¿Apedrear a los profetas o escuchar al Espíritu?
Cuando la Iglesia silencia a quienes la ayudan a pensar, corre el riesgo de confundir el Evangelio con el poder.
Hay una Iglesia que parece empeñada en quedarse sola. No porque el Evangelio haya perdido su fuerza, ni porque Jesús haya dejado de interpelar al ser humano, sino porque quienes dirigen la institución confunden demasiadas veces la fidelidad a Cristo con la obediencia a sus propias interpretaciones. Cuando alguien piensa, pregunta o cuestiona, aparecen las advertencias, las desautorizaciones y los silencios. Después, cuando los templos se vacían, la institución se pregunta por qué.
Son muchos los teólogos y las teólogas que, por pensar críticamente la fe y cuestionar determinadas posiciones de la jerarquía, han sufrido incomprensiones, censuras o marginación dentro de la Iglesia. Detrás de cada uno hay años de estudio, reflexión y compromiso con el Evangelio. ¿Cómo puede una Iglesia que proclama la universalidad de su mensaje tener tantas dificultades para aceptar la pluralidad de pensamiento entre sus propios miembros?
He oído decir en más de una ocasión, con una mezcla de indignación y desencanto: «Ellos se creen dueños del chiringuito; pues que se queden con el chiringuito».
Por supuesto, la libertad teológica no convierte cualquier afirmación en verdadera ni exime a nadie de la crítica. La Iglesia tiene derecho a exponer sus convicciones doctrinales y a debatir las interpretaciones que considera equivocadas. Pero una cosa es argumentar y otra muy distinta es desacreditar, arrinconar o silenciar. La autoridad puede establecer límites institucionales; no puede sustituir con ellos el trabajo de la razón, la fuerza de los argumentos y la búsqueda honesta de la verdad.
En enero de 2003, la Comisión Episcopal para la Doctrina de la Fe publicó una nota sobre el libro Dios y Jesús, de Juan José Tamayo, cuestionando determinadas afirmaciones cristológicas y señalando que el autor carecía de misión canónica para enseñar teología. Más allá de las discrepancias doctrinales concretas, aquel episodio plantea una pregunta que sigue siendo actual: ¿qué hace la Iglesia con quienes, desde dentro de la preocupación por el cristianismo, se atreven a formular preguntas incómodas?
Aunque el pontificado de Francisco impulsó una cultura eclesial más abierta al diálogo y al discernimiento, todavía persisten, en determinados ámbitos de la jerarquía eclesial, inercias de control y desconfianza hacia el pensamiento teológico crítico. La apertura al diálogo no puede quedarse en las declaraciones ni depender de la sensibilidad particular de cada responsable eclesiástico: debe traducirse en prácticas concretas de escucha, respeto y libertad responsable.
Aunque el pontificado de Francisco impulsó una cultura eclesial más abierta al diálogo y al discernimiento, todavía persisten, en determinados ámbitos de la jerarquía eclesial, inercias de control y desconfianza hacia el pensamiento teológico crítico.
Tamayo y otros teólogos han insistido en dimensiones esenciales del Evangelio: la solidaridad con los pobres, la fraternidad, la justicia, la apertura al diálogo y la necesidad de interpretar la tradición a la luz de los desafíos contemporáneos. Sus propuestas pueden discutirse, pero no deberían despacharse sin más. ¿De qué sirve proclamar la divinidad de Cristo si olvidamos su identificación con quienes sufren?¿Qué sentido tiene defender las fórmulas de la fe si no nos dejamos transformar por la vida y el mensaje de Jesús?
«El sábado se hizo para el hombre y no el hombre para el sábado» (Mc 2,27). Esta afirmación debería resonar también en los despachos episcopales. La institución está al servicio del Evangelio, no el Evangelio al servicio de la institución. Cuando las normas y los mecanismos de control terminan asfixiando la libertad de conciencia, algo esencial se ha desfigurado.
«La verdad os hará libres» (Jn 8,32). La búsqueda teológica exige libertad, responsabilidad y honestidad. Una Iglesia que teme las preguntas termina temiendo la inteligencia; una Iglesia que sospecha de sus pensadores acaba empobreciendo su propia tradición. ¿Cómo puede pretender anunciar al mundo la riqueza de su pensamiento si, dentro de sus propias comunidades, la discrepancia se contempla como una amenaza?
«La verdad os hará libres» (Jn 8,32). La búsqueda teológica exige libertad, responsabilidad y honestidad. Una Iglesia que teme las preguntas termina temiendo la inteligencia; una Iglesia que sospecha de sus pensadores acaba empobreciendo su propia tradición. ¿Cómo puede pretender anunciar al mundo la riqueza de su pensamiento si, dentro de sus propias comunidades, la discrepancia se contempla como una amenaza?
Hace poco, un amigo me contó que un sacerdote le había advertido de que quizá no podría seguir haciendo las lecturas en la iglesia por sus ideas, próximas a las de algunos de estos teólogos. Si los hechos sucedieron como me los relató, estamos ante un síntoma preocupante. ¿Desde cuándo la participación en una comunidad cristiana debe depender de la afinidad ideológica con quienes ejercen la autoridad?¿Quién puede arrogarse el derecho de decidir qué creyentes merecen participar y cuáles deben ser apartados por pensar de otra manera?
Jesús fue especialmente severo con la hipocresía religiosa y con quienes imponían cargas a los demás. Se acercó a los excluidos, compartió mesa con personas mal vistas y recordó a sus discípulos que no debían impedir el bien realizado por otros. «El que no está contra nosotros está a favor de nosotros» (Mc 9,40). Cuesta comprender que, en su nombre, se levanten fronteras entre creyentes aceptables y creyentes sospechosos.
Mientras tanto, muchos cristianos se alejan de una institución en la que ya no encuentran respuestas a sus preguntas ni un lenguaje capaz de acompañar sus sufrimientos. Algunos no han dejado de buscar a Dios: han dejado de reconocerse en determinadas imágenes de Dios transmitidas por la religión. Buscan misericordia, comprensión y una fe que no se alimente del miedo. ¿No debería preocuparnos que tantas personas encuentren más libertad para plantear sus dudas fuera de la Iglesia que dentro de ella?
He oído decir en más de una ocasión, con una mezcla de indignación y desencanto: «Ellos se creen dueños del chiringuito; pues que se queden con el chiringuito».
Que se queden con el chiringuito, si eso es lo único que les importa. Pero que no pretendan convencernos de que el chiringuito es el Reino de Dios.
La frase es dura, pero expresa una tragedia tan antigua como la fe: el riesgo de que la institución, como la Jerusalén del Evangelio, termine apedreando o silenciando a los profetas que la invitan a convertirse. Cuando una estructura se comporta como propietaria de Dios y de las conciencias, termina expulsando a quienes se niegan a confundir comunidad con sometimiento. Pueden conservar sus normas y sus espacios de poder, pero no pueden garantizar que la gente siga encontrando allí el Reino de Dios.
La Iglesia no necesita menos teología, sino más libertad; no menos fidelidad, sino una fidelidad más profunda a Jesús; no menos pensamiento crítico, sino más capacidad de escuchar, discernir y dialogar. Porque el criterio último de la vida cristiana no puede separarse del amor: «En esto conocerán todos que sois mis discípulos: en que os amáis unos a otros» (Jn 13,35). En definitiva, la Iglesia necesita menos religión y más Evangelio.
Si la institución continúa silenciando o marginando a quienes la obligan a pensar, no podrá sorprenderse de que cada vez más personas se marchen. Tal vez debería preguntarse si están abandonando el Evangelio o si sienten que es la propia institución la que les ha cerrado la puerta.
Que se queden con el chiringuito, si eso es lo único que les importa. Pero que no pretendan convencernos de que el chiringuito es el Reino de Dios.