Irreversible
No hay dogma ni anatema que reemplace a quien gritó que la religión se hizo para la gente y no la gente para la religión
Sí, tienen razón. Pudimos haber dedicado el trozo de talento que tenemos en cosas más decentes para señoras y señores que dicen ser creyentes.
Ya que escribimos, podriamos publicar sobre cosas útiles entre quienes practican la religión católica, como por ejemplo enseñar qué significa decir "y con tu espíritu" en la misa, o hacer artículos para que nadie se tome de la mano en el padrenuestro -porque está mal- o le de abrazos a más de dos personas en el momento de la paz. Cosas que ayuden, cosas que sean relevantes en la iglesia. Es verdad.
Ya que enseñamos, podríamos dar clases de asuntos serios, importantes, como la relación entre la doble naturaleza de Cristo y la perpetua virginidad de María, y sus implicaciones para los secretos de Fátima que afectan directamente nuestra percepción de la Escatología. Algo que realmente la gente creyente se esté preguntando a diario. Es cierto.
Ya que acompañamos personas y a veces esas personas nos cuentan cosas esperando una palabra, podriamos dar auténticos consejos cristianos. La mayoría de ellos referidos a cuanto se nos enseña sobre los genitales, los propios y los ajenos, porque aunque son partes privadas es preciso convertirlas en una permanente discusión pública. Hablar de castidad e hijos (nunca hijas), muchos hijos, tantos hijos. Como quien vende un auto diciendo que pasa de cero a cien en 7 segundos. Abominaciones y otras cosas intrínsecamente perversas. Y aguante, ante todo el aguante, la defensa de la familia en las calles, las plazas, los estrados judiciales, y la alcoba - pase lo que pase ahí dentro - trinchera final de la defensa de la familia. Indivisible, indisoluble, inseparable. Pero por supuesto.
Ya que de vez en cuando tenemos algún micrófono, una cámara, una gran o pequeña audiencia, podríamos representar mejor la estricta, diáfana, lineal y bimilenaria tradición de la iglesia. Arrasar con cualquiera que ose ponerla en duda. Reafirmar la indiscutible autoridad del clero y sus jerarcas. Y claro, la infalibilidad del Papa (no Francisco, claro, los otros que sí fueron serios) que supone asentir con abnegación y obediencia a todo lo que la madre iglesia manda. Faltaba más.
Y entonces, ¿Por qué son otras las cosas que escribimos, enseñamos, contamos, mostramos y deseamos vivir? ¡Qué pertinaz terquedad! ¡Cuánta obstinación atrevida!
Intentemos explicarlo... es porque algún día se nos atravesó una página del evangelio. Qué se yo... El buen samaritano, que es como decir "el buen hereje" (porque a los samaritanos los consideraban algo así como herejes) y esa página, junto a todas las demás, cobró un significado irritante, incómodo, esa página es un empujón al ruedo. Porque allí el clero y sus jerarcas aparecen siendo lo que tantas veces son. Me contaba alguien que amo que al llegar a un barrio marginal de la ciudad en la que vivo, a aportar en una fundación de la iglesia, de esas que saca a relucir la línea defensiva del catolicismo cuando se mencionan nuestros problemas, el señor cura no las miró, no saludó, no dio la bienvenida, y la monjita que le acompaña les dijo "él es así, no le habla a las mujeres" y quien me contó no alcanza a imaginar lo común que es ese tipo de actitudes en ellos. Así empezó.
Se nos apareció alguna persona inoxidable de corazón, con tantas grietas como caben en un solo cuerpo y cien veces más capacidad de dejar salir amor por cada una de ellas. Una de esas personas que aman mucho porque es mucho lo que se les ha perdonado, y regando ahí en lágrimas y palabras toda su historia nos rompió las páginas de esos textos de moral escritos por señores tan señores y tan impecables, y nos dejó tatuado que las personas y su realidad siempre son superiores a la teología y sus ideas. Y que si esas ideas no están al servicio de la gente no sirven más que para tirarlas a la calle y que la gente las pise. Eso pasó.
Tropezamos con algún buen maestro, un buen libro, una pregunta, un dato que desafía la estabilidad de ese edificio doctrinal y su guardia cruzada con el que la iglesia ha levantado imperios que ahora extraña entre lutos y gritos de funeral. Aquella súperestructura que se presenta como un templo inamovible y no es más que un castillo de arena, porque no hay dogma ni anatema que reemplace a quien gritó que la religión se hizo para la gente y no la gente para la religión, y eso tiene consecuencias prácticas que ya muchas gentes -incluídas algunas en el vaticano, del que dios tuvo a bien acordarse- han estado redescubriendo, no como novedad, sino como memoria de tiempos que el discurso oficial ha preferido negar. Y pues eso.
Pasó que se nos juntó algún día uno de esos "de fuera", de los que no se han preguntado jamás si el espíritu procede del padre o del padre y el hijo, quizá porque ha estado ocupado teniendo una novia, pagando una renta, cocinando unas papas, cuidándose el acné. Y rezó, y dijo cosas que no se dicen en las oraciones, y prometió volver mientras no se trate de rezar y repetir y repetir y rezar. Y cantó una canción que no suena en la misa sino en la radio, pero se la estaba cantando a dios, porque le quiere, porque le busca, porque a pesar de todo lo que le estorban nuestras formas tan necesitadas de varios semestres de explicación, sabe que algo pasa dentro y eso que pasa dentro termina moviendo algo afuera. Y nos tomó de las manos cuando le pedimos terminar con el padrenuestro. Y dios vio eso, y le pareció que estaba bien.
Entonces, ¿Qué diremos? Que tras años y años de tener que elegir entre ayunar o hacer fiesta, entre guardar el día sagrado o hacer algo por alguien, entre poner una pesada carga sobre los hombros de otros o intentar juntos darnos descanso, entre rasgarnos las vestiduras por cada palabra inexacta o ser felices como pobres... ¿Qué vamos a hacer sino continuar y sumergirnos cada día un poco más en lo que hemos encontrado? ¿Qué vamos a hacer sino intentar compartirlo? Nada más haremos. Prometido.