en cinco palabras.
Cuando dejo de gastar mis fuerzas en juzgar la realidad, puedo por fin verla, y ver es el principio de amar. Entonces me doy cuenta de las necesidades de quienes me rodean, puedo comprenderlos sin sentencias y entregar todo lo que soy y tengo, porque todo lo que soy y tengo está ya en ese momento. No hace falta intermediario, ni método, ni permiso de ninguna jerarquía. La verdad es una tierra sin caminos, y resulta que la puerta de entrada estaba abierta desde siempre: se llama ahora, y en ella —lo dijo Jesús, lo vivió Krishnamurti sin nombrarla— nos espera el Inaprensible.
fandosrj@gmail.com
No hace falta intermediario, ni método, ni permiso de ninguna jerarquía. La verdad es una tierra sin caminos, y resulta que la puerta de entrada estaba abierta desde siempre: se llama ahora, y en ella —lo dijo Jesús, lo vivió Krishnamurti sin nombrarla— nos espera lo inaprensible.