Hay quienes abusan o se aprovechan (así define la RAE el término “vampirizar”) de la categoría de “misionero”, entre comillas, para otros intereses que están lejos del Reino de Dios (cfr. Mc 12, 28b-34); más bien suelen actuar en provecho propio, con diferentes grados de compulsividad e inconsciencia.
Utilizan la misión como una pantalla, se esconden detrás de ella para llenar vacíos personales y tapar desórdenes afectivos, inconsistencias y desajustes... Y es que “Corruptio optimi pessima”
Habría que detectar a quienes pervierten y tuercen el sentido de algo tan sagrado como la misión, y acompañar procesos de clarificación de las motivaciones, así como ajustar mecanismos de selección de aspirantes a misioneros y misioneras... sin comillas
Al fondo, a unos metros, hay una especie de templete abierto. Sencillo pero muy bien concebido, con sillas y una primorosa ornamentación vegetal; en el centro, una urna de cristal con una imagen de la Virgen de Fátima. Y habitualmente alguien orando. De modo que era eso, esa la presencia que llama, ese es el meollo de ternura que palpita en las entretelas de la ciudad.
El párroco Valeriano Domínguez Toro dice que todo el día está llegando gente, y doy fe. Impacta que tantos hagan una pausa en su jornada para encontrarse con la Madre y así disfrutar de un abrazo interior que va más allá del sosiego. Es una cuestión de amor puro.
Fue muy bello el gesto de la señal de la cruz, que un niño, un joven y un adulto nos marcaron a los sacerdotes sobre la frente; recordándonos así que somos consagrados como servidores del pueblo, del que formamos parte por el Bautismo, y en el que no somos más que nadie. A mí me tocó Mayra, que tiene 11 años, y con su media sonrisa se acercó para profundizar de ternura el distintivo invisible de mi vida.
Sé vivió un espacio de encuentro fraterno, de conocernos, de escucharnos y diálogos que nos lleven a vislumbrar caminos, un tiempo de gracia, de orar juntas y caminar en el Espíritu como nos invita el sínodo de la sinodalidad.
Me admiró especialmente su labor social. Les llegan alimentos a punto de caducar de supermercados cercanos y, con ayuda de amigos, los entregan diariamente a los necesitados. “Muchas personas tocan esa puerta cada día” – me dicen, y ellas responden con solidaridad y ternura. Se les nota sensibles a la situación del país, en sintonía con los más pobres…
Pero el más bello impacto que recibí fue su alegría. “Elige ser feliz” se lee en un edificio contiguo, y siento que estas mujeres los son. Lo percibo en sus rostros, en sus gestos, en sus miradas, en el carácter de su plegaria. Su casa es un remanso de alegría en este mundo convulso y violento. Gracias hermanas agustinas por existir y por ser como son. Recuerden que están invitadas al Vicariato, que acá necesitamos misioneras auténticas.
¿Se puede cambiar? No hay alternativa, eso es ser misionero. Esa locura, ese atrevimiento, esa deliciosa contradicción: evolucionar para ser auténticamente yo mismo, acá.
La borrasca interrumpe muchas cosas, pero sin traumas ni malos humores. Se llega tarde al trabajo, no se puede seguir en la chacra, imposible acudir a la reunión… porque llueve. Está en el ADN de la gente que hay que parar o ralentizarse, y más de uno directamente se irá a su hamaca a dormir sin complejos. Quizás la lluvia sea percibida desde tiempos remotos como un momentáneo oasis primaveral en medio del tremendo calor que se soporta siempre. Aunque el colapso climático al que nos precipitamos se asoma en forma de sequías cada vez más mortíferas.
Ingresar a la universidad no es fácil. Y no solo por el obstáculo puramente numérico (estamos hablando de miles de alumnos de toda la región Loreto para apenas unos cientos de plazas muy peleadas), sino por la brecha en los aprendizajes básicos que presentan los adolescentes de las comunidades del río, que terminan su secundaria lastrados por graves deficiencias en lectoescritura y matemáticas, y con un nivel académico real muy inferior al que dicen sus calificaciones.
Misioneras de pura sangre y largo recorrido. Aunque varias de ellas ya rondan la edad de ser abuelas, caminan con sus zapatillas de deporte, saltan al bote en Huampami, en Barrio Florido o en Macaya y atesoran mil anécdotas por esos ríos amazónicos desde hace décadas.
Con ellas he pasado estos días, tratando de dejarme enseñar, –yo también, tan discípulo como cualquiera–, por Dios Madre. Como buena pedagoga, utiliza la insistencia para señalarme la centralidad de la misión adorante, del oficio sencillo pero sustancial de consolar, de acompañar, de servir, de curvarme ante los pies más gastados, humildes y rotos. Y de entregar así la vida entera, a lo ancho y a lo largo, igual que ellas, que tienen 80 años y solo piensan seguir en la brecha. Lindas y pistoleras.
Irme a dar ejercicios, descansar, participar en un encuentro, hacer un retiro, meditar, orar… nomás para estar pensando en mi selva, en la misión, en mi vida de cada día; y contando los días que faltan para regresar. El hechizo que hace nueve años me tiene fascinado, me convoca de modo irresistible.
El Papa nos pidió a los misioneros en Puerto Maldonado “hacernos uno” con los pueblos indígenas, y tú lo has logrado con los tikuna. Has recorrido la “estrada santa” de la inserción plena y amorosa, de la opción por estar y compartir la vida, sin protagonismo, animando, pero rebosante de delicadeza.
En la dinámica de la vida comunitaria, la participación, la igualdad, la rotación en los servicios, la acogida, el peso de las mujeres… en todo intuyo tu mano, tus opciones innegociables, pero también la densidad de tu paciencia, tu carácter y a la vez tu respeto.
¿Qué hay que desaprender, modificar y aprender? Habría que implementar una auténtica ministerialidad eucarística y además dar pasos concretos en la onda de poner las cosas fáciles al pueblo de Dios, para que pueda disfrutar del Pan que da la vida eterna.
Algo que debería ser fácilmente accesible y vivido como clara luz que inspira y fortalece el proceso de la vida comunitaria, es percibido con perplejidad, casi como una extravagancia totalmente excepcional a la que por descontado ni se plantean acercarse; comulgar es un tremendo privilegio reservado a unos pocos elegidos.
Tú eres nuestra gran inspiración, Papa Francisco. Sabemos que formamos parte de tus sueños, y estos días de estudio y capacitación acudimos con mucha frecuencia a tus palabras y escritos. Tenemos tanto que agradecerte… Te sentimos como uno de los nuestros, y sabemos que contamos contigo.
Por favor, no te desanimes ante las críticas, no siempre leales; ya sabes que el Señor Jesús tuvo muchas, pero eso no le detuvo en el cumplimiento de su misión. Somos muchos más los que te admiramos y agradecemos a Diosito el don que eres para la Iglesia y para el mundo.
Agradesco todo lo que recibo cada día, desde que nací, sin que haya hecho nada para ganarlo o merecerlo; y que me permite vivir. Tú me das tanto, que veo ahora una estupidez quejarme; pero eso es lo que hago casi a diario. ¿Podrías Jesús por favor darme inteligencia, o sea, habilidad para examinarlo todo y quedarme con lo bueno (1 Tes 5, 21)?
En general, Jesús, concédeme en este año nuevo la pericia de escuchar más y hablar menos. Y sobre todo, que sea capaz de expresarme desde mis afectos más genuinos y pueda decir “te quiero” y “te extraño”, palabras que sanan y procuran felicidad al tiempo de salir al aire a volar.
Casi la mitad de mi vida se ha desarrollado en las cabeceras parroquiales y las comunidades ribereñas e indígenas por todo nuestro territorio. ¿Cómo me siento ante estas cifras? Sorprendido, satisfecho, cansado... Ha sido demasiado. Lo más hermoso, de largo ha sido el encuentro con la gente, los laicos de las comunidades, los agentes de pastoral, el pueblo menudo. Eso compensa todas las fatigas y los sobreesfuerzos.
Parte esencial del trabajo de los misioneros es hacer de puente entre allá y acá, unir vidas anónimas y sumar destinos; para que cada cual pueda mirarse al espejo y contemplar, en su propia imagen, el rostro del otro diferente y hermano, que en realidad eres tú mismo, al otro lado.
Los drogadictos son rechazados y ocultados a partes iguales. Amparo les calma, los lleva a su casa, los baña, les ofrece una comida caliente – jamás les da plata. Dice que le han robado muchas veces, y otras tantas han regresado avergonzados a por un poco de descanso y solidaridad. “Poco a poco los voy convenciendo para que se vayan a un centro de rehabilitación que hay en Tabatinga”. Y los lleva ella misma, pagando de su bolsillo los pasajes.
Es una presidencia, en general una vida y una acción la de Joaquín muy análoga a la de Jesús: suave, sin alardes, lejos de la ostentación y experta en servicio. Así son los pastores que necesitamos, los que empatan con una Iglesia sinodal, de abajo y misionera, y con esas actitudes, la tejen.
Quiero a Tacsha porque me tratan maravillosamente y porque son los que más necesitan una presencia animadora, y las manos sacerdotales. Es, de todo nuestro territorio vicarial, el puesto de misión que creo que no logramos atender y acompañar como ellos se merecen, aunque se les rompe la boca de decir gracias a toda hora. Esa es la lógica de los más pobres: agradecer lo poco que reciben más que exigir lo mucho que en justicia se les debe.