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Tony de Mello, o por qué la Iglesia teme a los que despiertan

La Iglesia condenó a Tony de Mello once años después de muerto, cuando ya no podía defenderse. Su delito: enseñar a la gente a despertar, a pensar sin permiso, a encontrarse con Jesús sin intermediarios ni ritos sagrados. La misma institución que encubrió durante décadas a los que destruían a los niños no toleró a un jesuita que enseñaba a hacer fuego. Condenó al que liberaba y protegió al que dañaba.

Estas cosas van a destruir la raza humana: política sin principios, progreso sin compasión, riqueza sin trabajo, aprendizaje sin silencio, religión sin temeridad y culto sin conciencia

Tony de Mello no fue un profeta para todos los gustos. Sospecho que, en gran parte, es porque hay que saber leerlo. Hablaba desde la autenticidad: vivía lo que predicaba. Y tenía una cualidad rarísima en el terreno espiritual: su mística era puro sentido común. No pedía creer más, ni rezar más, ni obedecer más. Pedía una sola cosa, la más subversiva de todas: despertar.

Su diagnóstico cabe en una frase: quien piensa como católico no piensa; es pensado por su ideología. Igual que quien piensa como musulmán, como marxista o como capitalista. La persona dormida no procesa la realidad: repite el programa que le instalaron antes de que pudiera elegirlo. Despertar es la libertad: empezar a mirar con los propios ojos y liberarnos de las cadenas que nos impedían la felicidad.

Un oso recorría constantemente, arriba y abajo, los seis metros de largo de la jaula. Cuando, al cabo de cinco años, quitaron la jaula, el oso siguió recorriendo arriba y abajo los mismos seis metros, como si aún estuviera en la jaula. ...Y lo estaba... para él...

¿Y cómo respondió a esa enseñanza la Iglesia a la que Tony amó y sirvió toda su vida? Con una etiqueta oficial. En 1998, once años después de su muerte, la Congregación para la Doctrina de la Fe publicó una Notificación advirtiendo de que sus escritos podían causar "grave daño". Once años después de muerto, cuando ya no podía defenderse. Merece la pena detenerse ahí, porque esa etiqueta es la confesión involuntaria más reveladora que la institución ha hecho en décadas: ¿qué clase de estructura considera peligroso que su gente despierte?

El encuentro que no necesita permiso

El encuentro con Jesús es una experiencia personal, íntima, de una intensidad que desborda las palabras. Y tiene una firma inconfundible: provoca siempre el amor auténtico al prójimo. Jesús cambiaba la vida de todo aquel que se cruzaba con Él con una mirada, porque transmitía la fuerza del amor incondicional de Dios. Zaqueo, la samaritana, el buen ladrón: nadie salió de esa mirada igual que entró.

Es así de simple. Acción y reacción: encuentro con Jesús, amor al prójimo. Sin intermediarios, sin trámites Eso enseñaba Tony de Mello. Eso enseña el Evangelio.

La parábola del fuego

Mello contaba una historia que retrata a la perfección lo que la jerarquía ha hecho con el mensaje de Jesús.

Un hombre descubrió el arte de hacer fuego. Como era generoso, recorría los pueblos enseñando la técnica a todo el mundo, sin pedir nada a cambio. Los sacerdotes y hechiceros, temiendo que la gente acabara yéndose tras él, lo asesinaron y echaron la culpa a unos hombres malvados. Después cogieron los instrumentos de hacer fuego. Y afirmando que eran sagrados y que nadie podía tocarlos más que ellos, los encerraron en una urna que colocaron sobre un altar .

Y la gente desfilaba en interminables colas para arrodillarse ante los instrumentos de hacer fuego, y adorarlos, y pedir favores, y ofrecer sacrificios a cambio. Pero ya nadie hacía fuego...

El maestro y el gestor

Un verdadero maestro enseña a hacer fuego. La institución enseña a adorar los instrumentos del fuego, para asegurarse de que nadie vuelva a encender ni una chispa, porque haría peligrar su poder.

Un maestro desinteresado quiere discípulos despiertos, no clientes perpetuos. Un padre sano cría hijos con espíritu crítico y libertad para ejercerlo; solo un padre enfermo necesita hijos eternamente dependientes, culpables, incapaces de concluir nada por sí mismos. Donde la estructura necesita fieles así, no hay maestro: hay coerción.

Un discípulo preguntó al maestro: —Maestro, ¿cómo sé si una doctrina me esclaviza? El maestro respondió: —Muy fácil: mira si te enfadas cuando alguien la cuestiona.

Y hay una prueba que ahorra todas las demás. La misma institución que condenó al jesuita que enseñaba a hacer fuego estuvo encubriendo durante décadas a los que destruían a los niños. Condenó al que liberaba y protegió al que dañaba. No hace falta más para saber cuáles son sus prioridades: primero la imagen, después la doctrina, y en último lugar las personas. Exactamente el orden inverso al de Jesús.

"He venido a traer fuego a la tierra, y ¡cómo desearía que ya estuviera ardiendo!, Lc 12, 49

fandosrj@gmail.com

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