"La experiencia del acompañamiento del Espíritu Santo nos genera fortaleza espiritual"
“Cuando los apóstoles… se enteraron de que Samaria había recibido la palabra de Dios, enviaron allá a Pedro y a Juan,… para que recibieran el Espíritu Santo, porque… solamente habían sido bautizados en el nombre del Señor Jesús… Pedro y Juan impusieron las manos sobre ellos, y ellos recibieron el Espíritu Santo”.
El primer paso para ser discípulo de Jesús es, sin lugar a dudas, el bautismo, ya que nos da la filiación divina, nos convierte en hijos de Dios; pero para ser discípulos misioneros es indispensable recibir el Espíritu Santo mediante el sacramento de la Confirmación.
Por eso, del Bautismo debe seguir la Confirmación, que nos da la asistencia del Espíritu Santo y, con su ayuda, podremos ser testigos de la presencia de Jesucristo en el mundo.
Por su parte, escuchamos al apóstol San Pedro en la segunda lectura, que afirma: “Hermanos, veneren en sus corazones a Cristo el Señor, dispuestos siempre a dar al que las pidiere las razones de la esperanza de ustedes… Háganlo con sencillez y respeto y estando en paz con su conciencia”.
La experiencia del acompañamiento del Espíritu Santo nos genera una fortaleza espiritual, que nos capacita para afrontar las adversidades; y dar así un testimonio convincente de que Dios nos acompaña.
Y en el Evangelio de San Juan escuchamos al mismo Jesús que dijo a sus discípulos: “Si me aman, cumplirán mis mandamientos. Yo le rogaré al Padre y Él les dará otro Paráclito para que esté siempre con ustedes: el Espíritu de la verdad”.
Los mandamientos son el faro de luz que Jesús nos ofrece para iluminar nuestro camino, y con la ayuda del Espíritu Santo los podremos cumplir.
Por eso dice el mismo Jesús en el Evangelio de hoy: “No los dejaré desamparados, sino que volveré a ustedes. El mundo no me verá más, pero ustedes sí me verán”.
¿Cómo vamos a ver a Jesús? ¿Cómo es nuestra experiencia de que sí veo a Jesús en nuestro interior, en nuestra fortaleza espiritual, en nuestra convicción y acción de ayudar al necesitado, es decir, en síntesis, de capacitarnos en el amor?
El amparo que Jesús nos promete es que percibamos que Él nos acompaña en nuestra vida y, confiando siempre en su ayuda, desarrollaremos nuestra plena confianza, de que Jesús camina con nosotros, que Jesús vive en medio y a través de nosotros.
Pidamos en este Día de las Madres a nuestra Madre por excelencia, nuestra Madre María de Guadalupe, que todas ellas, nuestras madres vivas y las difuntas desde el cielo, sean capaces de conducir a sus hijos al encuentro con Jesús.
Por eso nos ponemos de pie ante ella y le pedimos de corazón que nos continúe acompañando.
Madre nuestra María de Guadalupe, al llegar a este sexto domingo de Pascua, en coincidencia en nuestro país con el Día de las Madres, te pedimos especialmente por ellas en la gran misión que tienen de conducir por la vía del amor a sus hijos en corresponsabilidad con sus esposos.
Danos a la par el ánimo para conocer a tu Hijo Jesús y podamos lograr ser buenos discípulos, leyendo y meditando los Evangelios, siendo constantes en la participación de la Eucaristía, especialmente la dominical, y obedientes a sus enseñanzas, y logremos así ser misericordiosos para generar en nuestros ambientes sociales una favorable fraternidad solidaria con nuestros prójimos.
Por eso invocamos tu auxilio especialmente por todas las familias cristianas para que sean una Iglesia doméstica, donde la ayuda fraterna y solidaria sea constante, propiciando con nuestra conducta la reconciliación y la paz social.
Todos los fieles aquí presentes este domingo nos encomendamos a ti, que brillas en nuestro camino como signo de salvación y de esperanza.
¡Oh clemente, oh piadosa, oh dulce Virgen María de Guadalupe! Amén.